El universo íntimo de HUMBERTO MATURANA
El universo íntimo de HUMBERTO MATURANA Lo decía siempre que podía: se crio en un matriarcado.
En sus entrevistas, en su laboratorio y, más tarde, en la Escuela Matríztica de Santiago, el biólogo Humberto Maturana Romecín (1928-2021) aseguraba que había sido criado como niña y que desde temprano lavó, cocinó, tejió y supo pedir la palabra.
“El doc”, como lo conocían, solía hacer énfasis en que sus visiones del amor como una condición biológica imprescindible, de las religiones, de las desigualdades e incluso de la pregunta filosófica universal sobre la vida y la muerte que lo llevó a formular la teoría de la autopoiesis, se las debía a su madre, Olga, y a su crianza. Una etapa sobre la que no se supo mucho más allá de lo que él contaba. Hasta ahora.
Desde enero de este año, el Archivo Nacional tiene a disposición del público el fondo Olga Myriam Romecín Lezaeta (la “Goga”). En tres cajas del archivo Mujeres y Género, se encuentran 1,8 metros lineales de documentos que incluyen fotografías familiares, dibujos, recortes de prensa y lo principal: borradores de construcción autobiográfica de la Goga. Los papeles permanecieron desde su muerte, en 2003, guardados en un baúl en la casa de su hija, Claudia Mayorga Romecín, en Pucón. Fue ella hija de Olga y de su segundo marido, Wilfredo Mayorga, y la única hermana de Maturana que sigue viva quien, tras décadas de resguardo íntimo, decidió que esa historia no podía seguir encerrada.
“Yo tengo 83 años, vengo saliendo de una aplasia medular y llega un momento de la vida en el que tienes que pensar un poco en qué vas a hacer, ¿te fijas? Podría abrir el baúl y ver sus cosas, entretenerme y recordarla, pero en un momento me pregunté qué se merecía mi madre y para mí fue bastante obvio que esto era”, dice Claudia, artista y bióloga, de visita a Santiago.
En octubre de 2024, Emma De Ramón y Marcela Morales, funcionarias del Archivo Nacional, viajaron hasta el sur y pasaron dos días enteros con Claudia para rescatar la documentación, organizarla y ponerla a disposición de la ciudadanía. En ese marco, la figura de Romecín empezó a adquirir “un sentido particular, que permitía entender mejor el origen, el fundamento de la obra de Maturana”, dice Morales.
Visitadora social, Olga Romecín trabajó en el Hospital San Agustín de Valparaíso, colaboró en el Servicio de Menores, fue integrante del Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile entre 1935 y 1953, junto a Elena Caffarena, María Marchant y Olga Poblete, y fue pionera en el desarrollo de estrategias psicosociales en salud pública.
Su historia de vida es digna de película: su padre, Isaac Romecín Calderón, era director de salubridad del gobierno boliviano y, por sus afanes libertarios y de igualdad, fue asesinado en su casa de La Paz. En ese episodio, Olga y sus hermanos fueron llevados por sus nanas a distintos lugares. Ella creció a las orillas del lago Titicaca hasta que un misionero enviado por su madre la encontró y la trajo a Chile. Aquí estudió, trabajó, se casó y separó (primero de Alejandro Maturana y luego de Wilfredo) y crio a sus cuatro hijos: Isaac (Draco) y Humberto (Chicho) Maturana Romecín, y Claudia y Alexis Mayorga Romecín. “Éramos los Romecines, así nos educó mi madre. La palabra Romecín era palabra de honor para todos. Ella era más bien rebelde, nunca aguantó mucho el yugo masculino de esa época”, enfatiza Claudia. En los documentos de la Goga aparece una voz que no elude esas precariedades, pero que tampoco se instala en ellas, destaca la antropóloga Surimana Pérez Díaz, del Archivo Mujeres y Género.
Ese material, complementa Morales, no solo permite dar contexto a la obra de sus hijos, “sino también evidenciar la densidad intelectual y vital que suele quedar fuera del relato, una memoria invisible”. Esa densidad aparece, sobre todo, en su propia escritura. “Tengo que estudiar mucho.
Una madre tiene tanto que saber, debe tener una cultura tan vasta si es que quiere ser por muchos años la conductora y confidente de sus hijos”, se lee en uno de los muchos borradores de la memoria de Olga.
