Valparaíso ES UN BOLERO
Valparaíso ES UN BOLERO Hace poco más de un mes, Valparaíso enlutó. El 7 de enero de este año, a través de su cuenta de Instagram, el Ministerio de las Culturas informó que Luis Alberto Martínez, “la voz más triste de Chile”, había muerto.
“La gran estrella del bolero nos deja, pero su luz seguirá brillando con fuerza en el corazón de las porteñas y porteños a través de un inmenso legado musical que no cesará de sonar”, decía la publicación. Un fin de semana en el puerto bastaría para comprobar eso último. De bar en bar, entre repertorios clásicos y atrevidas versiones originales, queda claro por qué esta ciudad, como buen puerto abierto al ir y venir de personas e ideas, vive, respira, come y toma boleros. Manzanita del Puerto, cantante popular, lo pone de esta forma: “Si no hay bar, no hay bolero. ¿Dónde se reunía la gente? En un bar, alrededor de un buen borgoña”. Solo queda seguir esa pista. Mujeres Bohemias Si la bohemia ha cambiado, también lo ha hecho su escenario.
Antes de conversar con ella, había visto a Kennya Comesaña, cultora de la música de la bohemia tradicional, cantar en la azotea de una casona esquina de color salmón, en calle Miramar, montada en el inconfundible Cerro Alegre.
Junto a Johanna Oyaneder y Michelyn González fundaron hace unos meses el proyecto musical colectivo “Mujeres Bohemias”, una apuesta por sacar los boleros y otros ritmos de ciertos bares precarizados donde, dicen, abundaban los pagos bajos, las jornadas extensas y las condiciones mínimas. Desde entonces se han presentado en la Sala Rivoli (exteatro) y dentro de poco realizarán un nuevo evento similar a este, en Mantagua, Concón. “La bohemia no tiene que ser así”, dice Michelyn, que es hija de Humberto “Pollito” González, reconocido artista del aún más conocido bar Cinzano y declarado tesoro humano vivo en 2022. “A mí me encanta cantar. Pero cantar y ya”, agrega. Michelyn vio a su padre vivir los años de esa bohemia precaria, del “cancheo” (trabajos esporádicos que realizan los músicos tocando en todo tipo de eventos en los que se necesita música en vivo. Usualmente, una práctica desprotegida), y quiere darle fin.
Y de esa incomodidad surgió también el Sello Local Musical Emblemático en 2024, una iniciativa de la Municipalidad de Valparaíso con el apoyo de la Seremi de las Culturas y Corfo, que busca fortalecer la Ruta Musical del Puerto y, además, mejorar las condiciones laborales de sus cultores: 8 locales ya han sido reconocidos a través de una ceremonia con autoridades municipales y regionales. Mientras tanto, aquí en la azotea, bajo la luz amarilla de los faroles del cerro, unas 50 personas, familiares, amigos y curiosos, tienen la bahía a la vista, mientras unas parejas bailan. Lo que era una escena excepcional, luego se volvería una costumbre. Nostalgia y presente Más abajo, en Apolo, un pasaje estrecho que conecta con el ascensor Concepción, está La Colombina. La consigna de este local es unir “la nostalgia del pasado con las sonrisas del presente”. Al menos eso dice un cuadro hecho a mano, con tiza, que está en la entrada. El encargado de esto fue Eduardo Peralta, trovador y payador instruido a traer los tangos, mientras que su colega, la penquista Carmen Prieto, se encarga de los boleros. Sentados al fondo del salón decorado con muebles antiguos y unos focos color celeste y rojos que les apuntan directamente, tocan unos himnos que, con bastante entusiasmo, el público tararea. Desde la terraza de La Colombina entra el aire fresco de esta noche de verano. Aquí se pueden observar las fachadas de las mansiones del Cerro Concepción, sus parroquias y la inmensa bahía. Fue en esta casona patrimonial de fines del siglo XIX, dice Verónica Muñoz, administradora del local, que se generó un hito en los años 90. “La Colombina fue un punto neurálgico, donde se generaba un ambiente de música en el cerro, de bohemia”, dice, y recuerda jornadas que se estiraban hasta altas horas de la madrugada. Tras la pandemia, agrega, debieron acortar los horarios. Lo que se ve ahora es un ambiente más sobrio. Puede disfrutarlo mientras prueba su carta, con pescados frescos traídos del archipiélago Juan Fernández, como la vidriola, la breca o la corvina, además de pastas y cafetería de autor, con granos traídos de Honduras. Más allá de la “cana” Si hay un lugar donde el bolero no descansa, es el barrio Cumming, con su subida que nunca calla: tras cada puerta, alguien parece afinar una guitarra. Y por aquí se encuentra El Canario, una peña folclórica que remite a los años en que la Cárcel Pública de Valparaíso aún funcionaba. Con más de siete décadas, este espacio está cruzado de historias.
