Ademar Marcial Rivera: una segunda oportunidad de vida y un agradecimiento desde el corazón
Ademar Marcial Rivera: una segunda oportunidad de vida y un agradecimiento desde el corazón or más de tres décadas, Ademar Marcial Rivera Araya ha sido un rostro familiar en Copiapó. Serenense de P nacimiento, pero copiapino por adopción, lleva 35 años radicado en la capital de Atacama, donde es ampliamente conocido como comerciante del sector Infante con Vallejo, frente a la vía escolar. Para muchos vecinos, simplemente "el Pelado Serenense", el hombre de la botillería que siempre estuvo ahí, firme, trabajando. Sin embargo, la vida lo puso a prueba en más de una ocasión, llevándolo literalmente al borde de la muerte. El primer golpe llegó en octubre de 2011. Un infarto severo lo dejó en riesgo vital y lo mantuvo internado en la Clínica Atacama, donde el pronóstico no era alentador. "Las posibilidades de salvarme eran muy pocas", recuerda. Ante la gravedad del cuadro, fue derivado a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Copiapó, donde finalmente logró salir adelante tras un largo proceso de recuperación. En julio del año pasado, un segundo infarto volvió a estremecer su vida y la de su familia.
Esta vez fue trasladado directamente al Hospital Regional de Copiapó y, dada la complejidad de su estado, derivado de urgencia al Instituto Nacional del Tórax, en Santiago, ubicado en el sector de Providencia. otspildo o 1i163260 Allí fue sometido a una compleja intervención cardíaca y se le implantó un dispositivo ISD, tecnología que hoy le permite seguir con vida. Actualmente se encuentra monitoreado desde Santiago y a la espera de nuevos controles médicos que definirán su evolución. El diagnóstico es claro: tengo solo el 40% de mi corazón funcionando, el 60% está dañado. Es una insuficiencia cardíaca izquierda", explica con franqueza. Su calidad de vida ha mejorado, aunque con importantes limitaciones: no puede realizar esfuerzos físicos y hoy cuenta con una credencial de discapacidad que le impide seguir trabajando como antes. Para Ademar, sobrevivir no es casualidad. Aunque no está bautizado, profesa la fe cristiana y atribuye su recuperación al poder de la oración. « El 95% de mi familia es cristiana. En 2011 oraron mucho por mí, y Dios respondió. Aquí estoy. Esto es una segunda oportunidad de vida", afirma. Esa convicción lo ha llevado a comprometerse con el trabajo social, especialmente desde la iglesia, ayudando a personas de escasos recursos. "Quizás el Señor me tiene aquí por algo. A veces no escuchamos y la vida nos da un tirón de orejas, a través de un infarto o un accidente", reflexiona. En este camino, el apoyo familiar ha sido fundamental. Su esposa, Vesna Beatriz Rodríguez Dorador, es mencionada con profunda emoción. "Una mujer excelente. Estuvo todo el tiempo a mi lado, desde las 7 de la mañana uname hasta la noche, siquiera sin comer por la preocupación", destaca. Junto a ella, sus hijos Jorge Ignacio (21) y Michael Hans (17), han sido un pilar constante, acompañándolo en cada etapa del proceso. Pero el agradecimiento de Ademar también se extiende al personal de salud. Desde los médicos que lo atendieron en Copiapó -como el cardiólogo Sergio Díaz y el doctor Luis Otillet, quienes gestionaron su rápida derivaciónhasta el equipo completo del Instituto Nacional del Tórax.
Nombra con especial reconocimien to al doctor Altamirano y, sobre todo, a la cirujana Jocelyn Nicolás, quien no solo lo operó con éxito, sino que tuvo un gesto que él jamás olvidará: despedirse personalmente de él y su esposa al momento del alta. "Eso habla de lo humano. Doctores jóvenes, pero con un corazón enorme", relata.
También agradece a enfermeros, guardias y personal auxiliar, como Franco Nicolás, enfermero jefe de la unidad, y otros funcionarios que, según sus palabras, entregaron una atención "impecable". « El hospital fuera por puede verse antiguo, incluso deteriorado, pero el amor y la vocación que hay dentro es impagable", afirma. Ademar decidió hacer público su testimonio no para reclamar, sino para agradecer. "Siempre se destaca lo malo. Yo, desde que me infarte, jamás he tenido una mala atención. Por eso quise venir al diario, para decir gracias", señala.
Su gratitud también alcanza a sus hermanos, amigos de La Serena y Copiapó, a quienes lo conocen como el "Pelado Serenense", y a la Iglesia Cristiana Como en el Cielo, junto a su pastor Elías Núñez, quienes lo acompañaron espiritualmente durante todo el proceso. Hoy, Ademar Marcial Rivera vive con cuidados, con limitaciones, pero también con una profunda certeza: no está solo y tiene una nueva oportunidad para seguir adelante. Una historia de fe, humanidad y agradecimiento que merece ser contada..