Los guardianes DE LAS CAMPANAS
Los guardianes DE LAS CAMPANAS Una característica de este grupo es que realizan únicamente toquesRE Y AMTNARBEGROJEl polvo ya no es problema para Eduardo Sato“Cuando tú estás allá arriba se produce una manifestación del sonido en su máxima expresión.
La forma en la que tu cuerpo vibra es lo que marca la experiencia”. (45) y Sebastián Jatz (44). Acostumbrados a respirar el aire seco y áspero que desprende la añosa estructura, suben por las débiles escaleras de los campanarios de la iglesia de San Agustín, en el centro de Santiago. Los tablones de madera crujen entre la penumbra, hasta que ambos llegan a la cima al mismo tiempo: Sato, en la torre izquierda, y Jatz, en la derecha. Allí se encuentran con las enormes campanas, dos volúmenes de bronce suspendidos a casi 30 metros de altura, lejos de la vista de los transeúntes que a esa hora caminan apurados por el Paseo Estado. Los hombres están ahí convocados por un rito ancestral: tocar las campanas para el llamado a misa. Primero comenzará Sato y, por WhatsApp, le dará la señal a Jatz para que él se sume al bramido metálico que se abrirá paso entre el enjambre de edificios y galerías que se levanta alrededor. Pero también tienen otra misión: proteger Santiago de la tragedia. Es 13 de mayo y mientras los dos campaneros se preparan, el Señor de los Temblores, mejor conocido como el Cristo de Mayo, vigila la entrada de la iglesia, de cara al altar. Fue aquí mismo, en la misma fecha de 1647, que un fuerte sismo solo dejó en pie una pared de la construcción, la que sostenía al Cristo. De ahí su nombre y la creencia que perdura hasta hoy: si no se realiza la procesión con la figura religiosa, habrá un terremoto. Eduardo Sato comienza. El primer tañido se despliega en ondas concéntricas y profundas, como un choque agudo que sacude la estructura del campanario y espanta las palomas de los techos cercanos. El segundo se superpone con precisión ritual, generando una vibración que no solo se escucha, también la siente. La campana de Sato se detiene. Jatz mira a su alrededor. La iglesia se encuentra atrapada entre edificios más altos. “Antes no se podía construir nada que fuera más alto que una iglesia, solo estas podían estar más cerca de Dios”, explica. Minutos después, es el turno de Jatz. Con precisión, tira de la cuerda amarrada al badajo y ejecuta nuevamente los 14 toques del llamado a misa, un código simple de reconocer entre los católicos. Los músicos se turnan entre una campana y otra, manteniendo el ritmo a intervalos de 15 minutos.
El primer llamadoEn 2015, Eduardo Sato terminó su tesis de magíster en musicología, que luego sería publicada por la Universidad Alberto Hurtado en 2018 bajo el nombre “Con mi voz sonora”. El libro es una investigación sobre campanas y toques históricos en las iglesias de la capital, basada en las ordenanzas de los obispos Francisco José de Marán y Rafael Valentín Valdivieso.
La primera ordenanza fue dictada en 1795 con el fin de evitar toques ostentosos que, según la norma: “causan sus alteraciones en las que pertenecen al culto y la religión, introduciendo en ellas abusos y desórdenes que se oponen a la simplicidad del Evangelio y a la pureza de la Fe que profesamos y con que debemos adorar a Dios ()”. La segunda fue escrita en 1872 para moderar el toque de campanas que molestaba a los que vivían cerca de alguna iglesia. El principal problema de estas ordenanzas es que están dirigidas a personas que ya saben tocar, dice Sato.
Por ello, el espacio para la interpretación y la duda es amplio y se debe, en gran parte, a la pérdida de la tradición del toque de campanas, pues era una práctica que se traspasaba de manera oral. “Esas dos ordenanzas en algunos toques importantes son muy vagas; ellos daban por sentado que la persona que leía eso ya debía saber a qué se estaban refiriendo. Por ejemplo, está escrito: cuando muere una persona, se tiene que tocar como se acostumbra en la hora que se acostumbra cuando se toca”, dice Sato, riéndose. Por esto, la recuperación y la reconstrucción del patrimonio sonoro de las campanas se han realizado de diversas maneras.
Desde libros y diarios de viajes como los de la escritora e ilustradora británica María Graham y los del inglés Peter Schmidtmeyer, quienes describen los sonidos que emitían hasta lasmarcas de desgaste de campanas antiguas, que ofrecen indicios de las formas en las que fueron tocadas desde la Colonia. Eduardo Sato no sabía sobre ordenanzas la primera vez que tocó una campana. Entonces, solo tenía 11 años.