“Desde haber trabajado como perkin para los clientes, anotando los resultados de la brisca, como también toparse con mujeres que tenían que venir a buscar al marido porque llevaba algunas horas perdido sin llegar a casa”, recuerda Álvaro Neira, su administrador, quien dice que por mucho tiempo el público habitual aquí era fundamentalmente masculino: vecinos del sector y de cerros cercanos, así como también trabajadores, familiares y presos recién salidos de la cárcel. “De ahí sale el mito de por qué se llama Canario: el mundo de la cana era uno de sus principales clientes”, comenta Álvaro. La entrada a El Canario es angosta. Lámparas colgantes iluminan con luz cálida el pequeño local. Las murallas están cubiertas de stickers e ilustraciones, en su mayoría contestatarias. El aire mezcla cerveza, humo de cigarro y humedad porteña.
Esta noche se presenta Yasna Arancibia, que es un nombre importante en la escena porteña, puesto que, aparte de dotada cantante, también es administradora de La Isla de la Fantasía y sobrina nieta de Benito Núñez, fundador de La quinta de los Núñez, que son dos locales emblemáticos de Valparaíso. A esta hora, Yasna y sus músicos entonan Piel canela, de Bobby Capó, popularizada entre otros por Los Panchos. Es esa que dice: “Me importas tú, y tú, y tú. Y solamente tú”. Tras el traslado de la excárcel, el público de El Canario cambió, se volvió más artístico, alternativo. Hay fotógrafos, poetas, músicos, esos son hoy sus “parroquianos”. Además, gracias a una postulación colaborativa en 2021, se adjudicaron un fondo estatal para adquirir nuevos equipos de sonido e iluminación para las presentaciones. Y así, en redes sociales se pueden ver grabaciones de artistas como Aldo Asenjo, “El Macha”, y otros más o menos famosos luciéndose en el local.
El gato manda A pocos pasos de El Canario está el Gato en la Ventana, que se debe a Juanito, un gato adoptado por los hermanos Luis y Daniel Soto, administradores del local hace 26 años. Luego de que ese primer felino falleciera, llegaron Granadina, Amaretto y Chiqui. Así que el nombre sigue teniendo sentido. Hace un año que este sitio luce con orgullo, colgado al costado de la barra, su Sello Local Musical Emblemático.
Un reconocimiento que, dice Luis, “no cambia nuestra esencia, pero sí visibiliza el trabajo que venimos haciendo hace años”. Mientras habla, a su lado se ve un cartel que anuncia: “Todo visitante debe ser aprobado por el gato”. Como para justificar el letrero, Chiqui se encuentra acostado en la orilla de la barra, mirando con recelo a todo quien cruza la entrada. Este sitio es oscuro; apenas unos focos iluminan el escenario. Afuera, la terraza está para quienes vienen solo a beber. Adentro se aprieta el público que vino a escuchar al dúo Sol y Manuel, evidentemente enamorados.
De pronto, ella se detiene para presentar, entre bromas, a un personaje emblemático del puerto que está en el público: “Representando a Fundación Las Rosas, ¡Tío Emilio!”. Es la segunda vez que veo al bailarín espontáneo esta noche. Parece que nadie conoce su nombre real y es evidente que el apodo se lo ganó por su parecido con Emilio Sutherland, pero con unas décadas más y zapatos de piel de cocodrilo. Es como una especie de Compadre Moncho porteño, un personaje nocturno cuya única misión pareciera ser sacar a bailar a las solteras. Uno nuevo, uno clásico La Morada es lo más nuevo de Cumming. Es una opción fuerte para detener la marcha del día y plantarse frente a su lasaña, carne al vino tinto o calugas de pescado. Pero de noche, el ambiente sereno y de conversaciones íntimas, cambia por uno con ritmos para todos.
Depende del momento de la semana: “Los lunes son de jazz; los jueves son de ska, al menos durante este mes; los viernes son de cumbia; los sábados, de salsa y boleros; los miércoles hay como una fiesta bailable que es con tornamesa, y los martes es escena urbana y hip hop”, dice Simón Cancino, a cargo del local. Lo tiene todo. Le da gusto a todos. Incluso a una pareja de extranjeros que intenta seguir el ritmo latino mientras el resto los empuja a la pista. Ríen, sudan, tropiezan. El calor es compartido. Bailan hasta que les corre la gota bajo una luz color violeta eléctrico que distorsiona siluetas.
