Autor: ROBERTO CAREAGA C.
JEREMÍAS GAMBOA: “La herida racial es constitutiva de nuestra identidad peruana”
JEREMÍAS GAMBOA: “La herida racial es constitutiva de nuestra identidad peruana” E 4 ARTES Y LETRAS I ba a ser un cuento. Nada más. Uno basado en un hecho real que él había vivido: después de décadas sin saber nada de ella, el escritor Jeremías Gamboa (Lima, 1975) se reunió con la profesora que le enseñó a leer.
Y lo escribió: el encuentro entre una mujer de la clase alta peruana, que por unos años se hizo cargo de un curso de un colegio público dominado por las precariedades a mediados de los 80, que consigue ver a uno de sus alumnos de esos días, hoy convertido en un escritor con estudios en Estados Unidos. La historia estaba cargada de una emoción reparadora, pero no funcionaba. O no era suficiente, porque la profesora y el alumno hablaban de tantas cosas que había que seguir.
Y entonces Gamboa siguió tirando un hilo que lo llevó a su infancia, a las brechas sociales de Perú, a las discriminaciones raciales históricas, a su familia y, sobre todo, a su madre, una mujer indígena que no sabía leer. Para cuando terminó de escribir llevaba casi mil páginas. Y habían pasado 10 años. “Fue un alivio terminar”, dice Gamboa desde Lima, a unos meses de que el libro fuera publicado. Se llama El principio del mundo y es pura ambición. Manuel Flores un trasunto del propio Gamboa regresa a Perú después de años estudiando literatura en Estados Unidos, pero al volver no tiene prácticamente nada. Es un hombre pasados los 30 años que no ha escrito los libros que debería haber escrito, no ha tenido parejas, casi no tiene amigos. Solo tiene un pasado y, sin quererlo, empieza a investigarlo.
En ese camino, la novela levanta un enorme retrato de Perú cruzado por una herida histórica y aún viva: la discriminación hacia los pueblos indígenas, tan pesada que incluso muchos quienes tienen orígenes quechuas prefieren darle la espalda. Manuel Flores decide lo contrario. O lo que es lo mismo, Jeremías Gamboa reconstruye sus orígenes en esta novela.
Disponible en Chile hace unas semanas, El principio del mundo también parece ser la prueba de que cuando hace una década Gamboa fue considerado una revelación de la literatura peruana, no se trataba de un volador de luces. Mario Vargas Llosa lo respaldó públicamente con solo leer el manuscrito de Contarlo todo (2013) y le propuso a su agente, Carmen Balcells, que lo lanzara al mundo. Algo de eso pasó, porque la novela se tradujo al francés, italiano y portugués. Pasó también que Gamboa se sumó a un recambio de la literatura de Perú, donde están además autores como Gabriela Wiener, Renato Cisneros o Santiago Roncagliolo. De todos ellos, puede que Gamboa sea el que mejor se lleva con la tradición de la narrativa de su país. “En los primeros manuscritos de El principio del mundo, el personaje principal se llamaba Julius, justamente como el protagonista de la novela de Alfredo Bryce Echenique (fallecido hace cinco días), Un mundo para Julius.
Después preferí cambiarlo porque era algo obvio: mi novela es una versión del libro de Bryce, pero contado desde el punto de vista de la nana de la casa donde crece Julius”, cuenta Gamboa, que entra en esos mundos de la aristocracia peruana. Lo hace a través de la madre del protagonista, Candelaria, una mujer que llega desde Ayacucho hasta Lima y trabaja en varias casas como empleada. Pero eso sucede bien entrado el libro, ya cuando han pasado más de 500 páginas en que Manuel Flores empieza a tientas a reconstruir su pasado. Regreso a casa Es un camino de regreso literal: Manuel llega desde Estados Unidos a Lima y vuelve a su casa de infancia, en un barrio al límite de la pobreza.
Ahí no solo está su madre y su hermana, también un amigo de infancia que fue su compañero de curso cuando tuvieron de maestra a Marina Montemayor de Gallegos, una mujer que les mostró el mundo: además de enseñarles a leer, los llevó a conocer los edificios históricos y los museos de la ciudad, los llevó por primera vez al mar e incluso les daba comida. Pretendía sacarlos de un munRevista de Libros El escritor peruano Jeremías Gamboa.
AELOREIVAJOCSICNARF ENTREVISTA La escritura de una vida do de precariedades que luego, en la adolescencia, Manuel va a vivir escuchando a Los Prisioneros, especialmente la canción “El baile de los que sobran”. Se lee en el libro: “Todo en la letra calzaba línea por línea, imagen por imagen, con nuestra realidad, casi hasta enloquecernos: los niños parados en un patio en el que cae el sol éramos nosotros; a nosotros se nos habló de la hermandad del mundo y de la necesidad de estudio, nuestros eran los zapatos que caminaban sobre el cemento y el barro y por lo tanto nosotros éramos los que sobran”. Todas las experiencias de Manuel Flores son muy similares a las que vivió el propio Jeremías Gamboa. Él se encontró con su profesora de infancia tras regresar de Estados Unidos, aunque venía en condiciones diferentes. “Yo vuelvo porque quería escribir mi primera novela en Perú”, y así fue que terminó escribiendo Contarlo todo. Pero ya en ese tiempo empezó a darle vueltas a la trama de El principio del mundo. “En ese encuentro con mi profesora no estaba ni lo histórico ni lo familiar, era solo un encuentro de una profesora y un alumno hablando de cosas. Pero esas cosas eran los destinos de ambos, la educación, y eso implicaba las brechas de género, las brechas sociales, las brechas culturales, el abandono del Estado, el paso del tiempo.
