Autor: BEATRIZ MELLA
¿Por qué seguimos viviendo en ciudades?
¿ Por qué seguimos viviendo en ciudades? ColumnaDIRECTORA DEL CENTRO CIUDHAD, UNIVERSIDAD ANDRÉS BELLO¿ Por qué seguimos viviendo en ciudades, a pesar del caos, la desigualdad y la inseguridad que muchas veces definen la vida urbana? Más allá de sus problemas, las ciudades nos ofrecen algo que no encontramos en otros lugares: la promesa de conexión, de oportunidades, de una vida que se expande en su complejidad.
Sin embargo, no dejamos de añorar la relación íntima con la naturaleza que experimentamos cuando visitamos ciudades con cuerpos de agua, bosques densos y laderas verdes. ¿Cómo podemos integrar esa naturaleza en el corazón mismo de nuestras urbes y sacar ventajas de ello para nuestra calidad de vida?En el libro Fitópolis. La ciudadviva, Stefano Mancuso plantea el desafío de transformar nuestras ciudades en entornos vivos donde la acción humana pueda potenciar la naturaleza, sin dañarla. Mancuso dice que las ciudades deben transformarse en fitópolis, lugares donde la relación entre personas, plantas y animales se acerque a la relación armoniosa que encontramos en la naturaleza. Esta idea que podría parecer utópica en el contexto de nuestras ciudades es una necesidad urgente. La arborización, por ejemplo, es una estrategia crítica para mitigar el cambio climático, reducir las islas de calor urbano, mejorar la salud mental y física. La presencia de la naturaleza en el espacio urbano transforma radicalmente las percepciones de quienes habitamos laciudad, mejorando la calidad del aire, de vida, fomentando incluso la cohesión social. Sin embargo, esta visión esperanzadora choca con la realidad cotidiana de la vida urbana, donde el caos, la desigualdad y la inseguridad parecen imponerse sobre cualquier intento de armonía. En ellibro La vida secreta de las ciuda-des, Suketu Mehta ofrece una mirada más crítica sobre el fenómeno urbano.
Aunque su libro no es un tratado académico, sino una recopilación de experiencias y reflexiones sobre diversas ciudades del mundo, destaca una paradoja interesante: “Nos mudamos a las ciudades no por el espacio, sino por la expansión del tiempo.
La ciudad nos da la ilusión de tener más horas en el día, porque todo está más cerca, pero a costa de ceder parte de nuestra privacidad y tranquilidad”. La proximidad a servicios, oportunidades laborales, redes sociales y culturales nos da la ilusión de controlar mejor nuestras horas y días. Pero ese “tiempo ganado” viene con un alto costo: la renuncia al espacio personal, la pérdida de la tranquilidad y, en muchos casos, la exposición cons-tante a entornos inseguros. Las ciudades, dice Mehta, son un espejo de la condición humana. Reflejan lo mejor de nosotros nuestra capacidad para innovar, crear, convivir en la diversidad, pero también lo peor: la inequidad, la violencia, la soledad.
Uno de los grandes desafíos del urbanismo actual es abordar las complejidades y las consecuencias sociales y medioambientales de lo que esta-“Habitamos las ciudades porque, a pesar de sus problemas, (todavía) creemos que nuestra vida es mejor en ellas”. mos construyendo, desde cómo se distribuyen los espacios públicos y corredores verdes, hasta cómo se conciben los sistemas de transporte y vivienda.
La seguridad y la convivencia, por ejemplo, son temas recientes que no han sido razonablemente incorporados a la lógica de los impactos urbanos, pero que definen en la práctica la calidad de vida en cualquier ciudad. A pesar de este panorama, aún queda espacio para el optimismo. El libro Happy city, de CharlesMontgomery, introduce una idea que podría parecer ingenua frente a los desafíos urbanos actuales: la ciudad puede ser un lugar que fomente la felicidad. Este no es un optimismo ciego, sino una propuesta basada en evidencia que demuestra cómo el diseño de las ciudades moldea nuestros pensamientos, emociones y comportamientos. Un entorno bien diseñado puede hacernos más saludables, más felices y más conectados con los demás. Calles donde se pueda fácilmente caminar, parques que permitan el ocio, la recreación yel deporte, barrios que faciliten la interacción social. Todo esto tiene un impacto medible en la salud mental, la calidad de vida y el sentido de comunidad. En el contexto chileno, esta reflexión es relevante, ya que nuestras ciudades enfrentan desafíos complejos en términos de seguridad, desigualdad territorial y crisis climática. Las olas de calor extremo que se han intensificado en los últimos años no solo afectan el confort térmico, sino quetambién agravan problemas de salud pública.
Según datos de la Dirección Meteorológica de Chile, la zona central ha experimentado un aumento significativo en la frecuencia e intensidad de las olas de calor en la última década, fenómeno que se ve amplificado por la falta de espacios verdes en sectores vulnerables. Además, el déficit de vivienda y la falta de infraestructura crítica han profundizado la segregación socioespacial, limitando el acceso de miles de personas a servicios básicos y espacios públicos de calidad.
A pesar de los desafíos, persiste la pregunta inicial, que atraviesa todas estas reflexiones: ¿ Por qué seguimos viviendo en ciudades? La respuesta, quizá, está en una esperanza implícita que todavía no abandonamos: habitamos las ciudades porque, a pesar de sus problemas, (todavía) creemos que nuestra vida es mejor en ellas. Cada desafío urbano es también una oportunidad para cambiar, mejorar, repensar, rediseñar y reconstruir. Y, en última instancia, vivimos en ciudades porque sus problemas son solo solucionables por nosotros mismos..