LA TENSA NORMALIDAD de un chileno en el Líbano
LA TENSA NORMALIDAD de un chileno en el Líbano RDAB Y NOHTNA “Fue curioso. Todos sabíamos que se venía un ataque, pero no esperábamos que fuera tan pronto”, dice Ignacio Pérez de Arce al teléfono desde Beirut. El agrónomo chileno de 57 años es numerario del Opus Dei y se encuentra en la casa de la Obra en el barrio cristiano de Badaro en la capital libanesa. Desde allí cuenta su experiencia sobre el séptimo conflicto armado entre Israel y Hezbolá, el cuarto que vive en carne propia. Dice que no tiene miedo, que la vida sigue y que, como todos, él se adapta. Pero hay algo más: Ignacio quiere al Líbano. El 2 de marzo despertó con una ráfaga de unos quince bombardeos, uno detrás de otro. “Pero estas explosiones fueron diferentes: la tierra no tembló, el sonido de los misiles fue distinto y tampoco sentí esa presión extraña en el cuerpo que siempre recibes cuando explotan bombas”, relata Ignacio. “Creo que fue un tipo de artefacto diferente. Algo nuevo que pueden estar probando, ¿quién puede saberlo? La gente especula mucho. Pero esto se sintió de otra forma”. Ignacio llegó al Líbano casi por casualidad. Un treintañero Ignacio vivía en la residencia Alborada del Opus Dei en Santiago, cuando la organización le ofreció viajar para ayudar a consolidar su recién estrenada sede en Beirut. “No tenía historia pasada en ese país, ni familiares, ni hablaba el idioma. Solo pensé que mi labor en el Opus Dei la podía hacer en Francia, España, Chile o en cualquier lugar del mundo, por lo que me uní a la aventura”, recuerda. “Ser del Opus Dei para mí es una vocación. Dudo que lo entiendan, pero es la verdad. Mi mamá es de la Obra. A los ocho años empecé a acompañarla en sus actividades.
Lo que más me atraía era poder ayudar a cristianizar el mundo sin ser cura, solo haciendo lo mejor posible mi trabajo (... ) Tuve la suerte de tener muy buenos padres, que siempre quisieron lo mejor para mí. Los buenos padres saben arreglar los dados, para ayudar a sus hijos a tomar buenas decisiones en sus vidas. Y gracias a eso soy feliz”, relata. Ser numerario, continúa, “es decir, soltero y sin compromiso”, facilitó su viaje al Líbano. Así fue como este chileno desembarcó en el aeropuerto de Rafic Hariri de Beirut en enero de 1998, sabiendo muy poco del país, excepto las historias leídas en diarios sobre la guerra civil. “Conseguir trabajo en el área agrícola era muy difícil. Yo no hablaba árabe y me interesaba vivir en Beirut, donde no hay campos”. Cuenta que por un dato llegó a la ONG libanesa ALDEC, dedicada a la promoción del desarrollo y la cultura. Ahí encontró una forma de ganarse la vida, pero a poco andar vio que tampoco le alcanzaba. Como era aficionado a la computación interés que heredó de su padre, vio una oportunidad cuando una empresa informática, ligada a la misma ONG, le ofreció trabajo en esa área. Aprendió de computadoras, de networking y programación. Investigó cómo funcionaban los bancos, los hospitales, las universidades, para poder crear y vender los software que la empresa ofrece a ese tipo de clientes. Si bien cuenta que inicialmente pensó que se “establecería solo por un tiempo en Beirut”, gracias a ese trabajo consiguió la residencia y logró subsistir, por lo que su estadía se fue prolongando. Hoy, casi tres décadas después, y en medio del séptimo conflicto entre Israel y Hezbolá, Ignacio tomó la misma decisión que ha tomado antes: no regresar a Chile. En 2024, de hecho, se quedó en ese país junto a una cantidad ínfima de compatriotas probablemente, no más de diez, mientras otros cincuenta chilenos subían al Boeing 767 de la FACh, para retornar.
