Desperdicio de alimentos: una brecha que el agro ya no puede permitirse
Desperdicio de alimentos: una brecha que el agro ya no puede permitirse n un contexto de mayor E presión sobre los recursos productivos, el desperdicio de alimentos se ha convertido en una de las paradojas más críticas del sistema agroalimentario.
A nivel global, 1.050 millones de toneladas de alimentos fueron desperdiciadas en 2022, lo que representa cerca del 19 % de los alimentos disponibles para los consumidores, según el Food Waste Index Report del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). No se trata solo de una cifra alarmante, sino de una señal clara de una brecha estructural que impacta directamente la sostenibilidad del sector y la seguridad alimentaria. El problema va más allá de lo productivo. Naciones Unidas advierte que la pérdida y desperdicio de alimentos genera entre 8 % y 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, debido al uso innecesario de agua, energía, fertilizantes y suelo.
En un escenario marcado por el cambio climático, la escasez hídrica y mayores exigencias regulatorias, reducir estas pérdidas aparece como una de las estrategias más directas para optimizar el uso de recursos y reducir impactos ambientales sin comprometer la producción. Chile enfrenta un desafío particularmente relevante. Al buscar información disponible sobre pérdidas y desperdicio de alimentos en el país, se evidencia que aún existen pocos estudios y herramientas que permitan dimensionar con precisión la magnitud del problema. Esta falta de datos sistematizados no solo dificulta la toma de decisiones, sino que vuelve aún más imperioso avanzar en una agenda concreta para abordar esta brecha. Por ello, abordar este problema requiere una mirada sistémica, colaborativa y urgente.
Experiencias como los Acuerdos de Producción Limpia (APL) han demostrado ser una herramienta efectiva para avanzar en mejoras concretas, permitiendo a distintos actores del sector definir metas comunes, incorporar buenas prácticas, optimizar procesos y medir resultados. Además, parte de estos desperdicios puede transformarse en un aporte social concreto, mediante su canalización hacia bancos de alimentos y organizaciones comunitarias, fortaleciendo el vínculo entre producción, territorio y acceso a alimentos. Reducir el desperdicio de alimentos no es solo una respuesta a una demanda ambiental o social; es una decisión estratégica para la competitividad del agro chileno. Medir, gestionar y reducir las pérdidas permite producir mejor, usar menos recursos y responder a mercados cada vez más exigentes. El llamado es claro: cerrar esta brecha histórica y convertirla en una oportunidad, avanzando hacia un sistema agroalimentario más resiliente, eficiente y comprometido con el entorno y las comunidades. OPINIÓN. OPINIÓN JAVIERA CARDEMIL, jefa de Comunicaciones e Impacto Social de Empresas lansa.