No tan lejos de aquí, El Cinzano, que no necesita introducción, pero sí destacar un dato: en 2026 celebrarán 130 años de existencia, y como siempre, habrá fiestas con ruedas de cueca, tangos y, lo que nos importa, boleros. Aunque faltan meses, ya se sienten los aires festivos. Dos aires distintos, para ser concreta. En el nivel superior hay ahora una fiesta animada por la anfitriona y reina del Cinzano, Venus del Puerto.
De cabello largo y rubio como en la pintura de Botticelli, no solo recibe al público del Cinzano con una sonrisa de oreja a oreja, sino que acostumbra también tener sus intervenciones en el escenario interpretando a alguna diva del star system, como Raffaella Carra: “Explótame explótame explo”. Al ritmo envasado del eurodance, pop, cumbia y boleros, se siente como si, con tanto baile, un paso más bastara para hacer colapsar el piso completo. Y en el primer piso, más tranquilos, los ánimos van por otro lado. El masoquismo cebolla predomina. También la música en vivo. Dos grandes de la bohemia contemporánea se encuentran en el escenario. Son dos generaciones que repasan el repertorio icónico de los boleros: Manzanita del Puerto y Claudio Silva Rey interpretan El gran tirano, un clásico de Jorge “Negro” Farías que no da tregua. Las canciones desgarradoras siguen. Todo al calor de un caldo para afirmar el estómago. Los mismos locales admiten que el Liberty tiene una ubicación desfavorable. Después de Plaza Sotomayor, la multitud se dispersa. En Plaza Echaurren, frente al bar, la estatua de Jorge “Negro” Farías observa calles casi vacías. Nadie se atreve a caminar por las silenciosas y oscuras veredas que lo rodean. Es solo un momento. Pasado un rato, hay autos que comienzan a llegar. El Liberty celebra 129 años y de pronto hay tantas personas, que muchos nos apretamos de pie, mientras otros no alcanzan a entrar y tienen que ver las presentaciones desde la ventana. Los más afortunados o pillos se amigan con quienes lograron una mesa. Como si se conocieran de toda la vida, se sientan con ellos. Aquí vi por primera vez al Tío Emilio. Baila al ritmo de la música de Patricio Muñoz. Nunca solo, claro. También están Cata y Fran, estudiantes de la Universidad de Concepción. Vinieron a Valparaíso de vacaciones y para escuchar boleros, dicen.
Ayer, cuentan, fueron al bar Trotamundos para ver a Catalina Plaza y su agrupación, “Las Bordonas de Oro”. Y bien informadas, no se podían perder esta celebración en el Liberty que anuncia entre sus invitados a Daniel Muñoz, Torito Alfaro y Karen Lila. El ambiente hace imposible pensar que, como muchos otros, debido a la pandemia el negocio peligró. La recuperación fue lenta. Tuvieron que modificar horario y acotar días de atención. Pero hay cosas que no cambian, como la colección de gorros en la barra y la pasión por el Santiago Wanderers. Y agregaron una tradición: “El Liberty se ha transformado porque ahí se generó la rueda de cueca y eso le dio un cambio, porque solía ser una cantina de mala muerte en el puerto. Es muy del barrio”, dice Alejandro Gana, sociólogo, que ha hecho investigaciones sobre la bohemia y las celebraciones del puerto, y con quien hablamos unos días después de esta visita.
Todos los domingos En el 710 de la calle Cornelio Guzmán, en la quebrada entre el cerro San Juan de Dios y La Loma, La Isla de la Fantasía surgió casi de manera espontánea, hace 86 años, cuando Benito Núñez abrió las puertas de su hogar para recibir a amigos músicos y cantantes, en un ambiente acogedor para compartir. Cosa de amigos. Algo que se mantiene. “Muchas veces llegan personas solas y se van acompañadas”, dice Yasna Arancibia.
Como sea, con el tiempo ese sencillo encuentro en el patio se convirtió en lo que hoy es catalogado como “la cuna de la cueca porteña”, un sitio que se hizo fama con el boca a boca, y la grabación de algunos discos de reconocidos nombres locales. Traspasar el umbral de La Isla de la Fantasía un domingo (único día que abre, y con reserva) es sumergirse en un exponente de la bohemia pura. Es como una sobremesa familiar interminable.