En su relato aparece una vida atravesada por la precariedad económica, la enfermedad y la inestabilidad, pero también por una persistente voluntad de sostener un proyecto familiar basado en la educación, la curiosidad y el trabajo.
Ahí se revela que los niños interpretaban obras de teatro hechas por alguno de los miembros de la familia, que siempre escuchaban Radio Cooperativa y el programa de La Desideria, que sus pasatiempos favoritos consistían en decir proverbios y estudiar su origen y mensaje, discutir algún libro (especialmente los de Nietzsche, Esquilo y Aristófanes) o comentar los dibujos de Gustave Doré en La divina comedia. Así, dice Olga, “nos reíamos y nos olvidábamos del hambre”. “La alimentación era de muy poca variedad: porotos, cabeza de cordero de vez en cuando, pata de vaca algunas veces. Cuando estábamos de veraneo, íbamos a la playa y volvíamos con pulgones de mar, caracoles. Leche, harina tostada y pan A veces quaker crudo con frutos”, menciona. Olga fue madre soltera de Humberto y Draco, y la responsable del cuidado de su mamá, Silas Lezaeta Gallegos-Mena. Pero atravesó largos períodos de cesantía, sueldos bajos y “pololitos” para poder llevar a su familia adelante, como cuando bailaba en los intermedios de películas de cine mudo en Valparaíso. “Nada importaba, ni mi ropa, ni mi comodidad. Quizá nunca se los dije, pues consideré que hacía lo único que debía hacer Mis hijos eran inteligentes y tendrían que salir adelante”, escribió.
En 1931, cuando su sueldo era “tan bajo” que no le permitía arrendar una pieza, llegó a vivir con los tres en una “nota de increíble atraso” que su mamá había heredado en calle Reina Margarita número 1582 (hoy continuación de la calle Rengo). Aunque estaba situada en el barrio alto de Santiago, la calle tenía su camino y bermas sin pavimentar, sus casas estaban abandonadas, habitadas por familias de obreros y operarios, y no contaba con alcantarillado. La propiedad tenía una muralla gruesa y firme construida con adobes horizontales, suelo de tierra y techo de zinc. “Al fondo corría la acequia y colocada sobre ella estaba armada una caseta de madera, rústica, dentro de ella un cajón con un sacado al centro servía para los servicios higiénicos. Las paredes interiores de la caseta habían sido empapeladas con historietas cómicas de revistas, y así colocadas con prolijidad, hacía menos frío y más ameno ese refugio. Mi corazón se partía de angustia. La preocupación, pena e inquietud eran mis compañeras”, relata Olga. En ese espacio donde, sin embargo, los niños “corrían, jugaban, reían” y su madre tejía crochet para sostener el ánimo, la urgencia del invierno la empujó a buscar soluciones. Un día, al ver un edificio en construcción, pidió que le regalaran o al menos botaran restos de madera en su casa para levantar un refugio. No sabía cómo hacerlo, pero estaba dispuesta a intentarlo. Días después, encontró en su terreno un galpón recién construido: “un milagro”, lo llamó, obra de obreros y de un benefactor al que vio solo una vez. Con materiales de desecho, el sitio comenzó a transformarse: aparecieron enredaderas, un parrón, árboles frutales y una llave de agua donde los niños podían jugar. A ese hogar se sumaría también Anita, una de los muchos niños a quien acogió durante su vida, prolongando hacia otros el mismo gesto de cuidado que sostenía la casa. No sería una excepción. “Goga actuó así toda su vida: cuando había niños que necesitaban casas de acogida, ella se los llevaba a su casa, los alimentaba, los cuidaba, los criaba. Además de los niños, tenía una cosa con los animales que estaban sufriendo”, recuerda Polín Garbisú Mayorga, su nieta.
En una entrevista dada a “El Mercurio” en 1989, Humberto Maturana dijo que, aunque se hizo budista a los doce, abandonó toda creencia religiosa a los catorce años: “Me afectó la miseria que me tocaba observar”. También la enfermedad era un temor constante. “Frente a las fuerzas de la naturaleza tiemblo nuevamente de impotencia, angustia y rebeldía”, escribe Olga. Entre los archivos hay una entrevista hecha a Maturana, sin señales de en qué diario salió publicada, en la que él recuerda ese período que lo tuvo tres años en reposo y otros dos hospitalizado. “Enfermé gravemente de tuberculosis. Entonces viví algo maravilloso, que podría ser interpretado como mi encuentro con lo divino. Tuve la clara conciencia de dejar de ser. Estaba en medio de un ámbito de luz. Para mí significó experimentar una parte del proceso biológico de morir”, se lee en el recorte con bordes amarillentos.
