Autor: JOSÉ FRANCISCO YURASZECK KREBS, S.J. Capellán general del Hogar de Cristo
Columnas de Opinión: Vulnerables
Columnas de Opinión: Vulnerables San Juan (10,1-10) E l Evangelio de este domingo nos presenta una de las imágenes más entrañables y exigentes de Jesús: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No se trata solo de una metáfora piadosa, sino de una profunda declaración sobre el modo en que Dios se relaciona con su pueblo y, por extensión, sobre cómo debe ejercerse toda autoridad que pretenda llamarse humana, justa y cristiana.
Con razón este domingo IV de Pascua es llamado “del buen pastor”, en el que se nos invita a orar por las vocaciones a la vida sacerdotal, y más ampliamente, por todas aquellas vocaciones que tienen como propósito el cuidado de la comunidad. Jesús se presenta como pastor verdadero, aquel que entra por la puerta, que no fuerza, que no engaña, que no se aprovecha del rebaño. Conoce a sus ovejas por su nombre, camina delante de ellas y vela especialmente por aquellas que no podrían sobrevivir solas, las más vulnerables. En el mundo bíblico y también en el nuestro las ovejas más frágiles son las que más dependen del cuidado del pastor: las enfermas, heridas, cansadas, las rezagadas.
El papa Francisco, cuyo primer aniversario de muerte recordamos esta semana, hablaba de que los pastores han de tener olor a ovejas: a mí me parece bueno agregar que las ovejas, en reciprocidad, tienen que tener algo del olor del pastor también. Jesús es tajante: el ladrón viene a robar, matar y destruir; el buen pastor, en cambio, viene para que las ovejas tengan vida, y vida en abundancia. Allí está el criterio. No en los discursos, no en las justificaciones técnicas, sino en los actos concretos que permiten una vida más plena, particularmente a los más pobres. Esta imagen evangélica ilumina con fuerza la vocación del buen gobernante, especialmente cuando se inspira en valores cristianos. Gobernar no es solo administrar cifras ni ordenar sistemas impersonales: es cuidar personas, y de modo preferente a quienes tienen menos herramientas para defenderse solas, las más vulnerables entre nosotros.
El bien común no se construye cuando se protege únicamente a los fuertes, aquellos que tienen medios y herramientas para ponerse de pie por sí mismos, sino cuando se asegura que los más débiles no queden fuera del corral, expuestos a la indefensión de la intemperie. El del cuidado del bien común es uno de los principios que justifican la existencia del Estado, presente tanto en la Doctrina Social de la Iglesia como en nuestra Constitución. Un gobernante que escucha la voz del Buen Pastor sabe que no basta con “cumplir la ley” si las consecuencias prácticas dejan a miles sin oportunidades reales de desarrollo. Sabe que quitar apoyos, cerrar puertas o debilitar mecanismos de protección para los más vulnerables no es neutral: es una decisión moral. Cuando se eliminan caminos de formación, capacitación o integración social para quienes no tienen alternativas, se les empuja silenciosamente a la exclusión. Y eso no es pastoreo; es abandono. Jesús dice con claridad que Él es la puerta. La puerta no es un privilegio para unos pocos, sino el acceso para todos a la vida.
Allí donde se cierran puertas a los pobres, a las personas con discapacidad, a las personas que no han podido terminar sus estudios secundarios o formarse para aprender un oficio, a quienes buscan una oportunidad para salir adelante con dignidad, no habla la voz del pastor, sino la del extraño que las ovejas no reconocen.
Como sociedad, y especialmente como creyentes, estamos llamados a discernir: ¿ qué voces seguimos?, ¿qué decisiones y cambios legislativos promueven vida en abundancia y cuáles las restringen?, ¿quiénes quedan fuera cuando se toman algunas medidas? El Evangelio no ofrece recetas técnicas, pero sí un criterio irrenunciable: quien hace las veces de pastor ha de cuidar especialmente a quienes son más vulnerables.
Que la imagen de Jesús, puerta y pastor, nos ayude a exigir y a construir formas de liderazgo que no trepen por otro lado, que no se desentiendan de los más débiles, y que comprendan que el verdadero poder se mide por el cuidado y promoción efectiva de los que son más vulnerables.
“Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”. (Jn. 10,10). El bien común no se construye cuando se protege únicamente a los fuertes, aquellos que tienen medios y herramientas para ponerse de pie por sí mismos, sino cuando se asegura que los más débiles no queden fuera del corral, expuestos a la indefensión de la intemperie. Autor: JOSÉ FRANCISCO YURASZECK KREBS, S.J. Capellán general del Hogar de Cristo.
IN MEMORIAM “Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”. (Jn. 10,10). El bien común no se construye cuando se protege únicamente a los fuertes, aquellos que tienen medios y herramientas para ponerse de pie por sí mismos, sino cuando se asegura que los más débiles no queden fuera del corral, expuestos a la indefensión de la intemperie.