Autor: POR ESTELA CABEZAS FOTO SERGIO ALFONSO LÓPEZ
“No podemos convertir la escuela en un espacio de control policial”
“No podemos convertir la escuela en un espacio de control policial” ¿ Qué le pareció la respuesta del Papa a Trump? Cristián del Campo, sacerdote jesuita, ingeniero comercial de la Universidad Católica, con un MBA del Boston College, donde también cursó un Máster Canónico, y rector de la Universidad Alberto Hurtado, responde corto y claro: Impecable. Habló por millones. Dice que no están los tiempos para que los sacerdotes evadan ningún tema. Por su trabajo, usted comparte con muchos jóvenes.
Con su experiencia, ¿por qué cree que están pasando hechos como el del estudiante de Calama que mató a una inspectora, o lo que se vio después, jóvenes que inventan que va a haber un tiroteo en su colegio para perder clases? Conviene separar las cosas. Lo de Calama es un caso extremo: un joven con un diagnóstico severo de salud mental, aislado, que planificó un ataque durante meses. Hubo señales que no se leyeron o que el sistema no supo atender. Es un fracaso colectivo. Las amenazas falsas son otro fenómeno: imitación, viralización, adolescentes que no dimensionan lo que significa paralizar un colegio o una universidad con un mensaje. Pero ambas situaciones comparten un contexto: jóvenes que crecieron en pandemia, con vínculos debilitados y un sistema de salud mental francamente insuficiente.
Muchas redes de contención se han desarmado y ahora no podemos esperar que un colegio resuelva solo lo que es un problema de toda la sociedad. ¿Qué opina de los cambios que está proponiendo el Gobierno: pórticos en los colegios, poder revisarles la mochila? Hay medidas que pueden ser de ayuda para promover espacios más seguros para todos. Pero no podemos convertir la escuela en un espacio de control policial, porque tiene un costo educativo que no es menor.
A partir de lo que pasó con la ministra Ximena Lincolao, ¿es partidario de cancelarles la matrícula a esos alumnos? Las universidades tenemos reglamentos y debido proceso, y por esa vía se determina qué corresponde en cada caso. Si la investigación acredita incumplimientos graves a esos reglamentos, la expulsión es una sanción posible. ¿Y quitarles la gratuidad? Es una discusión compleja. Aunque pueda haber razones legítimas para considerarlo, hay más para ser cautelosos.
No solo me parece una medida compleja de implementar en la práctica, sino que usar la gratuidad como sanción disciplinaria mezcla una lógica punitiva con una lógica de política pública, que aspira a que el origen socioeconómico no determine el acceso a la educación. ¿Qué cree que les pasa a esos estudiantes que consideran legítimos esos niveles de violencia? Seguramente, por varios factores. Por la agresividad ambiental que se internaliza desde las redes sociales, los barrios tomados por la violencia o los entornos familiares dañados. También, en muchos jóvenes puede existir frustración y rabia por enfrentar, desde niños, oportunidades escandalosamente desiguales.
Esa discriminación también se internaliza y se expresa en resistencia y rechazo al otro. ¿Cree que hay alguna responsabilidad en los adultos porque han relativizado la violencia? Durante demasiado tiempo se han tolerado formas de violencia según quien las ejerce y quien las sufre, y hemos normalizado en el discurso público la hostilidad como forma de debatir. Su discurso ha sido muy comprensivo con los jóvenes. ¿No cree que hay un problema de límites? Los límites son necesarios, no cabe duda. Pero cuando el límite se transforma en lo único que ofrecemos, dejamos de educar y empezamos a vigilar. Muchos jóvenes llegan a la universidad sin haber experimentado formas de autoridad claras y CRISTIÁN DEL CAMPO: verdaderamente adultas, que hayan enseñado con cariño sobre la importancia de los límites. En la UAH intentamos eso: acoger y, al mismo tiempo, ser exigentes. Los estudiantes agradecen la exigencia cuando perciben que viene de alguien que los conoce y se preocupa por ellos. Cristián del Campo es hijo de la cantante Gloria Simonetti. A los 23 años entró a la Compañía de Jesús. Dice que sintió “el llamado” a mediados de su último año de universidad.