Pero aunque en sus memorias Olga dice que sus cuatro hijos tuvieron tuberculosis y que se trató de un “fantasma” con el que vivió “muchos años”, el relato más detallado de una enfermedad es otro: el de cuando Humberto, un hijo “tan pequeño, tan tierno” tuvo mastoiditis, en 1932. “Los gemidos del niño se oían desde la calle”, recuerda Goga, añadiendo que tuvo que hospitalizarlo. En el hospital, conversaba con Humberto sobre flores y pájaros cuando una madre superiora pasó por su cama y elogió sus ojos azules. Chicho respondió: Me los hizo mi mamá, señora. Este niño sabe mucho contestó la religiosa.
Durante ese período, Olga destaca la abnegación de los médicos, la generosidad de desconocidos y la atención gratuita hospitalaria que aliviaron sus dolores, le devolvieron la salud “e hicieron que pudiese crecer a un destino de brillo y utilidad”. Tras narrar ese y otros “milagros” de benefactores en momentos de dificultad, envía un mensaje a los posibles lectores de sus memorias: “Ruego para que los corazones se llenen de interés y ternura ante las necesidades de los que claman y que la generosidad se imponga en el corazón de los hombres”. Tanto la familia como las personas del Archivo Nacional que leyeron las memorias de Olga destacan que pese a la angustia y la carencia, ella lograba construir una épica cotidiana y una manera de transitar las dificultades. Claudia hace énfasis en cómo sus hermanos 14 años mayores que ella posibilitaron una infancia lúdica. “Uno me vestía, otro me llevaba a pasear. Mi madre nos crio libres, muy libres, con libertad de elegir, con libertad de decidir nuestras vidas, con mucho cariño”, comenta. Esa visión se traspasó hacia sus hijas, Polín y Daria. “Nuestra familia es científico-artística-humanista, todos somos así. La Goguita enseñó al tío Humberto a bordar, a hacer mosaicos Era otro su lenguaje de amor y de la vida”, dice Polín.
“También está la admiración por el ser humano, por siempre validar a los seres humanos desde lo que eran, no desde lo que tenían, eso es algo que ella me enseñó, que nos enseñó a todos en la familia: la simpleza”, añade Daria. Se trata de algo que Olga también hace hincapié en sus memorias. “He admirado siempre a mis hijos Estos muchachos aceptaron la realidad de la estrechez económica sin protestar. Entendían la situación que experimentábamos y el espíritu deportivo que tratábamos de mantener en nuestras vidas. Espíritu que hermoseaba y daba optimismo en medio de las precarias condiciones económicas en la que nos desenvolvíamos. Si, como es natural, tuvieron anhelos no realizados o frustraciones, nunca lo manifestaron.
No recuerdo que jamás hubiesen exigido algo, solo manifestaban su deseo con encantadora prudencia ¿ Cómo será tener una pelota? ¿ Podríamos hacerla? Y naturalmente la hicimos”. En su infancia, los cuatro mezclaron “pequeñas maravillas” con objetos cotidianos. Un par de patines, carretones, palitroques, una bicicleta y una serie de juguetes fabricados por ellos mismos, con huesos, palos y fósiles obtenidos en excursiones, colecciones de hojas, semillas y piedras.
Ahí se leen, también, los primeros pasos que determinarían la vida profesional de Draco uno de los primeros egresados de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile como artista, y de Humberto Premio Nacional de Ciencias Naturales de 1994 como biólogo: “El mayor convertía latas en obras de arte con sus pinturas (... ) yo traía papeles de las oficinas que servían para que realizara sus extraordinarios dibujos. El segundo tuvo un microscopio, regalo del joven doctor Alejandro Forero”. Además, trataban siempre de apoyar en la casa. De niños, cantaban en las micros y en los trenes, vendían flores en la ciudad y Draco incluso preparó un cajón para lustrar zapatos. “Estaban llenos de ideas y aventuras”, escribe Olga. “Nunca traté de influir sobre mis hijos. Ellos querían sembrar y yo les daba un pedazo de tierra. Nunca les restringí nada”, añade.
