Autor: Académico de Sociología UNAB y Núcleo Milenio Crispol
Columnas de Opinión: El quiebre oficialista como síntoma
Columnas de Opinión: El quiebre oficialista como síntoma Mauro Basaure a izquierda no está en crisis por sus peleas: pelea porque está en medio de una crisis. Si sus líderes insisten L en leer lo ocurrido solo como un problema de traición, de fuego amigo, y de siglas seguirá perdiendo. Esa discusión está mal planteada desde el inicio: toma la superficie como si fuera la causa. Y en política, cuando se confunde el síntoma con el diagnóstico de causas, lo que viene es repetición del fallo. Hoy se discute como en Rashomon: cada facción narra su versión del derrumbe, pero todas omiten el dato decisivo: el público se fue de la sala. Reordenar el elenco, cambiar el afiche o mover sillas en la cubierta (Titanic incluido) no evita el naufragio si la corriente histórica ya cambió de dirección. Las disputas que se exhiben -entre polos, partidos, liderazgos y "relatos"no explican la derrota: la transparentan. Los partidos viven de votos; esa es su torta. Cuando la torta crece y se avizora gobierno, se negocia, se tragan sapos, se administra la convivencia. Cuando la torta se achica y las derrotas se encadenan, la competencia interna se vuelve guerra por recursos escasos: cargos, influencia, supervivencia. Signo clásico de declive: la energía se invierte en la frontera interna. Y ahí está el punto ciego. La crisis profunda no es que el oficialismo se "rompa". La crisis profunda es que el electorado ya no está donde la izquierda cree que está.
Desde hace años, encuestas y estudios (PNUD, CEP, Latinobarómetro, entre otros) registran un desplazamiento cultural difícil de digerir: más peso al mérito, al esfuerzo individual y a las redes cercanas como promesa de movilidad; menos fe en que el Estado o los partidos ordenen la vida; más demanda de seguridad y control; menos paciencia para promesas abstractas y más exigencia de resultados cotidianos.
En ese terreno, la izquierda quedó atrapada en una disociación: se representó a sí misma en clave moral expresiva -denuncia, superioridad ética, señalización identitariamientras gobernó, cuando pudo, con una práctica socialdemócrata defensiva, sin relato y sin traducción política. El resultado fue devastador: incoherencia. Y la incoherencia, en democracia, se paga más caro que el error. Por eso no basta con rearmar coaliciones, inventar federaciones o repartir culpas. Eso es carpintería de superficie. Si la pérdida es cultural y electoral, la salida no puede ser meramente organizacional. La tarea es más incómoda y lenta: discutir ideas, rehacer gramáticas, reconstruir un proyecto que vuelva a hacer sentido para mayorías reales, no para auditorios propios. Si no se cambia el diagnóstico, la pelea seguirá creciendo. Y seguirá siendo solo eso: un síntoma. Si no se baja al subsuelo del Titanic, el sistema de partidos quedará en modo Gatopardo: cambiar combinaciones para que nada cambie. Hasta que la muerte los separe. "No basta con rearmar coaliciones, inventar federaciones o repartir culpas. Eso es carpintería de superficie". Autor: Académico de Sociología UNAB y Núcleo Milenio Crispol. "No basta con rearmar coaliciones, inventar federaciones o repartir culpas. Eso es carpintería de superficie".