Entonces, las hostilidades entre Hezbolá e Israel habían recrudecido llegando hasta Beirut y la treintena de explosiones en el barrio chiita de Dahiyeh selló la decisión para muchos de esos chilenos que vivían en la capital. Ahora, de nuevo el pueblo libanés ha sido arrastrado a una guerra como un rehén perpetuo, por los proiranís de Hezbolá.
La búsqueda de venganza de la milicia, por la muerte del líder supremo iraní Alí Jamenei el último día de febrero, precipitó “un ataque débil de forma casi simbólica en el norte de Israel”, explica Ignacio. La contraofensiva israelí fue inmediata.
Este país de Oriente puede ser complejo de entender para los occidentales: tras 15 años de guerra civil, en 1990, las tres comunidades religiosas más grandes: musulmanes chiitas, musulmanes sunitas y católicos pactaron una forma de reparto del poder que les ha permitido coexistir. “De aquí a la otra esquina te encuentras con otra religión, otra forma de vida, otra cultura”, cuenta Ignacio, para dar contexto a lo que sigue: “Son 18 comunidades religiosas que conviven. Se juntan, pero no se mezclan. Cada cual tiene un líder espiritual que se sigue a rajatabla. Se vive, pero sin mezclarse mucho”, cuenta Ignacio. “Aquí la gente se preocupa por su comunidad y, lo que pase afuera de ella, le da exactamente lo mismo (... ) Tampoco hay verdadera política. La oposición vigilante no existe, el presidente se escoge a puertas cerradas y es una marioneta de todos los demás partidos, la corrupción está institucionalizada. Aquí no hay cartas al director, nadie sale a la calle a protestar y no hay huelgas”, afirma. Ignacio ve que el Líbano y sus casi seis millones de habitantes son un “país a la deriva”. “Hay cosas que son rarísimas y algunas divertidas a las que uno se acostumbra. Por ejemplo, hasta hace poco no había semáforos.
Acá nadie respeta el sentido de las calles, ¡ni siquiera la policía! Tres cuartos de las luces de la ciudad no funcionan y estacionar en segunda fila o tapar la entrada de autos de una casa es de lo más común”. “La calle es un caos total (... ) Hay partes donde las veredas no existen y la basura se acumula por todos lados. Parece que aquí, mientras menos gobierno hay, es mejor”, dice y ejemplifica con una anécdota: “En 2024 no pude renovar mi permiso laboral, ni el de residencia, porque el Ministerio del Trabajo no estaba trabajando. Y te cuento que el año anterior me pasaron un papel escrito a mano y firmado por cualquiera como permiso. El jueves 5 de marzo se desató el pánico.
Ocurrió una situación inédita: por primera vez Israel ordenó una evacuación forzada de todos los barrios chiitas como Dahiyeh, Bachoura, Ghobeiry, Haret, entre otros comunas donde viven habitualmente los miembros de Hezbolá, “porque lo iban a arrasar todo”, cuenta Ignacio. La advertencia que recibieron fue: “Salven sus vidas y evacuen sus residencias”. “Cuando se dio el aviso, todos salieron corriendo de los suburbios del sur de Beirut, los supermercados fueron arrasados. Esperábamos lo peor. Nunca Israel había ordenado un desalojo de esa magnitud. La gente se desplazó y las calles se colapsaron. FamiECRAEDZERÉPOICANGIAZELITNEG lias caminaban con sus niños y bolsas de ropa. Buscando donde sentirse seguros, muchos se refugiaron en colegios”, relata. A las dos de la tarde se dio el anuncio y a las tres de la madrugada comenzaron los bombardeos. “Yo estaba con un cliente en Hamra, así que me devolví a la casa en Badaro.
Aún así, los que estábamos en la residencia preferimos pasar la noche en otra zona que nos pareció más segura”. “El sábado 7 de marzo, también se había anunciado una fuerte ofensiva, pero no pasó mucho. Así como la destrucción anunciada para el jueves tampoco fue tal”, relata. “Bombardearon, pero no arrasaron con todo. Es que el barrio chiita es muy grande”, precisa. “Este año el ojo del huracán está puesto en Irán, no en el Líbano. Nosotros somos daño colateral, porque tenemos a Hezbolá como aliado y súbdito de Irán.
