Cartas: Neblina
Cartas: Neblina Como guiada por una voluntad de ocultamiento, la neblina invade la tierra, impregna de vaho los entornos y deja caer un aliento de humedad sobre los cuerpos y caminos. Goza de un carácter escurridizo mientras descolora las fisonomías próximas tornándolas inexistentes. La neblina no codicia grandes alturas; se aviene a confundir la visión que puede tenerse de calles y senderos. Pareciera obedecer una decisión de asir cuanto halla a su paso. Las nubes, en cambio, surcan el cielo, se desplazan transformándose en paisaje que cambia sin conocer de sosiego. De su patente actividad de atrapar lo sólido y de tornar inciertos los espacios, la neblina se nombra vaguada, en la costa. Salida del mar, como un reflujo de las olas, esparce el olor marítimo y no se priva de desrealizar las extensiones de la tierra invadidas por su aérea y tupida marea. Nada quiere saber del sol. Quedaría en nada su hechicero poderío si el astro dispensara luz potente con que expande horizontes y alienta los ánimos. La neblina es sinuosa, serpentina, entrometida. Posee un no sé qué de pase mágico.
Tal vez en la imaginación infantil se detiene en pormenor de cuentos y leyendas, porque su levedad es maleable como las presencias transformadas, en un pestañeo, en insólitas envergaduras; o bien, dejan patente un vacío clamor de ausencias. Propicia a la blandura y al desvarío, la neblina infiltra los espacios y se identifica con geografías desmembradas. Islas y archipiélagos le son adictos, así también JUAN ANTONIO MASSONE las magnas extensiones de los desiertos de nuestro país. La camanchaca es agua en el aire. Ingresa de noche y el amanecer ya la encuentra instalada sin atenuantes. El sur de Chile, los fiordos noruegos y las islas británicas la cuentan entre sus elementos más asiduos. La literatura evoca ambientes neblinosos. Es difícil imaginar la comisión de algunos crímenes y de la posterior investigación policial sin la atmósfera densa de un clima tan cómplice y propio como lo es la neblina de Londres. Sherlock Holmes y Watson quedan obligados a contar con ella durante las pesquisas del caso.
Tampoco es impropio asociar la neblina a la tosca e invernal ruralidad medieval. ¡Qué ámbitos más gélidos los de un severo palacio de entonces! ¡ Y el de las chozas campesinas! Imaginar aquello es morir de frío. Peligro de lo súbito y espacios desvaídos establecen un compromiso amenazante. Eso de perderse entre la niebla es asunto de embarcaciones. O de impensado aparecer, como El Caleuche, émulo de El holandés errante. La neblina comunica inconsistencia, un juego de equivocaciones u ocultamiento de algún peligro de dramática traducción en los hechos. En cuanto se despeje, decimos cuando carecemos de luz suficiente para ver el mundo y asegurar donde ponemos nuestros pies. Sí; hay tantos días en los que necesitamos traspasar la niebla..