Por las barbas coloridas DE SONARGAON
Por las barbas coloridas DE SONARGAON “Guillermo, mañana lo paso a buscar a las nueve al Pan Pacific Hotel. Nos vemos en el lobby”, escribe por WhatsApp el chofer que conseguí por internet. Se llama Kobir y será el encargado de llevarme a la antigua ciudad de Sonargaon.
“Me gustaría arribar a la calle de Panam Nagar temprano, ojalá a eso de las nueve de la mañana, que es cuando abre, y así aprovecho la luz para mis fotos”, le respondo, queriendo adelantar su llegada. “Entonces llegaré a las ocho y media. Mañana es sábado y todas las oficinas públicas estarán cerradas. El trayecto a Sonargaon nos tomará menos de treinta minutos”, replica casi al instante y con convicción. Para mi sorpresa el Toyota Corolla blanco de Kobir llega cinco minutos antes de lo previsto. Por alguna extraña razón, me da confianza que el auto sea japonés. Pero lo que más me alegra tal vez sea que llegue puntual. Esos dos elementos me hacen presumir que con Kobir nos llevaremos bien durante los cuatro días que estaré en Bangladesh. Sonargaon, la excapital del sultanato de Bengala, se ubica a treinta kilómetros de Daca, actual capital de Bangladesh. Alcanzar la carretera N1 que nos llevará al lugar toma una media hora. Es casi imposible describir las calles del centro y su cohabitación abigarrada de peatones, tuctucs, rickshaws, autos, motos, camiones y buses. Todo muy colorido y ruidoso. Los autos lucen grandes parachoques y los vehículos de gran tamaño, sin exceptuar a los colectivos, muestran huellas de choques por todos los costados. Sus pinturas son gruesas y evidencian múltiples capas. Todavía quedan muchos triciclos a pedales, lo que constituye una rareza, ya que en Asia van desapareciendo cada vez más.
El concepto que me aventuraría a usar es “caos funcional”. Si hoy es sábado y las oficinas públicas y colegios están cerrados, no quiero imaginar cómo será el tránsito mañana domingo, primer día hábil de la semana. Acaso sea más interesante dedicarme a fotografiar eso y olvidar la icónica calle de Panam a la que ahora me dirijo. Finalmente, Kobir estaciona casi a las nueve y media en un terreno de tierra, sin letreros y donde otro Corolla, también blanco, se halla parqueado. Le dije que sería bien expedito llegar hasta acá comenta Kobir, y luego indica dónde se compran los boletos. Muchas gracias. Todo muy bien agrego con discreción. Nada gano echándole en cara que tardamos una hora y no los treinta minutos que ayer me anticipó por WhatsApp. Una explicación sobre los efectos que el ángulo de la luz ocasiona en la fotografía, en las sombras largas y en las texturas de las paredes... percibo que acabaría distanciándonos. Un sencillo cordel advierte que para entrar a la calle se debe pagar entrada. La caseta que vende los boletos es pequeña y al interior diviso a un funcionario algo entrado en años, pelo negro, barba naranja e impecable uniforme azul. No es el primero que veo con vellos faciales teñidos de este color tan peculiar y contrastante. Le pregunto TRÁFICO. Caos funcional en Daca: rickshaws, tuctucs, motos y buses comparten las calles. si puedo tomarle una foto y no solo acepta, sino que incluso posa y pide mi teléfono para ver cómo salió. En la ventanilla de cobro, un impreso en papel informa que los ciudadanos locales cancelan quince takas y los extranjeros, cien. Aun cuando las entiendo, no me gustan estas diferencias porque siento que producen una sensación de injusticia. Al menos para mí. En este caso, mayor es mi sorpresa.