“Mis hermanos eran muy malditos, muy aguerridos, muy fuertes”, comenta Claudia al recordar esas historias. ¿Le entusiasma saber que más personas pueden ir al Archivo y conocer esa parte de la vida de su familia? Yo creo que les pertenece a ustedes. Yo creo que especialmente los escritores tienen ese derecho, un derecho de poder tomar estas cosas, de poder rehacer estas cosas. Eso es lo que ella hacía, en general, ver lo bello. A Surinama, lo que más le gusta es la “sinceridad narrativa” de Olga, que también le da “un aspecto más humano, de luces y sombras” a toda la historia familiar. La Goga escribió hasta donde quiso, y dejó el resto en manos de otros. La matriarca de la familia sabía que contar la vida íntima tiene sus límites: “Mis hijos crecieron, fueron adolescentes, maravillosos, profesionales completos, capaces y dignos. Obtuvieron becas, viajaron, formaron familias. Y no explico más pues su vida desde la adolescencia es de ellos y ellos deben completarla”. De algún modo, lo hicieron. Sus trayectorias, sus obras, sus ideas son parte de una historia conocida. Lo que faltaba era esto: el origen. Olga fue madre soltera de Humberto y Draco. Atravesó largos períodos de cesantía, sueldos bajos y “pololitos” para poder llevar a su familia adelante, como cuando bailaba en los intermedios de películas de cine mudo en Valparaíso. “Nuestra familia es científico-artística-humanista, todos somos así.
La Goguita enseñó al tío Humberto a bordar, a hacer mosaicos Era otro su lenguaje de amor y de la vida”, dice Polín.. Lo que durante años estuvo guardado en un baúl familiar, hoy se abre al público en el Archivo Nacional: las memorias de Olga Romecín, visitadora social, madre y figura clave en la formación del biólogo. Este reportaje reconstruye esa historia y explora la gestación de una de las miradas más influyentes de la ciencia chilena. POR AMANDA MARTON RAMACIOTTI FOTOS JOSÉ LUIS RISSETTI Olga fue madre soltera de Humberto y Draco. Atravesó largos períodos de cesantía, sueldos bajos y “pololitos” para poder llevar a su familia adelante, como cuando bailaba en los intermedios de películas de cine mudo en Valparaíso. “Nuestra familia es científico-artística-humanista, todos somos así. La Goguita enseñó al tío Humberto a bordar, a hacer mosaicos… Era otro su lenguaje de amor y de la vida”, dice Polín. Humberto junto a su madre y Draco, a principios de los años 2000. A Olga le gustaba retratar paisajes. Este es un conjunto habitacional de Estados Unidos, donde vivieron cuando Humberto estudió en el MIT. A Olga le gustaba llevar a su familia a la playa en los veranos. De izquierda a derecha: Wilfredo Mayorga, Draco Maturana, Humberto, Claudia Mayorga en brazos de Goga. Olga Romecín cuando era niña, después de haber vivido en los alrededores del lago Titicaca. Las tres cajas con documentos familiares están disponibles para el público en el Archivo Nacional. En los archivos es posible acceder a una versión más risueña y distendida de Maturana, como esta foto en el patio de la casa de su madre. Humberto Maturana en 1969 en la Universidad de Chile. Entre los archivos también se encuentran un par de manuscritos y una charla sobre biología del lenguaje. El universo íntimo de HUMBERTO MATURANA. Humberto junto a su madre y Draco, a principios de los años 2000. A Olga le gustaba retratar paisajes. Este es un conjunto habitacional de Estados Unidos, donde vivieron cuando Humberto estudió en el MIT. A Olga le gustaba llevar a su familia a la playa en los veranos. De izquierda a derecha: Wilfredo Mayorga, Draco Maturana, Humberto, Claudia Mayorga en brazos de Goga. Olga Romecín cuando era niña, después de haber vivido en los alrededores del lago Titicaca. Las tres cajas con documentos familiares están disponibles para el público en el Archivo Nacional. En los archivos es posible acceder a una versión más risueña y distendida de Maturana, como esta foto en el patio de la casa de su madre. Humberto Maturana en 1969 en la Universidad de Chile. Entre los archivos también se encuentran un par de manuscritos y una charla sobre biología del lenguaje.