Consciente de su temprana fascinación por este instrumento, su familia pidió a la monja encargada de una iglesia de Lo Abarca, en la Quinta Región, donde solían veranear, si podía permitir que Eduardo tocara la campana. La religiosa accedió. “Sentía que me vibraba todo el cuerpo con el sonido. Para mí, tocar era como estar en el cielo. Una felicidad absoluta”, recuerda Sato. No sabe con certeza cómo comenzó su interés por las campanas, pero tiene una teoría: “Me llamaba la atención este objeto verde y pesado que, además, sonaba. Y también me gustaban mucho los reptiles cuando era chico, las lagartijas, los cocodrilos, que son verdes. Creo que asocié ese verde de las campanas con el verde de los dinosaurios”. Luego de su experiencia en Lo Abarca, Sato no tocó una campana durante 20 años. Además, dice, se encontró con la resistencia de los párrocos. En 2012, y con la excusa de su tesis, logró retomarlas y, desde entonces, no ha parado de tocarlas, aunque su actividad está limitada a los toques según el calendario litúrgico. “Cuando estás allá arriba se produce una manifestación del sonido en su máxima expresión. La forma en la que tu cuerpo vibra es lo que marca la experiencia”, describe. Dios salve a la reinaFue Jatz quien, en 2016, le comentó al compositor Tomás Brantmayer (32) sobre los toques de campanas que estaba realizando con Eduardo Sato.
Aquella conversación terminó unos días más tarde, con Brantmayer en una de las torres de la iglesia San Ignacio, ubicada a pasos de La Moneda, tocando con motivo de Semana Santa, junto a Sato y Jatz. “Me sorprendió esto de estar envuelto por el sonido y también subir a la torre, sentir que uno está de alguna forma viajando en el tiempo”, cuenta Brantmayer sobre esa experiencia. Luego de ese primer toque, las invitaciones fueron más recurrentes hasta formar el núcleo que compone hasta hoy a los Campaneros de Santiago, los únicos de la Región Metropolitana dedicados a este oficio. Brantmayer estudió en el Instituto de Música de la Universidad Católica y luego en el Royal College of Music de Londres.
Es autor de obras sinfónicas y de cámara, algunas interpretadas en Alemania, Austria, Inglaterra y Francia, y en 2024 ganó el Premio Pulsar, de la Sociedad de Autores e Intérpretes Chilenos (SCD), al mejor artista de música clásica o de concierto. Hace casi tres años se mudó a Londres para hacer un magíster en composición. En sus primeros meses de residencia se unió a un grupo de campaneros de su distrito al noreste de la capital inglesa: los Campaneros de Hackney. El grupo se junta a ensayar los lunes en la iglesia de St. Johns de Hackney, donde tocan para el servicio de los domingos bajo la guía del capitán de la torre, Steve Jackson, quien lleva más de 50 años tocando campanas. Brantmayer comenta que en el Reino Unido los grupos de campaneros son comunes y que es una práctica que está mucho más institucionalizada que en Chile.
Dice que una de las características más notables es que, a la hora de tocar, los campaneros no permanecen en el mismo espacio físico que las campanas, sino que tiran las cuerdas desde abajo del campanario.
Tan regulada está la práctica que, para la muerte de la reina Isabel II en 2022, la operación Puente de Londres tenía estipulada la forma de tocar las campanas: semi o completamente amortiguadas, acomodando una especie de funda de cuero en el badajo. Tomás Brantmayer fue parte de uno de los tantos grupos que hicieron redoblar las campanas ese 8 de septiembre. Llevaba pocos meses viviendo en Londres y, aunque dice que había personas con 50 años de experiencia, nadie había tenido la oportunidad de tocar para la muerte de un monarca. Otra diferencia con Chile, agrega, es la conservación y la constante actualización de los toques de campanas. “Hay un sistema de notación que permite preservar los toques y, al mismo tiempo, crear nuevos. Hay toques tradicionales, pero también hay campaneros que crean toques nuevos, los cuales pueden publicarse, por ejemplo, en la revista inglesa de campaneros, The Ringing Word, y, si llaman la atención, se integran al repertorio.
A diferencia de la práctica que tenemos en Chile, que tiene un carácter más patrimonial, que está resistiendo para mantenerse viva, aquí hay una práctica que está plenamente viva”. En Chile, el calendario litúrgico define la forma en que se tocan las campanas. No así en el Reino Unido, donde “la morfología del toque sigue un enfoque más musical, orientado hacia una estructura más melódica”, describe.
