Autor: Patricia Sanzana Cárdenas, abogada ancuditana
Columnas de Opinión: Cuestionando a la tómbola: la punta del iceberg
Columnas de Opinión: Cuestionando a la tómbola: la punta del iceberg El colapso, las fallas y el malestar en torno al Sistema de Admisión Escolar (SAE) no son un fenómeno aislado; son un síntoma y un catalizador de la crisis generalizada que atraviesa la educación pública en Chile. El sistema de admisión se ha transformado en una caja de resonancia que evidencia las deficiencias estructurales que ya venían golpeando a nuestro sistema educativo.
De hecho, la paradoja chilena demuestra que inyectar recursos de forma sistemática como ha venido ocurriendo en los últimos 15 años a través de la Subvención Escolar Preferencial (SEP) y cambiar la orgánica institucional con los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP) no han sido soluciones mágicas.
En efecto, el algoritmo centralizado del SAE expuso una realidad brutal: las familias chilenas no quieren la educación pública tradicional gestionada por los municipios o los SLEP y cuando se eliminó la selección y el copago, la gran mayoría de las familias corrió a postular a los colegios particulares subvencionados de buen desempeño y a los pocos emblemáticos que mantuvieron su alto estándar. Al haber miles de postulantes para un puñado de colegios con buena reputación, el sistema se vio obligado a usar el azar para desempatar.
El SAE no inventó la falta de cupos en los colegios de excelencia; simplemente desnudó el hecho de que el Estado chileno es incapaz de garantizar que una escuela pública de barrio sea tan atractiva y segura como el colegio del centro, y visibilizó un problema incluso más profundo la masiva deserción de la clase media desde la educación pública, porque la promesa de movilidad social en esos espacios públicos ya no era real.
Para muchas familias, el sistema de admisión actual se percibe como una trampa: si el azar te asigna un colegio público con problemas de convivencia o infraestructura deficiente, la normativa del sistema hace que sea extremadamente difícil salir de ahí. El SAE terminó amarrando a miles de estudiantes a una educación pública en crisis, eliminando la meritocracia como la vía de escape que las familias solían utilizar. En este contexto, los problemas que han mostrado los SLEP y la crisis del SAE comparten el mismo ADN: la excesiva confianza en la burocracia centralizada por sobre la realidad humana y local.
Al igual que un director de colegio atrapado en la burocracia de los SLEP para arreglar un baño o desratizar una sala de clases, las familias que quedan en las listas de espera o en el período complementario de la tómbola entran en un limbo administrativo de meses. Esta desconexión entre la urgencia de saber dónde va a estudiar tu hijo y la frialdad del algoritmo es el reflejo perfecto de la crisis de gestión del Estado chileno.
En definitiva, el sistema de admisión es el síntoma, no la enfermedad; qué duda cabe que se debe incorporar criterios de selección más específicos, pero ya sea cambiando el algoritmo por un sistema de notas, por orden de llegada o por cercanía geográfica, la búsqueda de un equilibrio entre la libertad de elección de las familias, la equidad social y la eficiencia del sistema educativo seguirá siendo un desafío pendiente. Autor: Patricia Sanzana Cárdenas, abogada ancuditana. COLUMNA