Autor: JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER
COLUMNAS DE OPINIÓN: No toda violencia es la misma violencia
COLUMNAS DE OPINIÓN: No toda violencia es la misma violencia n Cuestiono el supuesto implícito --rara vez controvertido-de que todas las violencias en las escuelas son iguales y pueden abordarse con las mismas medidas: fuerza, vigilancia y castigo. Este supuesto es incorrecto y conduce a políticas que no funcionan. Propongo identificar cuatro tipos de violencia presentes en el entorno escolar, cada uno con lógicas completamente diferentes. OPINIÓN Una inspectora muerta a cuchilladas en Calama, un adolescente armado en Curicó, otro en Rancagua, y apuñalamientos entre alumnos en Cañete. Además, explosivos molotov frente al Liceo J. V. Lastarria y el Instituto Nacional. Los medios y las redes sociales intensifican la cobertura. La violencia escolar ha regresado con fuerza, estremeciendo la agenda pública. El circuito comunicacional se pone en marcha de la misma manera: imágenes impactantes, titulares llamativos y llamados a reaccionar rápidamente. Luego, aparece la secuencia argumental habitual: la violencia es intolerable y requiere una respuesta contundente. Se implementan detectores de metales, se realizan revisiones de mochilas, se incrementa la presencia policial y se imponen sanciones más severas. Es como si el colegio debiera convertirse en un lugar de máxima seguridad para seguir siendo una escuela. No se puede minimizar lo ocurrido.
Calama fue un acto atroz cometido por un joven con diagnósticos previos de salud mental severa, quien durante meses anotó en un cuaderno su plan homicida que conducía al dies irae (día de ira). Nada de lo que digo disminuye el dolor de las víctimas. Pero, dada la gravedad de los hechos, merecen una respuesta que vaya más allá de la simple alarma y de una única solución. Lo que cuestiono es el supuesto implícito --rara vez controvertido-de que todas las violencias en las escuelas son iguales y pueden abordarse con las mismas medidas: fuerza, vigilancia y castigo. Este supuesto es incorrecto y conduce a políticas que no funcionan. Propongo identificar cuatro tipos de violencia presentes en el entorno escolar, cada uno con lógicas completamente diferentes. Primero, las microviolencias cotidianas que incluyen bullying físico, psicológico y digital, así como agresiones menores, humillaciones y exclusiones entre pares. Son el ruido de fondo de la convivencia escolar y un reflejo de las relaciones humanas en la actualidad, desde la familia hasta el estadio y desde la oficina hasta la calle. La escuela refleja esas tensiones sociales y la creciente expresión de la agresividad en los medios y en las redes sociales. Aunque esto no las justifica, sí las hace comprensibles y abordables mediante estrategias de prevención y convivencia, formación socioemocional y cultura escolar --no mediante pórticos de metal. En segundo lugar, las violencias específicas.
Se organizan en torno a ejes reconocibles: por ejemplo, la violencia de género, que paradójicamente aumenta junto con una mayor conciencia de identidad; o aquellas relacionadas con el deporte, las fiestas y la droga, entre otras. Una forma particularmente perjudicial es la violencia dirigida a docentes, asistentes de la educación y directivos. La superintendencia informa un incremento del 39% en las agresiones contra profesores registradas en 2025 en quince de las dieciséis regiones del país. Este fenómeno suele ocurrir en sociedades donde las instituciones de autoridad pierden legitimidad. Afecta gravemente el orden escolar, ya que destruye la relación pedagógica fundamental. Es crucial implementar protocolos específicos, proporcionar apoyo institucional a los equipos docentes y, especialmente, fomentar una sociedad que vuelva a valorar la autoridad pedagógica como pilar del aprendizaje. En tercer lugar, están las violencias enajenadas, las más extremas en sus efectos: adolescentes con trastornos mentales graves que actúan por sí solos y causan daños considerables.
Calama lo ejemplifica claramente: un joven con depresión severa y trayectoria vital de progresiva soledad y alienación, que planificó su ataque durante cuatro meses, nombró sus armas, subió un video a YouTube y pensó en su propio suicidio como posible final.
Esta violencia caracteriza los tiroteos escolares en Estados Unidos, pero también ha crecido en diversas sociedades como un fenómeno civilizacional, impulsado por el aislamiento, la circulación de ideas destructivas en internet y la crisis global de la salud mental en la adolescencia.
Los detectores tecnológicos son un símbolo para salir al paso, pero lo que realmente falta son redes de detección temprana en la familia y en los colegios, que ni la sociedad ni el sector público ofrecen con la cobertura necesaria. Cuarto, las violencias anárquico-extremistas, movilizadas contra el orden establecido. Afectan a las autoridades escolares, al Estado, a las fuerzas de seguridad y a los bienes públicos y privados. En Chile, están representadas por los mamelucos blancos, las bombas molotov y los liceos emblemáticos tomados y abatidos. Estas expresiones colectivas, aunque minoritarias, combinan impulsos destructivos, ideas difusas y una cultura de barra brava.
A finales de 2024, más de treinta estudiantes resultaron heridos por artefactos explosivos ensamblados en la escuela para preparar una "salida incendiaria". En estas circunstancias, es crucial que el Estado y las fuerzas de seguridad colaboren con la justicia, mientras las comunidades educativas se reconstruyen e integran desde la base. A su vez, todo el arco democrático dirigencial debe rechazar enérgicamente estos comportamientos y exigir que sean sancionados conforme a la ley.
Además, resulta esencial estudiar los procesos y mecanismos de radicalización juvenil, un aspecto central aún insuficientemente abordado, para entender sus vínculos con la crisis de las familias, el deterioro de los barrios y vecindarios, y la extrema desigualdad de condiciones y oportunidades sociales. No distinguir los tipos de violencia y sus contextos dificulta la implementación de estrategias efectivas. Esto conduce a respuestas automáticas, como la mano dura, la vigilancia constante y un colegio parecido a un panóptico, lo cual contradice los ideales de formación de la escuela y de la sociedad. Sería volver a métodos pedagógicos antiguos, basados en golpes y en la represión, y negar lo que la evidencia académica muestra sobre la convivencia escolar, el desarrollo socioemocional y la salud mental en adolescentes. Comprendo la preocupación de las familias y la presión política por actuar de inmediato. Sin embargo, un gobierno que solo anuncie pórticos detectores y la revisión de mochilas ofrece un remedio del siglo XIX para un problema del siglo XXI. La convivencia no se construye con rejas y zanjas, sino con mejores relaciones humanas, profesionales capacitados y una comunidad escolar cohesionada. Reconocerlo es el primer paso para dejar de gesticular ante las cámaras y comenzar a trabajar en serio. No toda violencia es la misma violencia JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER Es crucial que el Estado y las fuerzas de seguridad colaboren con la justicia, mientras las comunidades educativas se reconstruyen e integran desde la base. A su vez, todo el arco democrático dirigencial debe rechazar enérgicamente estos comportamientos y exigir que sean sancionados conforme a la ley..