Autor: DANIEL MANSUY
Columnas de Opinión: La trampa
Columnas de Opinión: La trampa Para comprender el momento que vive el Gobierno, resulta indispensable atender a sus objetivos. ¿Qué busca esta administración, cuál es su horizonte de sentido? La pregunta está lejos de ser baladí. Sabemos que, durante la campaña, el candidato Kast empleó profusamente el concepto de emergencia, y el discurso encontró eco en la población. Sin embargo, también sabemos que la noción es insuficiente para dotar de contenido a un gobierno de cuatro años.
No se trata de olvidar la emergencia los chilenos esperan respuestas a sus preocupaciones inmediatas, pero incluso las cuestiones más apremiantes requieren una mirada de largo plazo, sin la cual todo se reduce a administrar una coyuntura que no se controla. Dicho de otro modo, es obvio que los desafíos de este gobierno incluyen la emergencia, pero, al mismo tiempo, son mucho más amplios. En efecto, nuestro país lleva unos quince años sumido en un encadenamiento de crisis, apiladas unas sobre otras, sin que nadie se haya tomado la molestia de comprenderlas en su conjunto. Por lo mismo, nos encontramos en medio de un largo momento de indeterminación política, porque no logramos percibir de qué se trata la postransición. Michelle Bachelet, Sebastián Piñera y Gabriel Boric fracasaron cada cual a su manera en su intento por fijar el ciclo y darle una dirección. El motivo es simple: no contaban con un diagnóstico adecuado sobre el país, y se dejaron encandilar por un resultado electoral. En ese sentido, el desafío de José Antonio Kast es evidente: no ser un episodio más del péndulo, sino usar la fuerza que lo llevó al poder para hacer algo distinto. El mandatario esbozó esta voluntad en su primer discurso como Presidente electo, que evocó a Patricio Aylwin. No obstante, esas intuiciones se diluyeron con el tiempo. Aquí, me parece, reside el núcleo del problema, que permite comprender por qué la instalación ha sido tan acontecida. Si el propósito es ofrecer una respuesta a nuestra acumulación de crisis, pues bien, entonces resulta imprescindible disponer de los medios necesarios para lograrlo. Y esos medios solo pueden ser provistos por la política. No obstante, el gobierno actual fue diseñado siguiendo la inspiración exactamente contraria: su arquitectura interna deja ver una profunda desconfianza de la política. Esto fue advertido en enero: el gabinete fue pensado como si la política fuera un mal necesario, que debe ser constreñido al máximo. Políticos, sí, aunque los menos posibles, por favor. Así, hay pocos militantes, pero abundan los técnicos venidos del mundo privado. El resultado era más que previsible: el gabinete es una colección de personalidades que no funciona como equipo imbuido de objetivos comunes.
En una palabra, hay poca conducción (y esto no constituye una crítica al ministro Alvarado). Esta impresión se refuerza si atendemos al papel del Segundo Piso, que busca suplir la función articuladora que le fue vedada al gabinete. Sin embargo, como sabe cualquier estudiante de ciencia política, no puede conducir quien carece de responsabilidad.
Si se quiere, el diseño inicial se dejó llevar por una ilusión tan vieja como peligrosa, según la cual un gobierno puede prescindir de la política, como si el mandatario y sus asesores pudieran concentrar el poder anulado en cualquier circuito alternativo.
Sobra decir que se trata de una trampa mortal, cuya primera consecuencia será la de desgastar la figura presidencial (este es el fondo de la inaudita crítica de Arturo Squella, un hombre ponderado y reflexivo: este problema es grave). Así deben explicarse las numerosas dificultades que enfrenta el Gobierno. La respuesta perezosa es afirmar que se trata de problemas “comunicacionales”, pero estos siempre operan como revelador de asuntos más profundos. Si la administración no logra transmitir un mensaje nítido es porque no hay un engranaje que permita siquiera formularlo. El caso de la ministra de Seguridad es, quizás, el más revelador: la principal promesa del Gobierno está trunca, porque carece de una vocera que pueda dar señales claras a la ciudadanía.
Por mencionar otro ejemplo relevante, es imposible que el ministro Quiroz cumpla ninguno de sus objetivos si carece de una interlocución política que permita construir el discurso y las mayorías necesarias (en otras palabras, no es el gerente de finanzas de una multinacional). También llama la atención que varios ministros permanezcan en silencio, como si no tuvieran nada relevante que decir (¿ qué hace, por ejemplo, un canciller que no saca la voz en el actual contexto geopolítico?). Desde luego, no se trata de deducir conclusiones definitivas cuando el mandatario lleva menos de dos meses en el poder, pero sí cabe notar las señales inquietantes. En el gabinete de Patricio Aylwin cuyos desafíos no eran menores que los actuales la alta política estaba compenetrada con el mejor nivel técnico. Ambas dimensiones se requerían recíprocamente, pero la primacía siempre estuvo en la política, porque los países no superan sus crisis renunciando a ella. Resulta extraño que José Antonio Kast que ha ejercido durante décadas el oficio no haya considerado estos hechos elementales a la hora de pensar su propia administración. Mientras antes tome nota del error, antes podrá corregirlo.
Por lo demás, la oportunidad histórica sigue estando allí: desperdiciarla por mera obcecación sería, a no dudarlo, una tragedia mayúscula. n Si la administración no logra transmitir un mensaje nítido es porque no hay un engranaje que permita siquiera formularlo. Autor: DANIEL MANSUY. OPINIÓN