Se decidió al año siguiente. ¿Y ha tenido crisis? He tenido momentos más difíciles, por supuesto. ¿Uno de ellos fue cuando se enteró de lo de Renato Poblete? Usted era provincial de los jesuitas en esa época. Ese caso me impactó, fue fuerte, costoso de llevar, una gran decepción, mucha impotencia.
Significó además mucho cansancio, pero nunca una duda vocacional, porque también me tocaba ver la cantidad de cosas maravillosas que la Compañía hacía. ¿Cuándo lo supo lo creyó inmediatamente? Tenía mucha experiencia de otros casos y lo primero fue hacer un examen mío con un par de asesores. Luego le encargamos a alguien externo que lo viera.
La investigación se hizo, se entregaron los resultados y hay cosas que la investigación pudo comprobar y otras cosas que no. ¿Usted conoció a Renato Poblete? Viví con él en esta casa dos años, de hecho. ¿Y qué impresión le daba? Nada, un tipo muy simpático, muy agradable. ¿Nunca vio nada sospechoso? Jamás. En el caso de Felipe Berríos, los jesuitas fueron incluso más duros que el propio Vaticano. ¿Por qué? Eso lo explicó el Provincial, yo no conozco el caso en detalle. Cuando leyó la carta de alegato de Felipe Berríos, ¿qué sintió? No me sorprendió porque ha habido una disputa entre la visión de Felipe y la de la Compañía respecto de ciertos puntos.
Es una lástima que no se haya podido resolver de otra manera, pero para eso hay muchos otros factores entremedio, las decisiones de la investigación, del tribunal, la postura de cada uno, cómo interpreta ciertas cosas, las decisiones que se toman. Miles de cosas. Algunos piensan que la forma de ser de Berríos complicaba a la Compañía. No comparto esa opinión.
Sinceramente, a mí no me incomodaba, o sea, a veces decía cosas que pueden haber sido más puntudas, incendiarias, pero creo que hacía mucho bien en muchos sentidos, que removía corazones y que también nos ayudaba a tener una perspectiva muy distinta.
Otras veces, me parecía que eran opiniones en las que se le pasaba la mano y esas dos cosas convivían. ¿Cuál fue el primer caso de abusos en la Compañía del que se enteró? ¿ Fue el de José Miguel Leturia? No voy a entrar en eso, la Compañía ha dicho todo públicamente en sus comunicados. El cardenal Fernando Chomali dijo que lo peor que había pasado en la Iglesia fue que se habían sumido en el silencio con los casos de abuso. Usted no coincide con eso. Coincido totalmente con eso y por eso la Compañía y la Iglesia han aprendido a hablar y a hablar oficialmente. Pero también creo que hay canales y canales, y la Compañía ha hablado de estas situaciones, ha dado sus opiniones y esas son las opiniones que valen. Yo creo que lo que dice el cardenal Chomali está muy bien, ha hecho una gran labor en ese sentido. Cuando empezaron a estallar uno tras otro los casos de abuso, ¿le dio vergüenza ser cura? No, no me dio vergüenza, pero sí sentí la mirada y la crítica y la sospecha mucho más evidentemente. Y eso es un peso. Obvio que sí ¿ Le ha costado mucho ser sacerdote en los últimos años? Creo que las cuestiones han cambiado en el último tiempo.
Pero si me hubieras preguntado eso a fines de la década pasada, en 2019, esos años más críticos, era un ambiente que estaba muy cargado, y lo que se decía en las redes sociales, y eso uno lo absorbe todo el rato. Cristián del Campo dice que hoy el acercamiento con la Iglesia es distinto. De hecho, piensa que si bien no hay un revival con la religión, si ha visto en los últimos años que “hay brotes verdes”. ¿Dónde? ¿ Cómo? Pospandemia, lo he visto un poco más claro.
Es un interés más general por lo espiritual, un deseo de conversar más del tema, una mayor presencia en las celebraciones que uno hace, en el mayor número de estudiantes de nuestra universidad que se confirman. Hay una serie de señales de un mayor anhelo de recuperar algo que se nos había perdido. Y eso da mucha esperanza de que lo religioso y lo espiritual que hay en el ser humano es algo muy estructural, muy existencial y muy medular a la experiencia humana.