La sensación de la gente aquí es que esto va para largo. ¿Cuánto durará? No sabemos”. Ignacio insiste en que, tal como en 2024, los ataques de Israel son muy selectivos y precisos a infraestructura crítica de un muy debilitado Hezbolá y dirigidos a personas con nombres y apellidos. E incluso cree que es el menor de los conflictos que él ha vivido allá: “No es ni de cerca a lo del año pasado. No se siente como una guerra. Pasa que la prensa muestra lo peor y lo magnifica”. En conversación con “Sábado” en 2024, Ignacio relataba: “No voy a entrar en la psicosis de la guerra. Voy a vivir mi vida en forma normal y no me quedaré en la casa encerrado. Si me va a caer una bomba, bueno, me va a caer en cualquier lado”. Esa mentalidad se mantiene hasta hoy. De hecho, Ignacio sigue caminando diariamente a su trabajo, trayecto que le toma unos veinte ECRAEDZERÉPOICANGIAZELITNEG minutos. “Esto es anormal, pero para nosotros es muy normal. O sea, todo puede pasar. El día de los primeros ataques se cerraron los colegios, al otro día las universidades, los vuelos se cancelaron y se empezó a trabajar de forma remota”, describe.
En la residencia Opus Dei, donde comparte con compañeros de varias nacionalidades, cuenta que su compañero francés tomó el avión a su país por miedo a que cerraran el aeropuerto y quedar atrapado en el Líbano. Otro compañero que estaba en una zona rural visitando a su familia prefirió no volver y uno quedó en estado de shock después del primer ataque. Ignacio se lo toma con calma. “Debo decir que no veo noticias y no veo redes. Leo lo necesario, pero no estoy todo el día online siguiendo en tiempo real cada cosa que pasa.
Eso es lo que te come el coco”. Pero reconoce que, sin embargo, no baja la guardia: “Cualquier ruido que escuchas te pone atento: una moto, un auto, una puerta que se cierra, un golpe, alguien que arrastra un contenedor de basura por la calle, en fin.
Son cinco segundos con la oreja prendida, en que tratas de dilucidar qué es ese ruido: ¿ una bomba?, ¿está cerca?, ¿está lejos? Por lo general, solo son ruidos normales de la calle, pero esos cinco segundos se hacen eternos”. Ignacio recuerda que en 2006 “Israel destruyó el aeropuerto de Beirut, prácticamente todos los puentes de el Líbano y bloquearon el puerto”, que da al mar Mediterráneo. “No teníamos bencina, por lo tanto no teníamos luz, ni refrigeración. Aquí no existe una red de distribución eléctrica. Cada edificio genera su luz con combustible”. En esa oportunidad asegura se sentía un miedo generalizado, porque cualquiera podía ser blanco de un bombardeo. “Tenías miedo del cielo, pero no de quién pudiera ser tu vecino”. En 2024, el objetivo era Hezbolá, y ahora también. Aunque esta vez hay algo nuevo: “Gente importante de Irán se ha venido a refugiar al Líbano. Israel lo sabe y los está eliminando (... ) Entonces, la gente tiene miedo de que un iraní de alto rango se esté alojando en su edificio o esté en el mismo hotel. Enseguida se empiezan a pasar la voz.
Sucede que los ataques a personas de interés no se avisan, se hacen y los civiles que nada tienen que ver con Hezbolá o Irán se tragan la bomba”. Y aunque en el Líbano no existe un “sistema de alerta temprana” de bombardeos, ni sirenas que los anuncien, Israel siempre da a conocer cuándo y dónde va a destruir infraestructura.
“¿Por qué crees que hay grabaciones de los misiles justo cuando impactan los edificios? Quince minutos antes de los ataques nos llegan mensajes por WhatsApp provenientes de cadenas de noticias o grupos (de canales de mensajería) que alertan: tal construcción o tal zona va a ser bombardeada, junto a una imagen satelital con el blanco marcado en rojo (... ) En esos momentos, sales con lo puesto y te pones a resguardo.