“Encuentro bella la idea del campanario como un instrumento que requiere de varias personas para ser tocado”, sigue Brantmayer, “pero si tuviera que elegir, con las campanas de Chile me siento más afín porque tienen algo de erráticas, ninguna torre tiene nada que ver con otra, e incluso la naturaleza de una campana y otra dentro de una misma torre es muy variable. Creo que eso se relaciona con la identidad que hay en Chile, en América Latina en general, que tiene que ver con una identidad híbrida, mestiza”, dice. Homenaje sonoroEn 2015, el compositor Sebastián Jatz se puso en contacto con Eduardo Sato luego de haber participado en el Concierto de Campanas Bicentenario 2010. Sato lo invitó a acompañarlo y realizaron su primer toque juntos en la iglesia de San Francisco, sin saber que casi diez años más tarde seguirían tocando juntos, bajo el nombre Campaneros de Santiago. En septiembre de 2021, Jatz viajó a Civitella di Licenza, Italia, junto a los artistas chilenos Raúl Miranda y Fabio Castro, durante la pandemia del covid-19. El propósito de la visita era grabar algunos videos musicales. Pero tras dos semanas de cuarentena, Jatz se enteró de la muerte del alcalde y varios miembros de la comunidad debido al virus. Entonces decidió rendir un homenaje a los habitantes con un toque fúnebre chileno. Las campanas en Italia funcionan con martillos eléctricos, por lo que Jatz tuvo que atar cuerdas a las tres campanas que había en la torre. Además, descubrió que una de ellas no había sido tocada hace más de 40 años, porque el martillo estaba averiado. “Hice el toque con esa campana y como la mayoría eran personas de la tercera edad, al finalizar me recibieron abajo emocionados. Una señora, llorando, me dijo: Recuerdo el sonido de esa campana, no la escuchaba hace tanto tiempo. Esa experiencia permitió que al año siguiente, con los Campaneros, pudiéramos proponerles un proyecto en torno a las campanas”, cuenta Jatz. Sebastián Jatz es licenciado en Artes con mención en Composición Musical por la Pontificia Universidad Católica de Chile y se especializó en la Royal Academy of Music de Londres, gracias al Turner Award.
Es conocido por sus proyectos experimentales, como “Cien acordes geométricos extendidos”, una intervención musical de tres meses con más de 70 organistas, y el disco “Paisajes extintos”, junto a los Campaneros de Santiago, que recupera el patrimonio sonoro de las campanas de la capital. Ganó el Premio de Composición de la Orquesta Sinfónica en 2003 y 2004. Casi un año después de Civitella, en junio de 2022, los Campaneros de Santiago hicieron su primera visita al extranjero, al Valle de Ustica y los pueblos de Vicovaro, Mandela, Roccagiovine, Licenza, Civitella y Percile. Allí realizaron, en cada poblado, toques tradicionales chilenos con ocasión del Corpus Domini.
También un toque fúnebre por la muerte de un miembro de la comunidad, un inventario de campanas de los pueblos y exhibieron el documental “Paisajes extintos / Los últimos campaneros de Santiago”, dirigido por Pedro Lorca. También dieron un concierto de campanas en el Valle de Ustica, donde cada campanero se posicionó en un campanario distinto. Para coordinarse, utilizaron cronómetros, lo que les permitió ejecutar su primer toque no litúrgico juntos. Esa vez estaban Jatz, Brantmayer, Sato y Álvaro Núñez, también campanero que actualmente reside en Italia. Una característica de este grupo es que realizan solo toques litúrgicos, a pesar de que está conformado por dos ateos: Sebastián Jatz y Tomás Brantmayer. Solo Eduardo Sato es católico. “Las campanas me gustaban de chico”, dice Sato, “pero había un poco de vergüenza en hablar de eso porque no quería que me encontraran perno.
Entonces, fue asombroso que hubiera más personas que se interesaran en esto y poder sacarlo y darme cuenta de que la gente lo encontraba increíble”.. Desde 2012, Los Campaneros de Santiago se han dedicado a preservar y difundir el patrimonio sonoro asociado al calendario litúrgico. Han revitalizado esta tradición con intervenciones en iglesias como San Francisco, Santo Domingo, San Agustín, Los Dominicos y la Catedral de Santiago. También han hecho su trabajo en Italia e, incluso, Londres, donde uno de ellos realizó toques en el funeral de la reina Isabel. Los acompañamos para descubrir cómo dan nueva vida a una práctica que parecía olvidada. Este es un reportaje de Vergara 240, la plataforma periodística de la Escuela de Periodismo de la UDP, que publicamos como resultado de una alianza con dicho medio. POR DOMINGA MEYERS AVELLO litúrgicos, a pesar de que está conformado por dos ateos: Sebastián Jatz y Tomás Brantmayer. Solo Eduardo Sato es católico.