El valor de cien takas que debo pagar, al tipo de cambio actual, equivale a menos de un dólar estadounidense, lo que significa que los locales cancelan únicamente diez centavos para traspasar el cordel y caminar por la histórica y fotogénica calle. El hombre pregunta si me gustaría visitar también el Museo de Artes Populares y Artesanías. Dice que al comprar ambas entradas serán tan solo cincuenta takas adicionales. Sí, agrégueme esa entrada le digo, sin saber mucho de qué se trata ni dónde se encuentra ese edificio. La barba naranja me impide decir no. de largo. Es angosta y de tierra. Por ambos lados se erigen casas de dos pisos que recuerdan cierto pasado aristocrático. La mayoría son de ladrillos rojos a la vista, aunque algunas, presumiblemente restauradas hace poco, lucen estuco en sus fachadas. Bastan unos cuantos metros para entender por qué Sonargaon fue capital del sultanato de Bengala, un reino islámico del siglo XIV, independiente de Delhi y que contaba a Calcuta entre sus ciudades. Las construcciones que se mantienen en esta calle hoy abandonada exhiben un ayer glorioso, cuando la urbe era un centro de producción de textiles y puerto fluvial relevante en cuanto a comercio. Todo se mantuvo, dicen, hasta las invasiones del imperio mongol, momento en que Sonargaon fue, por lo demás, un foco de resistencia. Creo ser el único turista occidental a esta hora. El resto son locales, con mayoría de mujeres y familias. Agrego “occidental” porque me cuesta identificar a los extranjeros de India. Los colores de los vestidos, los rostros ovalados con cejas grandes, el cabello casi siempre negro y espeso revelan rasgos comunes. La religión acá por lo común musulmana, tal como allá predomina la hinduista parece casi un accidente. Desde la lejanía cultural, me parece que son más los elementos compartidos que aquellos que los separan. Cuando los británicos dejaron India y se generó la partición en 1947, a alguien se le ocurrió que la religión bastaba. Entonces surgieron Pakistán de Oriente y Pakistán de Occidente. Como si fueran la misma cosa. Como si los 1.600 kilómetros de distancia y un país como India entre ambos poco significaran. Se equivocaron, claro, como tantas veces. Y solo necesitamos caminar un par de cuadras por Panam para notarlo. Bangladesh comparte una historia, una lengua (el bengalí) y una cultura con Calcuta. Ambas fueron parte de Bengala. Nada de eso sucede con Islamabad o Lahore en territorio pakistaní. Salvo la religión, obviamente. Por eso se me antoja casi obvio que se hayan independizado en 1971, dando pie al país que hoy conocemos como Bangladesh. Mientras divago acerca de estas cuestiones, me encamino al Museo de Artes Populares, cuyo ticket compré por las mencionadas cincuenta takas adicionales. En el lugar no pasa demasiado. Solo algunos textiles, tallas de madera y objetos domésticos dispuestos en tres plantas. La museografía es pobre y los espacios mal iluminados, pero resulta fascinante ver a las grandes familias que lo recorren y los jardines que lo rodean. El pasto está cortado y todo limpio. Es un oasis en medio del caos funcional. No hay autos y el nivel de ruido baja. Pienso que las familias vienen buscando paz, no las cerámicas que se exhiben en las vitrinas.
En un modesto y cuadrado lago artificial al costado de algunas casas (muy parecido a esos estanques artificiales rodeados de escalinatas que se encuentran en India), veo a un hombre lavándose los dientes, a una mujer enjuagando ropa y a unos novios tomados de la mano. Me imagino que en este mismo lugar, antaño, los habitantes solían caminar o comerciar. El cuerpo de agua serviría como una extensión de los hogares.
Después de recorrer el museo y tomar fotos en sus jardines, donde aparecieron dos barbudos más con tinte rojizo, regreso al vehículo que me espera. ¿Por qué los hombres se tiñen de naranja sus barbas y cabellos? pregunto a Kobir. Para ocultar sus canas, disimular el gris y verse más jóvenes responde. Ahora entiendo por qué todos los que vi eran mayores. No sabía que ustedes eran tan vanidosos replico entre risas. Kobir no entiende mi sentido del humor. Me sucede habitualmente en este continente cuando intento distender una conversación con una frase un tanto irónica. He llegado a la conclusión de que nos reímos distinto en cada cara del mundo. Lo hacen por costumbre, usando henna, una pasta vegetal que es muy barata. El Profeta lo autoriza me explica. Entiendo que no es solo una cuestión de coquetería, sino también de devoción. Un asunto religioso bastante único, que al menos yo no había visto antes en otros lugares del mundo musulmán. Sea como sea, lo único claro es que el tema a nadie le llama la atención particularmente. Enseguida vamos a un hotel que tiene los vidrios polarizados, y almorzamos unos pollos con curry picante, aunque el que ordené decía expresamente no hot. Tengo hambre y todo se resuelve con una Coca-Cola y respetando mi máxima de mantenerme flexible. Visitamos posteriormente el puerto fluvial, desde donde me figuro salían los barcos cargados de textiles ARERREHAILATAN Panam debe tener entre cinco y siete cuadras. En Bangladesh, la antigua ciudad de Sonargaon, alguna vez capital de un sultanato, es un hito donde el turismo extranjero parece todavía escasear y los locales se muestran tal cual, sin tratar de atraerlos. Y así es como nos sorprendemos por los pelos y barbas teñidos de color naranjo, y