Editorial: Ayuda a tiempo
Editorial: Ayuda a tiempo Hay momentos en que la familia deja de ver al hijo, al hermano o a la pareja como «el fuerte» de siempre y comienza a notar grietas que asustan. No es una rebeldía pasajera ni un mal día: es una sombra que se instala en la mirada, en el tono de voz, en el silencio.
En el caso del joven acusado del brutal crimen en la cárcel de Huachalalume, su pareja lo dijo con una frase tan simple como devastadora: «No estaba bien». Y cuando alguien que convive, que ama y que conoce de cerca se atreve a decir eso, no debería ser una alarma menor. Cuando un familiar acude a una asistente social para solicitar atención psicológica, es porque algo está pasando. Pedir ayuda no es traición ni exageración; es un intento desesperado por evitar una tragedia. Pero cuando esa petición queda en promesas que no se concretan, la sensación que queda es la de una oportunidad perdida. En contextos penitenciarios, donde la salud mental suele ser frágil y el entorno es altamente estresante, ignorar señales de deterioro psicológico puede tener consecuencias devastadoras. No se trata de justificar lo injustificable ni de restar gravedad a un crimen que ha estremecido al país. Se trata de entender que detrás de muchos hechos violentos hubo advertencias previas, señales que alguien vio y trató de comunicar. Cuando el sistema no escucha a tiempo, la tragedia no solo golpea a la víctima y su familia, sino que deja una cadena de responsabilidades incómodas.
Quizás la pregunta más dolorosa no es solo qué ocurrió esa madrugada, sino qué faltó antes. ¿ Cuántas veces las familias intuyen que algo no anda bien y no encuentran respuesta? Reconocer la necesidad de ayuda mental debería activar protocolos inmediatos, especialmente en espacios donde la vulnerabilidad es alta. Porque cuando una familia dice «no está bien», no está buscando excusas: está pidiendo contención, evaluación y cuidado. Ignorar esa voz puede convertir una advertencia en un lamento irreversible..