Los últimos billetes de PHNOM PENH
Los últimos billetes de PHNOM PENH Bellísima capital de Camboya e ícono de la Indochina francesa, Phnom Penh llegó a estar completamente deshabitada hace cincuenta años. Las tropas del Khmer Rouge, luego de ingresar triunfantes el 17 de abril de 1975, obligaron a la población a evacuar la metrópolis y a desplazarse hacia los campos. Quienes por valentía o ingenuidad se resistieron al mandato de dejar sus hogares fueron fusilados. No eran, como se ve, los mejores tiempos para el diálogo. La orden en ese momento parecía sencilla: tomen una olla, arroz, algo de ropa y caminen hacia el interior. Sin excepción: jóvenes, adultos y ancianos. En las caravanas iban también los enfermos y las embarazadas. Al cabo de una semana la urbe, que otrora acogiera a más de dos millones de personas, lucía por entero despoblada. El éxodo dejaría a Phnom Penh huérfana y en silencio. Así se mantuvo por los largos cuatro años de utopía comunista, que buscaba crear una sociedad agraria maoísta y en la que millones murieron de hambre o ejecutados.
Las plantas recuperaron terreno cubriendo algunos edificios, mientras que en las afueras los camboyanos eran forzados a trabajar en turnos de doce y hasta quince horas diarias, preparando terrenos agrícolas o construyendo canales de regadío o realizando labores de siembra y cosecha. Camboya acabó por transformarse, en pleno siglo XX y a la vista de todas las potencias occidentales, en la mayor cooperativa de esclavos.
Se abolieron los mercados y se proscribió la circulación de billetes y monedas; se expulsó a todos los extranjeros y se ejecutó a monjes budistas y a líderes del régimen anterior; se instalaron comedores comunes y las barracas comunitarias reemplazaron a la apacible vida en familia. Mi primer viaje a esta ciudad lo realicé con apenas veinte años y ahora me sorprendo al darme cuenta de que han transcurrido tres décadas desde aquella vez. El dictador Pol Pot aún estaba vivo, aunque anciano y recluido en Anlong Veng, rincón remoto y áspero del norte en las inmediaciones de la frontera con Tailandia. Algunas calles del centro todavía eran de tierra, no había edificios de altura y en el mercado ruso también llamado Toul Tom Pong el kilo de marihuana costaba veinte dólares. De los componentes que se requerían para hacer un cigarro, era el papel, por lejos, el más costoso. La heroína se transaba en el mismo lugar a solo cincuenta dólares el gramo.
Recuerdo que en uno de los últimos pasillos de ese viejo y caluroso mercado soviético, cerca de la esquina de la calle 163 con la 432, me encontré con un puesto que vendía estampillas, monedas y billetes. Lo atendía una mujer descalza y acuclillada. Era hija de padre chino y madre camboyana. Tras conversar y revisar el material que ofrecía, decidí comprarle un set de billetes de Indochina. Para mí significaba desembolsar toda una fortuna, pues la suma equivalía a cinco o seis días de viaje como mochilero. No tenía cómo saber que esa transacción me marcaría a fuego y sería el inicio de una colección que me trajo muchas veces de regreso a esta capital del Sudeste Asiático.
Ese mismo año, 1997, debí salir en un taxi improvisado junto a los tres amigos que me acompañaban con rumbo a Vietnam, porque la guerra había estallado entre los dos primeros ministros que gobernaban el país: Norodom Ranariddh (hijo del rey Sihanouk) y Hun Sen. El aeropuerto de Pochentong fue bombardeado y Phnom Penh retomó por unos días el viejo hábito de los disparos nocturnos, los puestos militares informales y la incertidumbre. Las avenidas volvieron una vez más a estar vacías y los extranjeros desaparecieron de los hoteles. Quede dicho, no obstante, que los turistas y mochileros usualmente se han saltado esta urbe para dirigirse directo a los míticos templos de Angkor y a las metrópolis de Bangkok y Ho Chi Minh. La asocian más con un pasado trágico que con lo que en realidad ofrece. Se equivocan, sin duda, porque Phnom Penh es harto más que una escala en camino a Siem Reap.