Por lo general, esas construcciones son depósitos de armas o de dinero de la milicia”. Eso ocurrió el pasado 9 de marzo, cuando fueron destruidas doce sucursales del banco de Hezbolá, institución de su propiedad desde donde mueven sus recursos. Según informaciones de prensa al cierre de esta edición, son casi un millón las personas las desplazadas desde el sur del Líbano y desde los suburbios de Beirut, barrios bastiones de Hezbolá. Ignacio ha visto que muchos están albergados en colegios, también en el estadio Camille Chamoun, y ha observado carpas instaladas en el paseo marítimo de Raouché, donde él suele ir a hacer deporte.
Esta costanera que mira al mar Mediterráneo, y es el lugar preferido de los libaneses para pescar y pasear, fue alcanzada por un cohete el 16 de marzo, donde murieron ocho desplazados y quedaron más de 30 heridos. Ignacio reflexiona: “Cuando vives en guerra aprendes que no se puede evaluar la fuerza de los bombardeos. Uno chico puede ser muy grande si cayó en tu cabeza. Y lo contrario también es válido”. Y continúa: “Ahora somos tres en la casa. Vivimos al día. Para mí no hay ninguna razón para sentirme en peligro, no way. Uno de mis compañeros se fue a esquiar (la semana pasada) con seis amigos a Faraya, y nos contó que estaba lleno. Es decir, no estamos en búnkeres o encerrados en un subterráneo. La gente sale, camina, va de compras, hace su vida”. El dron de reconocimiento israelí que sobrevolaba los cielos en 2024 sigue dando vueltas día y noche por Beirut, asegura Ignacio. Se desplaza lento y mete un zumbido que es imposible de obviar: “Yo creo que lo hacen sonar de adrede para que todos sepamos que está ahí, vigilante”, precisa. “El Líbano no tiene fuerza aérea ni tampoco defensa antiaérea. Si no, al dron lo hubieran bajado en dos segundos. Son de esas cosas a las que te acostumbras, porque nadie puede hacer nada”. Ignacio asegura que su relación con Chile permanece intacta.
Cada domingo, llama a sus padres: “Están tranquilos-nerviosos, pero les digo que no les presten atención a las noticias, porque si no, parece que aquí fuera el fin del mundo”. A través de un grupo de mensajería, comparte con su familia las últimas novedades desde un Líbano caótico y multiconfesional. “Si me hubiera sentido en algún minuto en peligro inminente, tal vez, me hubiera ido a otro lugar del Líbano. Al norte, probablemente, pero no a Chile. Allá no tengo nada: ni trabajo, ni casa, ni plata. Por supuesto que está mi familia diez hermanos y mis padres, pero mi vida, mi pasado profesional y mi proyecto futuro están aquí.
A mis 57 años ya no estoy para empezar de cero”. “Cualquier ruido que escuchas te pone atento: una moto, un auto, una puerta que se cierra () Son cinco segundos con la oreja prendida, en que tratas de dilucidar: ¿ Es una bomba?, ¿está cerca o lejos?”.. Ignacio Pérez de Arce vive desde hace 28 años en el Líbano, donde ha sido testigo de varios conflictos. El último, la ráfaga de quince misiles enviados por Israel en su contienda con Hezbolá, que la madrugada del 2 de marzo sobresaltaron a la población de Beirut. De profesión agrónomo y transformado en informático, es numerario del Opus Dei, prelatura que lo llevó a instalarse en ese país oriental que él se niega a abandonar, pese a la inseguridad reinante. “Vivimos al día. Para mí no hay ninguna razón para sentirme en peligro, no way”, asegura.
POR CAROLA NAVARRETE FRITZ “Cualquier ruido que escuchas te pone atento: una moto, un auto, una puerta que se cierra (…) Son cinco segundos con la oreja prendida, en que tratas de dilucidar: ¿ Es una bomba?, ¿está cerca o lejos?”. “No estamos en búnkeres o en un subterráneo. La gente sale, hace su vida”. En la foto, barrio Furn El Chebback Ignacio llegó al Líbano en 1998 sabiendo muy poco del país y sin hablar árabe. “Este año el ojo del huracán está puesto en Irán, no en el Líbano. Nosotros somos daño colateral, porque tenemos a Hezbolá como aliado y súbdito de Irán. La sensación de la gente aquí es que esto va para largo”.