Editorial: Sin el producto estrella
Editorial: Sin el producto estrella Tongoy siempre ha vivido mirando al mar. No sólo como paisaje, sino como sustento, identidad y promesa.
Cada verano, cada fin de semana largo, la bahía se transforma en un punto de encuentro donde el turismo y la gastronomía marina -con los ostiones como emblema indiscutidosostienen la economía local y el orgullo de una comunidad que ha aprendido a convivir con el ritmo de las mareas. Por eso, el cierre preventivo de las áreas marítimas entre Punta Lengua de Vaca y la Península de Tongoy no es solo una medida sanitaria: es una tragedia silenciosa. La detección de veneno amnésico de los mariscos por sobre los límites permitidos -más de 20 mcg/g, según el Reglamento Sanitario de los Alimentosobliga a la autoridad a actuar con responsabilidad. Nadie discute que la salud pública debe ser prioritaria. Pero reconocer la necesidad de la medida no disminuye el impacto devastador que tiene para pescadores, recolectores, restaurantes, ferias, alojamientos y familias enteras que dependen directa o indirectamente del mar. En Tongoy, el ostión no es un lujo; es trabajo. Es madrugar para salir a faenar, es inversión, es herencia transmitida entre generaciones. El cierre significa ingresos que se evaporan de un día para otro, productos que no se pueden vender, turistas que cancelan reservas y mesas vacías donde antes había vida. Significa también incertidumbre: nadie sabe con certeza cuánto durará la prohibición ni cómo se sobrevivirá mientras tanto. Esta situación vuelve a dejar en evidencia la fragilidad de nuestras economías locales que dependen casi exclusivamente de los recursos naturales y del turismo. Basta una alerta sanitaria, una marea roja, una toxina invisible, para paralizarlo todo..