Autor: Patricio Meza García
Columnas de Opinión: Nueva Luna de Miel
Columnas de Opinión: Nueva Luna de Miel Chile entra otra vez a esa etapa de expectativa intensa que acompaña a cada cambio de mando. Se abre un nuevo gobierno, pero no una página en blanco. El país que recibirá la nueva administración llega con tareas acumuladas en crecimiento, empleo, seguridad social, salud, inversión y también en el siempre complejo debate valórico. No hay margen para romanticismos largos: los primeros 100 días volverán a ser observados como una prueba de fuego, no solo por la oposición, sino por una ciudadanía cansada de promesas amplias y resultados lentos. La pregunta no es solo cuánto durará la luna de miel. La pregunta de fondo es si habrá capacidad política, técnica y humana para administrar un Chile que ya no tolera improvisaciones. Porque una cosa es ganar una elección y otra muy distinta es conducir un país fragmentado, exigente, económicamente estrecho y socialmente desconfiado. El contexto no es simple. Chile llega a este nuevo ciclo con proyecciones de crecimiento moderado para 2026, mientras organismos como la OCDE y el FMI siguen ubicando la expansión en torno a cifras acotadas. Al mismo tiempo, el Banco Central ha insistido en que la inflación se encamina a la meta, lo que abre una oportunidad, pero no garantiza por sí solo una recuperación ancha del bienestar. Traducido a la vida real: aunque haya mejores cifras macroeconómicas, la caIle seguirá juzgando por empleo, sueldo, listas de espera y seguridad cotidiana. Por eso, el nuevo gobierno necesitará algo más que convicción ideológica. Necesitará prioridades claras. La primera es recuperar la confianza para invertir.
Chile no podrá volver a crecer con fuerza si el sector público y el privado siguen mirándose con sospecha, si los permisos se eternizan, si el debate político espanta más de lo que convoca, o si cada proyecto estratégico queda atrapado entre la incertidumbre regulatoria y la crispación partidista. El empleo no se decreta: se construye con certeza, reglas estables y decisiones oportunas. Pero sería un error creer que todo se resume a inversión y crecimien to. Chile también necesita una agenda social seria, con sentido de urgencia y sin marketing. Salud, por ejemplo, no admite consignas. Las listas de espera, la atención primaria tensionada y las brechas territoriales no se corrigen con slogans. Lo mismo ocurre con la educación, la infancia vulnerable y la realidad de miles de familias endeudadas, agotadas o simplemente decepcionadas de un Estado que muchas veces llega tarde. En ese escenario, el nuevo gobierno tendrá que demostrar si puede combinar orden con sensibilidad. Porque una parte del país pide autoridad, pero otra parte -en realidad, la mismatambién exige protección, trato digno y respeto irrestricto a los derechos humanos. Esa combinación será decisiva. Chile no necesita elegir entre crecimiento y cohesión, entre seguridad y legalidad, entre firmeza y humanidad. Necesita que el poder entienda, de una vez, que cuando esas dimensiones se separan, el país retrocede. La reciente visita del presidente electo José Antonio Kast a Estados Unidos, donde participó en una cumbre convocada por Donald Trump, ya activó una discusión política intensa en Chile. El viaje fue leído por sus partidarios como una señal de alineamiento internacional y reconstrucción de vínculos, mientras sus detractores lo interpretaron como un gesto ideológico prematuro y divisivo. El episodio confirma que el nuevo ciclo no partirá en calma, sino en medio de anticuerpos, simbolismos y lecturas cruzadas sobre el lugar que Chile quiere ocupar en el mundo. Y allí aparece otro desafío mayor: la prudencia. Ningún gobierno puede darse el lujo de subordinar la política exterior a afinidades personales o entusiasmos doctrinarios. Chile necesita autonomía, inteligencia estratégica y equilibrio. Tiene vínculos comerciales, diplomáticos y geopolíticos que exigen más Estado que trinchera. En tiempos de polarización global, un país pequeño y abierto como el nuestro no puede actuar como comentarista de redes sociales; debe actuar como república. ¿Cuánto durará la luna de miel? Probablemente poco. Los entendidos tienen razón en una cosa: la paciencia social ya no se mide en años, sino en semanas. Hoy la legitimidad no se hereda desde las urnas; se renueva con resultados visibles. Si en los primeros 100 días no hay señales claras en empleo, seguridad, inversión, gestión y gobernabilidad, el desgaste será rápido. Y si además el gobierno queda atrapado en batallas culturales interminables o en símbolos que dividen más de lo que unen, esa luna de miel puede terminar antes de que realmente comience. Sin embargo, el debate más importante no es si Chile debe volver a "lo que fuimos", porque esa frase suele esconder nostalgia, y la nostalgia no gobierna.
El verdadero desafío es construir algo mejor: un país que recupere dinamismo económico sin abandonar a los más frágiles; que convoque inversión sin debilitar derechos; que entienda la seguridad como una prioridad, pero jamás como excusa; y que vuelva a confiar en sí mismo sin perder su conciencia democrática. Chile necesita dirección, sí. Pero también necesita templanza. Necesita autoridad, pero con límites. Necesita crecimiento, pero con sentido social. Necesita un nuevo gobierno que entienda que la ciudadanía no solo espera eficiencia, sino también decencia pública. Ahí estará la verdadera prueba. No en las fotos, no en los gestos, no en los viajes, no en los eslóganes de campaña. La prueba estará en la capacidad de gobernar un país cansado, dividido y urgido, sin renunciar ni al progreso ni a la dignidad. Porque si algo necesita Chile en esta nueva etapa no es una luna de miel. Es un pacto serio con la realidad. Autor: Patricio Meza García.