Una que parte temprano (a partir de las 14:00 horas) y se extiende hasta que el cansancio gana, en un sitio rodeado de cuadros que honran a tesoros humanos vivos, como la cantante Lucy Briceño (reconocida por su promoción de estilos como el vals peruano y el bolero, además de la cueca), y a personalidades como el ya familiar Tío Emilio (bailarín oficial, que viene de Quillota y no se pierde la cita) o el destacado guitarrista Juan Pou, un emblema de la escena porteña. En medio de un terreno por el que cruzaba una vertiente y donde nacen árboles frutales, lo que le dio el nombre al local (también por la clásica serie de televisión), creció Yasna Arancibia. Hoy ve el canto y las presentaciones en vivo con gran responsabilidad. De ella depende que la tradición no muera. “Es un legado de cantantes que se ha mantenido (... ), mi bisabuela cantaba, mi abuelo cantaba, mi mamá canta y yo canto”, dice.
Sus palabras parecen reafirmar lo que había comentado Kennya Comesaña, de “Mujeres Bohemias”, cuando hablamos hacia el inicio de este fin de semana musical en Valparaíso: “El bolero está más vivo que nunca”. Lo dice como reafirmando el compromiso con las palabras de “la voz más triste de Chile”, Luis Alberto Martínez: “El bolero nunca va a morir”. D. Pisar Valparaíso es oír música. Y hay un género, entre varios, que marca buena parte de sus recovecos: el bolero. Suena junto a los pescadores del Muelle Barón, se filtra por las subidas a los cerros y tiene espacio reservado en muchos bares, clásicos, populares o nuevos. Este circuito de fin de semana es una muestra de ese ritmo, siguiendo la herencia de “la voz más triste de Chile”, Luis Alberto Martínez, fallecido hace poco. TEXTO Y FOTOS: Michelle Ponce Romero, DESDE LA REGIÓN DE VALPARAÍSO. TÍTULO. El sello “Local Musical Emblemático” lo poseen ocho locales, como el Liberty, Sala Rivoli o el Gato en la Ventana. LA COLOMBINA. En su reciente show, Eduardo Peralta dedicó una décima a Violeta Parra, a próposito de su natalicio. TÍTULO. El sello “Local Musical Emblemático” lo poseen ocho locales, como el Liberty, Sala Rivoli o el Gato en la Ventana. ESCENARIO. El Gato en la Ventana, en el barrio Cumming, tiene música en vivo de martes a sábado. EVENTO. En la terraza de este edicio en el cerro Alegre se realizó el encuentro de “Mujeres Bohemias”. ESCENARIO. El Gato en la Ventana, en el barrio Cumming, tiene música en vivo de martes a sábado. ARTISTA. Cuadro pintado a mano del “Tío Emilio”, bailarín destacado del bar La Isla de la Fantasía. ESTATUA. Jorge “Negro” Farías, frente al bar donde forjó su carrera: el Liberty. LOCAL. La Colombina fue pionero en poner música en vivo en los cerros. EL CANARIO. En esta antigua cantina solían reunise los presos al salir de la excárcel de Valparaíso. LIBERTY. Gorros, cuadros de músicos fallecidos y banderines del Santiago Wanderers decoran este histórico bar. CLÁSICO. El Cinzano abre toda la semana hasta las dos de la mañana. Valparaíso ES UN BOLERO. TÍTULO. El sello “Local Musical Emblemático” lo poseen ocho locales, como el Liberty, Sala Rivoli o el Gato en la Ventana. LA COLOMBINA. En su reciente show, Eduardo Peralta dedicó una décima a Violeta Parra, a próposito de su natalicio. TÍTULO. El sello “Local Musical Emblemático” lo poseen ocho locales, como el Liberty, Sala Rivoli o el Gato en la Ventana. ESCENARIO. El Gato en la Ventana, en el barrio Cumming, tiene música en vivo de martes a sábado. EVENTO. En la terraza de este edicio en el cerro Alegre se realizó el encuentro de “Mujeres Bohemias”. ESCENARIO. El Gato en la Ventana, en el barrio Cumming, tiene música en vivo de martes a sábado. ARTISTA. Cuadro pintado a mano del “Tío Emilio”, bailarín destacado del bar La Isla de la Fantasía. ESTATUA. Jorge “Negro” Farías, frente al bar donde forjó su carrera: el Liberty. LOCAL. La Colombina fue pionero en poner música en vivo en los cerros. EL CANARIO. En esta antigua cantina solían reunise los presos al salir de la excárcel de Valparaíso. LIBERTY. Gorros, cuadros de músicos fallecidos y banderines del Santiago Wanderers decoran este histórico bar. CLÁSICO. El Cinzano abre toda la semana hasta las dos de la mañana.