Aquí están los atardeceres melancólicos donde confluye el río Tonle Sap con el Mekong; aquí merodean también los fantasmas de la dura y triste historia reciente: Tuol Sleng (la prisión S-21, hoy convertida en museo) y Choeung Ek (Killing Fields); y por supuesto está la arquitectura francesa y ese pasado colonial en decadencia, y los cafés y la monarquía dorada y ese bello caos de tuk tuks, motos y autos que convierten a Phnom Penh en una de las capitales más humanas, contradictorias y fascinantes de Asia. En una esquina cualquiera pueden verse cruzando dos RollsRoyce, un vendedor de frutas en moto y unos cuantos rickshaws oxidados. Aquí coexisten monjes descalzos, vendedores de rubíes y zafiros y antiguos guerrilleros que visten de seda. Tengo un puñado de respuestas rápidas cuando alguien me pregunta las razones por las cuales debiera parar en Phnom Penh y, de paso, “perder el tiempo” antes de visitar Angkor. Primera respuesta: el Mercado Central (o Psar Thmei) que se levanta como una enorme cúpula art déco amarilla en medio de niños sin zapatos persiguiendo a turistas para venderles postales, collares o pañuelos.
Inaugurado en 1937, fue una obra asombrosamente moderna para su época: hormigón armado, ventilación natural y una estructura radial futurista que en años coloniales se antojaba más cercana a una estación europea de vanguardia que a un laberinto comercial asiático. ¿Quieren otro motivo? El Palacio Real con sus jardines, césped cortado y estupas que en conjunto forman un oasis silencioso en el centro de la ciudad. Se puede visitar su Sala del Trono, utilizada para coronaciones, ceremonias reales y recepciones diplomáticas.
También la célebre Pagoda de Plata, con más de cinco mil baldosas de plata maciza, cada una de alrededor de un kilo, donde reposan el Buda Esmeralda y una impresionante figura de oro incrustada con más de dos mil diamantes.
En Phnom Penh el visitante se siente como en casa: todos agradecen y la bondad de sus habitantes se percibe en el ambiente y, como si eso no bastara, los masajes de pies de una hora siguen costando menos de diez dólares. En cada una de mis visitas posteriores ¡ ya llevo diez! seguí completando el acervo de billetes. Lo hice con meticulosidad, recorriendo sus calles de sol a sombra, accediendo a casas de desconocidos, visitando pueblos fronterizos bajo la lluvia e incluso solicitando audiencias en el Banco Central. A los billetes se fueron sumando estatuillas de Buda. Las primeras, más pequeñas, de metal o piedra, cargadas en mi equipaje; las más grandes, de madera, debieron llegar en barco. En Phnom Penh trabé amistad con monjes budistas, con sobrevivientes, con representantes de ONG y hasta con un agente de la CIA que operaba con una fachada de fotógrafo. Pasé un Año Nuevo occidental junto a la princesa Norodom Sita y su madre, la princesa Norodom Buppha Devi, hermana del actual rey Norodom Sihamoni.
Asistí a las audiencias del tribunal que juzgó a los jerarcas y ahí estuvieron, frente a mis ojos, los mismísimos Ieng Sary (ministro de Relaciones Exteriores de los Jemeres Rojos) y Duch (el siniestro director de la prisión S-21). Recibí una carta del rey Sihanouk y luego lo acompañé en su funeral de Estado en febrero de 2013.
Escribí un libro sobre la tragedia de Kampuchea Democrática, publiqué otro de fotos sobre Phnom Penh junto a mi amigo Héctor Labarca y edité las Crónicas Jemeres del embajador de la Unión Euro-. Esta capital tiene una historia larga, a ratos insólita, pero muchos de los turistas que llegan hoy al país casi se apuran en pasar la ciudad de largo y ni se enteran. Error que un escritor chileno ha evitado cada vez que viene por estos rumbos desde hace tres décadas. TEXTO Y FOTOS: Guillermo García, DESDE CAMBOYA. PALACIO REAL. Permanece como uno de los grandes símbolos (y atractivos turísticos) de la capital. MERCADO CENTRAL. Ícono art déco, fue inaugurado durante el período colonial francés. WAT PHNOM. Según la leyenda, este templo está donde nació la ciudad. ESCENA COTIDIANA. Unos monjes budistas recorren el mercado ruso al amanecer. PASADO. Una esquina cualquiera de Phnom Penh conserva el aire melancólico de la antigua Indochina francesa. MUSEO NACIONAL. Guarda una de las principales colecciones de arte jemer. CAPITAL. Phnom Penh es una ciudad dinámica, desigual, vibrante y hermosa. Los últimos billetes de PHNOM PENH.