DOMINGO 15 DE MARZO DE 2026 Cuando empecé a escribir sobre la amistad de infancia, aparecieron más temas que no planeaba”, añade. ¿En qué momento se dio cuenta de que iba a abordar la identidad de Perú? Yo calculaba que la novela podía tener 500,600 páginas, pero Me encontré con una novela más extensa aún, con una biografía de la madre de Manuel, una mujer que venía de la zona rural, que aludía a temas como la raza, la diferencia de clase, la segregación, la constitución de una sociedad poscolonial peruana. Y cuando Manuel Flores habla con Sabino, su amigo de infancia, hablan sobre la masculinidad, sobre el país. En ese momento empiezo a leer de otra manera mi propia novela: como un libro sobre las grandes novelas peruanas. Un mundo para Julius, la obra de Vargas Llosa, Ciro Alegría o Arguedas.
La novela está hilada por un retrato del Perú como un país y una sociedad partidos por las diferencias raciales y de clase. ¿Esa herida es parte de la identidad peruana? Esa herida colonial es constitutiva de nuestra cultura, de cómo se ha organizado la representación y la manera en que nos percibimos en el Perú. Viene de la Colonia, de un régimen muy estricto, que otros países de Latinoamérica vivieron de una manera más atenuada. Hay una deriva poscolonial de la que no hemos salido. Y que diferenciaba dos estamentos de legitimidad, que en esa época tenían diferencias incluso legales, que establecía una república de indios y otra de blancos. Me da la impresión de que esa ranura se vive dentro de muchos peruanos como un nudo no resuelto entre un lado que se asume occidental, blanco, y de otro que se ve indígena, lastrado. En términos personales, te puedo confesar que era uno de los terrores de mi madre, una mujer ayacuchana que emigró a Lima y que nos aseguró toda la vida que no teníamos esa mancha corporal.
Esta constitución de la sociedad me parece que también es constitutiva de buena parte de la narrativa peruana. ¿Fue deliberado entonces el diálogo que El principio del mundo tiene con otras novelas peruanas? Mi novela se ha hecho cargo de esa tradición, apoyándose en una visión femenina, las mujeres son las grandes protagonistas. El dilema histórico peruano aparece en como El mundo es ancho y ajeno (Ciro Alegría), Todas las sangres (Arguedas), en Vargas Llosa, en Bryce Echenique, y novelas recientes de Jaime Bayly o Gabriela Wiener. Se han acercado a ese asunto medular que para mí es un problema que un novelista peruano se encuentra sí o sí en algún momento. Santiago Zavala se siente blanco y cholo en diferentes momentos dentro de Conversación en la Catedral. Esa herida racial es constitutiva de nuestra identidad.
Yo la abordo en muchos de los personajes de El principio del mundo y he intentado cifrarla en una metáfora que se desprende de esa mancha de nacimiento que cargan muchos peruanos, que la sienten como una marca de disminución. ¿En este libro usted también se hace cargo de la “mancha” y también de cierto mandato de su madre de dejar el pasado atrás y convertirse en otro? No tenía muy clara la idea del mandato, pero fue apareciendo. Manuel es un personaje guiado por una acción dramática inflexible. Tiende a buscar el desplazamiento a niveles heroicos. Mi primer libro (Punto de fuga, 2007) llevaba un epígrafe de V. S. Naipaul que dice: “El mundo es lo que es, los hombres que no son nada no tienen lugar en él, por lo tanto tienes que ser alguien”. Ese era el mandato de mi madre. Y ser alguien es infinito. Es ser Vargas Llosa, es ser un hombre que enseña en Princeton, cada hijo puede llenar ese mandato con su propia ambición y locura.
El mandato al que yo obedecí en la vida real y al que yo represento en la novela, lo matizo a través de una desobediencia: “Ok, te obedezco, me desplazo, pero no voy a ocultar las maletas de mi equipaje, los orígenes”. Manuel toda su vida antes del regreso al Perú ha ocultado su origen, y la novela es la lenta fragua de una desobediencia a la madre. Autor: ROBERTO CAREAGA C.. ‘‘La herida colonial es constitutiva de nuestra cultura y sociedad, de cómo se ha organizado la representación y la manera en que nos percibimos en el Perú. Hay una deriva post colonial de la que no hemos salido”. Después de 10 años de trabajo, el celebrado narrador publica El principio del mundo, una novela de mil páginas que explora la identidad peruana.
A través de la vida de su madre y de la profesora que le enseñó a leer, levanta un enorme retrato de Perú cruz EL PRINCIPIO DEL MUNDO Jeremías Gamboa Alfaguara, páginas, $40.000, 976 páginas NOVELA