COLUMNAS DE OPINIÓN: El riesgo geopolítico es riesgo económico
COLUMNAS DE OPINIÓN: El riesgo geopolítico es riesgo económico DE PUÑO Y LETRA En la habitual reunión de primavera del FMI y el Banco Mundial, el shock energético y la guerra han sido temas principales de discusión. El mismo FMI, en su World Economic Outlook, dedica dos de sus tres capítulos analíticos a los efectos económicos del gasto en defensa y de los conflictos armados. En las conferencias organizadas por los principales bancos, la temática geopolítica y geoestratégica ocupó un lugar central. La señal es clara: hoy el escenario global no puede leerse solo desde la lógica del ciclo financiero. El marco habitual de análisis macro en torno a la evolución de tasas de interés, inflación, crecimiento y precios de activos sigue por supuesto siendo indispensable. Pero ha dejado de ser suficiente para entender un mundo en que la geopolítica ya no es telón de fondo y pasó a ser un factor de primer orden. La guerra entre Estados Unidos e Irán ayuda a ilustrarlo.
Por más bienvenido por los mercados el que el camino de la diplomacia sea factible, un alto al fuego más permanente que deje intacta la capacidad iraní de interferir el tránsito por el estrecho de Ormuz no resuelve el problema; simplemente lo congela. Esa amenaza sobre una ruta estratégica es un mecanismo de presión económica con efectos sobre los precios de la energía, el financiamiento comercial y las primas de riesgo soberano en la región. Aceptarla equivale a convivir con una fuente permanente de incertidumbre. Pero intentar removerla por la fuerza también supone costos y riesgos demasiado altos incluso para una potencia militar como EE.UU. Esa dificultad para cerrar el problema alimenta una prima de riesgo persistente.
Luego de un mes y medio de guerra, queda claro que el régimen iraní no solo tiene la disuasión teórica y futura vía el desarrollo de un arma nuclear, sino que cuenta también con una disuasión concreta e inmediata: su capacidad de interferir el tránsito por el Estrecho de Ormuz. La guerra, además, no ocurre en un vacío. Llega sobre una economía mundial que ya venía mostrando tensiones acumuladas.
De no ser por el conflicto en el Golfo, los temas de debate principales en Washington estarían siendo el ajuste de los mercados de crédito privado, y la fuerte concentración del gasto de capital en tecnología e inteligencia artificial, que instala dudas sobre la sostenibilidad de ciertas valorizaciones bursátiles. El mismo FMI advierte que, si la inteligencia artificial no genera retornos acordes con las expectativas que hoy descuentan los mercados, una corrección importante podría tener efectos macroeconómicos relevantes. Si a ello se suma la volatilidad en energía y mayores presiones inflacionarias, el margen de maniobra de la política monetaria para enfrentar un ajuste financiero se estrecha cuando más podría necesitarse flexibilidad. Existen consecuencias de largo plazo también en el efecto del riesgo geopolítico sobre los mercados, más allá del daño duradero en la infraestructura petroquímica del Golfo. Si una potencia regional puede ejercer capacidad de presión sobre un estrecho estratégico aun frente a una fuerza militar muy superior, las implicancias son globales. En el Pacífico occidental, una fracción muy significativa del comercio mundial pasa por los estrechos de Taiwán y Malaca, cuyo acceso suele darse por descontado. Las recientes disputas entre China y Panamá respecto al acceso al canal también muestran este ángulo global. Lo que está en juego en Medio Oriente no es solo el precio del petróleo, sino también una pregunta más amplia: cuán asegurada está realmente la libre circulación por rutas críticas del comercio global. Para Chile, estas implicancias están lejos de ser abstractas. El debate local sigue enfocado en los efectos domésticos del mayor precio de la energía junto a la agenda económica del nuevo gobierno. Pero la inserción comercial de Chile depende en gran medida de Asia y, por esa vía, de la estabilidad de las rutas del Pacífico. Un deterioro sostenido de la seguridad en esos corredores no sería un shock pasajero, sino una alteración estructural del entorno en que opera la economía chilena. El riesgo geopolítico, por tanto, ya no puede seguir tratándose como una perturbación exógena, ocasional y transitoria. Debe ser incorporado al análisis macroeconómico y financiero, particularmente en economías como Chile que han basado su prosperidad y modelo de desarrollo en la integración y el libre comercio. El riesgo geopolítico es riesgo económico PABLO GARCÍA EL DEBATE LOCAL SIGUE ENFOCADO EN LOS EFECTOS DOMÉSTICOS DEL MAYOR PRECIO DE LA ENERGÍA Y LA AGENDA ECONÓMICA DEL NUEVO GOBIERNO. PERO LA INSERCIÓN COMERCIAL DE CHILE DEPENDE EN GRAN MEDIDA DE ASIA Y, POR ESA VÍA, DE LA ESTABILIDAD DE LAS RUTAS DEL PACÍFICO.. - - - - -