Autor: Claudio Elórtegui Doctor en Comunicación Director Escuela de Periodismo Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Columnas de Opinión: Problema creciente
Columnas de Opinión: Problema creciente n política, la comunicación no es un ornamento: es parte constitutiva del ejercicio del poder.
Los gobiernos que logran instalar un relato coherente y sostenido suelen avanzar con mayor fluidez ensus E objetivos, mientras que aquellos que tropiezan en el plano estratégico-discursivo ven cómo su agenda se diluye en aclaraciones, rectificaciones y polémicas menores, que, incluso, pueden mutar para ser mayores y riesgosas. El gobierno de José Antonio Kast está enfrentando precisamente este dilema: errores no forzados, semana a semana, en sus comunicaciones. Las declaraciones recientes de Arturo Squella, presidente del Partido Republicano, son ilustrativas. Al marcar distancia respecto de ciertas acciones del Ejecutivo en este plano, Squella abrió un flanco que, siendo interno, se amplifica en el ecosistema mediático. El presidente de la Cámara de Diputados, Jorge Alessandri, por su parte, sugirió ajustes en la estrategia comunicacional, lo que fue leído como la necesidad de cambiar el talante y determinados contenidos del mensaje oficial.
De hecho, José Ignacio Llodrá, subdirector de la Dirección de Presupuestos (Dipres), reconoció públicamente que se cometieron errores en el episodio de Hacienda, admitiendo que la cartera "no es muy buena comunicadora", especialmente en la evaluación de programas sociales.
En vez de referirse a "descontinuar" políticas públicas, considera se debió hablar de "reformularlas". Esa diferencia semantica, tiene un efecto político: instala la idea de que una de los compromisos de campaña del Presidente Kast (no cortar beneficios sociales), no se cumplirá, lo que tendrá incidencias en su imagen pública.
De allí, probablemente, la idea de oficializar el Día de la Teletón esta semana, promesa que pactó con Don Francisco en su programa Las Caras de La Moneda, para evidenciar la idea de un Mandatario que cumple su palabra. Este fenómeno no es exclusivo de Chile. En Francia, durante la crisis de los "chalecos amarillos" (2018-2019), Emmanuel Macron debió enfrentar la dispersión de mensajes entre sus ministros, lo que aumentó la sensación de desconexión con la ciudadanía. En Estados Unidos, recordemos que la administración de Joe Biden tuvo que corregir reiteradamente a sus agencias respecto de la política migratoria, generando la impresión de que no existía una línea clara.
En ambos casos, la lección puede ser la siguiente: cuando la narrativa se fragmenta, la credibilidad se erosiona y la agenda se ve condicionada por la necesidad de explicar desde la contradicción, más que de aplicar y desarrollar un programa. La comunicación política no se limita a transmitir información: convierte un programa en relato y un relato en identidad. Si el Ejecutivo chileno logra alinear sus mensajes, podrá reducir la fricción interna y fortalecer su capacidad de gobernar. De lo contrario, corre el riesgo de que su agenda quede atrapada en un permanente estado de aclaración. La experiencia comparada muestra que los gobiernos que invierten en protocolos de vocería, en capacitación de sus actores clave y en la construcción de un relato compartido, logran mayor estabilidad en la opinión pública. No se trata de imponer un discurso monolítico ni de acallar la diversidad interna, sino de reconocer que la pluralidad debe expresarse dentro de un marco común. La ciudadanía puede aceptar matices, pero difícilmente tolera contradicciones que transmitan desorden e incrementan las suspicacias. De hecho, los primeros meses de un gobierno son el terreno donde se siembra la narrativa que acompañará buena parte de la administración. Si esa narrativa no se ajusta a tiempo, se incuban crisis comunicacionales que más adelante se vuelven difíciles de revertir. Y el contexto que enfrentará Chile en los próximos meses no será fácil. Ante ese escenario, es fundamental orientar a la ciudadanía, transmitiendo certezas en medio de la incertidumbre. La comunicación, en este sentido, debe trascender el relato: es también gestión de expectativas y prevención de conflictos. El desafío para un gobierno es aprender a dialogar y convencer, sin perder la riqueza de sus distintas sensibilidades, pero con la claridad que exige la opinión pública. En definitiva, la comunicación política no se concibe como un apéndice, sino como un eje central de la acción gubernamental. Porque en política, gobernar también es narrar, y esto puede ser la diferencia entre avanzar o quedar atrapado en la movediza arena de las polémicas discursivas.
Autor: Claudio Elórtegui Doctor en Comunicación Director Escuela de Periodismo Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. "No se trata de imponer un discurso monolítico ni de acallar la diversidad interna, sino de reconocer que la pluralidad debe expresarse dentro de un marco común. La ciudadanía puede aceptar matices, pero difícilmente tolera contradicciones que transmitan desorden e incrementan las suspicacias".