Hace un tiempo, su universidad tuvo un caso de un supuesto abuso de un profesor a una alumna. ¿En qué va eso? A nivel de lo que la persona denunciante presentó en los tribunales, supongo que el caso todavía no se ha archivado y nosotros no vamos a sacar nada hasta que no se resuelva lo otro.
Sus estudiantes hicieron varias protestas por este caso. ¿Cómo ve usted a los jóvenes de su universidad? Tratamos de que sea un lugar muy acogedor, donde los alumnos se sientan que esto no es una universidad gigante donde se van a perder.
Queremos que sientan que aquí los acogemos, los conocemos, los queremos acompañar. ¿Cuáles cree que son las penas de esta juventud? Más que una pena, es la incertidumbre, y eso le añade algo de angustia a lo que viene y hay como penas que tienen que ver con el mundo en que vivimos. Se detiene y luego dice: Yo creo que nosotros no teníamos tanta pregunta por lo que venía, porque nuestra época fue distinta, se había recuperado la democracia, el país crecía, había cierto consenso político. Las cuestiones han cambiado harto.
El péndulo se ha ido yendo más hacia los extremos; la situación económica no es tan buena como lo era en un país que crecía mucho más, no te voy a decir que vivíamos en un mundo en paz, pero tampoco teníamos el acceso a la información en tiempo real que tenemos ahora, y ahora sabemos que están tirando una bomba en Irán o están tirando una bomba no sé dónde.
Y que el calentamiento global y que la inteligencia artificial me va a reemplazar. ¿Le ha costado ponerse a tono con esta juventud que se declara mayoritariamente atea? ¿ O que una de sus mayores preocupaciones es, por ejemplo, el tema identitario? Hay una dimensión que sí, porque evidentemente son códigos distintos a los de mi generación, que es una generación más tradicional y por otro lado, lo encuentro interesante porque te desafía a cuestionarte cosas también. ¿Qué cosas se ha cuestionado? Desde cosas muy fundamentales, como el tema de los nuevos géneros, en el sentido de que es un cuestionamiento de cómo nos hemos entendido hasta ahora. No es que vaya a cambiar mi opinión, pero lo que me dicen me cuestiona intelectualmente. Los jesuitas siempre han sido bien políticos. Pensando en eso, ¿es más difícil ser jesuita en el gobierno de Gabriel Boric o en el de José Antonio Kast? Cristián del Campo se ríe. No tengo idea, depende de qué jesuita. Para mí no ha sido más difícil un gobierno que otro. Además, no tengo idea cómo va a ser el gobierno de Kast.
Según su programa Espero que le vaya bien en lo que le vaya a hacer bien a Chile, pero hay ciertas cosas con las que estoy en desacuerdo, evidentemente, pero también como estaba en desacuerdo con el gobierno de Boric, con cosas que planteaban. Y en los momentos en que tengamos que hablar, sea institucionalmente como universidad, sea yo personalmente como jesuita, lo vamos a hacer, como lo hemos hecho siempre.
“Usar la gratuidad como sanción disciplinaria mezcla una lógica punitiva con una lógica de política pública, que aspira a que el origen socioeconómico no determine el acceso a la educación”. Autor: POR ESTELA CABEZAS FOTO SERGIO ALFONSO LÓPEZ. Sacerdote jesuita y, desde hace dos años, rector de la Universidad Alberto Hurtado, reflexiona aquí sobre la violencia en escuelas y universidades y cómo abordarla. “Los límites son necesarios, no cabe duda. Pero cuando el límite se transforma en lo único que ofrecemos, dejamos de educar y empezamos a vigilar”, afirma. También habla de los abusos en la Iglesia, y cuenta que ha observado “brotes verdes” que le dan esperanza de un nuevo interés por lo espiritual. “Usar la gratuidad como sanción disciplinaria mezcla una lógica punitiva con una lógica de política pública, que aspira a que el origen socioeconómico no determine el acceso a la educación”.