las huellas de una larga historia de conflictos y reconciliaciones. TEXTO Y FOTOS: Guillermo García, DESDE BANGLADESH. PANAM NAGAR. Un hombre lava sus dientes en este lago artificial. Es la vida diaria de Sonargaon. MARCO. En el umbral de una casa histórica, entre muros centenarios, la vida cotidiana se abre paso. COLOR. La henna tiñe barbas y cabellos: una costumbre local que mezcla estética y devoción. MERCADO. Un vendedor se prepara para llevar una carga de mercadería sobre su cabeza. que hicieron grande a Sonargaon. Imagino las guerras con los mogoles y con el Imperio británico ocupando las riberas. Le pido a Kobir que negocie con un capitán para dar una vuelta en alguno de los botecitos a motor. Lo veo hablando flanqueado por muchas personas. Me indica que subamos. El capitán es fornido, de cara dura y barba negra frondosa: no entiende mucho qué debe hacer o adónde ir. Demos unas vueltas por el río hacia abajo o hacia arriba, y no se aleje mucho de la orilla le digo, pensando en tomar buenas fotos del borde. Tras casi una hora sobre la embarcación una hora que, siendo francos, se torna algo monótona, ofrece llevarnos a recorrer un islote donde vive con su familia. Por supuesto. Me encantaría respondo y veo la cara de Kobir alegrarse genuinamente por primera vez. En su casa nos sirve chai (té con leche) en unos vasos metálicos. La infusión se siente especiada. Percibo, aunque nunca he tenido paladar, el cardamomo, el jengibre y la canela. Todo esto me recuerda tanto a India y tan poco a Pakistán. La tarde se escapa con rapidez. Todo fluye. Los niños corren por las callejuelas de este islote donde habitan apenas cien familias. Se les ve alegres, risueños y en comunidad. Me pregunto si irán al colegio y cómo lo harán. Imposible no pensar en mis hijos y lo afortunados que son. Cuánto marca el dónde se nace, y cómo influye. Qué injusto es el mundo. Al regreso le digo a Kobir que mañana domingo, cuando abran los bancos, me gustaría ir a uno para comprar un fajo de billetes de dos takas. Son el papel moneda de menor denominación. Hacerse de un fajo precintado de cien, por menos de dos dólares, me parece fantástico.
Un objeto en sí mismo, que no será el primero y espero tampoco el último que atesore mi biblioteca viajera. ¿Para qué quiere un fajo de esos billetes? me pregunta con un tono y una mirada que dice, sin decirlo, “usted no los necesita”. Me gustaría llevarlos de recuerdo. Tengo un compañero de trabajo que colecciona billetes y le servirán para intercambiarlos miento. A veces son más sencillas y creíbles las respuestas que involucran a otros. La verdad sería más compleja de argumentar y menos entendible aún que las ventajas de la luz matutina para mis fotos. No es necesario, podemos ir hoy dice escuetamente y sin emitir opinión. Creí que hoy sábado los bancos estaban cerrados, igual que las oficinas públicas le digo. Los bancos están cerrados, pero podemos comprar billetes en la calle. Sucede que yo quiero el fajo nuevo, sin uso. No quiero billetes usados. No se preocupe, los vendedores ambulantes los venden nuevos y sellados. Además, así usted se evita la fila. El sobreprecio es muy bajo. Fantástico entonces. Vamos para allá. El vendedor está literalmente en la calle. Tiene un pequeño escritorio en la vereda con los fajos sobre la mesa. Son trescientas takas por paquete de dos takas, me señala tomando un fajo. Mi cálculo matemático indica que su margen es del cincuenta por ciento, pero llevado de nuevo a dólares son algo así como ochenta centavos. Deme dos fajos de dos takas y otros dos fajos de cinco le pido. Por fortuna, Kobir se ha quedado en el auto y no tendré que explicarle que al final compré cuatrocientos. En ambos tipos de billetes, uno verde con naranja y el otro morado, está el rostro del sheikh Mujibur Rahman, más conocido como Bangabandhu (“amigo de Bengala”), que fue el primer Presidente de Bangladesh.
La historia que leo después dice que ganó las elecciones de 1970 del entonces denominado Pakistán Oriental y que esos comicios no fueron aceptados, dando inicio a protestas, represión y muertos, todo lo cual desencadenó el proceso de independencia y posterior nacimiento del país.
Bangabandhu es el equivalente a Jawaharlal Nehru en la India, aunque sin el característico gorro blanco del hindú y con un rostro más ancho, de bigote espeso y unos anteojos de marco grueso que me encantaría sumar a mi colección. Lo veo además en el billete con canas grises y, por desgracia para él, ya sin posibilidad de seguir las supuestas enseñanzas del Profeta en cuanto al uso de la henna. Al hotel regreso exhausto, pero contento con los fajos y las fotos. Para ser segundo día en el país, debo decir que estoy encantado. Y sorprendido, lo que cuando uno viaja se agradece. Y mucho. D. RICKSHAW. Transporte a pedal y barbas coloridas, un buen resumen del día a día local. ATESTADO. Viaje a cualquier precio: un bus desbordado, con pasajeros aferrados a la entrada. VEREDAS. Caminar también es navegar el ruido: el pulso urbano se mide mejor a pie. MEGHNA. Una lancha avanza por este río que bordea Sonargaon y enlaza con los islotes del delta. PANAM NAGAR. Bajo uno de los portales de esta famosa calle, Delia, la hija del autor. RUINAS. Panam Nagar, una calle entera de casas señoriales abandonadas, hoy recorrida por locales. MEGHNA. Una lancha avanza por este río que bordea Sonargaon y enlaza con los islotes del delta.