Autor: Yanira Zúñiga Profesora Instituto de Derecho Público, Universidad Austral de Chile
Columnas de Opinión: El relato
Columnas de Opinión: El relato 1 deterioro de la aprobación del Presidente y de su gabinete en las encuestas ha desplazado la atención de analistas y E columnistas desde las medidas anunciadas por el gobierno a la (in)competencia de las autoridades para comunicarlas.
En una reciente columna, Lucía Santa Cruz decía: "sin una narrativa que explique esas políticas, es imposible lograr que la ciudadanía las entienda, las perciba como legítimas y, en consecuencia, que confíe en ellas". Hay decisiones difíciles -agregaba la columnista, refiriéndose, probablemente, al costo de la bencina y otras medidas"que solo serán viables si logran concitar una aceptación mayoritaria, para lo cual es indispensable que sus verdaderos propósitos sean comprendidos, a pesar de su complejidad". ¿Qué implicancias tiene poner el asunto en términos comunicativos en lugar de sustantivos? Varias y problemáticas. La necesidad de comunicar bien (tener un relato) no apela a las habilidades descriptivas o explicativas del hablante político -sea un tecnócrata o un "animal político"-, sino a sus capacidades retóricas o persuasivas. El político no busca, como sí lo hace el científico o el pedagogo, describir las complejidades de la realidad ni explicarlas didácticamente, busca transformar o acomodar esa realidad según sus convicciones.
Aunque es un discurso partisano sobre el poder, el anhelo de su obtención suele ser reemplazado por guiños al interés general o al sentido común (incluso, cuando se promete recortar protecciones). La eficacia del discurso político depende, en gran medida, de su capacidad de movilizar una lógica adversarial o parcial sublimada por el todo.
Por eso, aunque tiende a ser combativo, agita pasiones en torno a una causa y en contra de las ideas y agendas rivales, deliberadamente oculta los presupuestos partisanos subyacentes a sus promesas (¡ Gana la gente!, [es hora] de comenzar una nueva era [. .. ]de orden, libertad y justicia! ¡ El que no cumpla, se va!). Suele ser, por tanto, manipulador y ambiguo.
También cultiva una lógica autorreferencial, estabilizada por una comunidad hablante compuesta mayoritariamente por militantes o simpatizantes (de ahí que la "confianza" sea el principal criterio de selección del personal). Si el discurso político es tan ingobernable, tan reacio a la corrección racional (basta ver las piruetas discursivas del ministro Quiroz para no reconocer errores en el oficio emitido por su cartera), ¿por qué asignarle tanto valor? La razón es simple: ha sido ungido como el portavoz del pueblo, una extensión de esa "mano invisible" que orienta y protege a quien actúa en su nombre. Y aunque en muchos sentidos eso no es más que una ficción, requiere condiciones mínimas de legitimidad.
Un discurso completamente irracional o divisivo, ajeno a formas básicas de cordialidad (como le tuvo que recordar la senadora Núñez al ministro Poduje), inmune a la exigencia de rendición de cuentas o a la queja ciudadana incumple el "contrato social" sobre el cual dicha ficción política descansa. Autor: Yanira Zúñiga Profesora Instituto de Derecho Público, Universidad Austral de Chile.