Autor: llamada. POR JOHANN BÓRQUEZ BOHN
CHERNÓBIL en primera persona
CHERNÓBIL en primera persona ZEUQRÓBNNAHOJAZELITNEG Cuando me enteré de lo de Chernóbil estaba en el baño de la residencia de estudiantes N 2 del Instituto de Lenguas Extranjeras de Kiev. Era el lunes 28 de abril de 1986 (dos días después de la explosión) y eran las siete de la mañana. Me acababa de levantar y desde mi cubículo escuché a dos chicos que conversaban en voz alta en ruso. No entendía todo lo que decían, porque hablaban rápido y un poco en jerga, mezclando algunas palabras ucranianas.
Yo había pasado el fin de semana en el río, disfrutando con amigos de las playas del Hidroparque, pero estos chicos venían llegando de sus ciudades, pueblos y aldeas, desde donde regresaban cada fin de semana cargados de conservas y novedades. Mientras uno se cepillaba los dientes, el otro le contaba con aspavientos sobre una terrible explosión que había matado a dos mil personas de un golpe, en las cercanías de Kiev.
Capté algunas palabras: pozhar (incendio), vzriv (explosión) y yáderniy (nuclear). Mi manejo del ruso había mejorado mucho desde mi llegada a la Unión Soviética, seis meses antes, en septiembre de 1985, gracias a una beca del Ministerio de Educación Superior de la Unión Soviética. El proceso había sido por decirlo de alguna manera clandestino y misterioso. Las relaciones entre Chile y la URSS estaban cortadas y mis documentos de postulación viajaron por canales que, por razones obvias, nunca se revelaron del todo. Por esos caminos llegaron los pasajes para volar desde Buenos Aires a Moscú. Mi desempeño académico había sido excelente, pero en Chile no tenía los medios para continuar estudiando. La beca no solo era una oportunidad académica, sino también de conocer de primera mano el sistema socialista del que sabíamos nada, excepto que era todo lo contrario de lo que había en Chile. Tras seis meses de vida en ese país, sospechaba que no era tan así. Bajé al comedor con una sensación de urgencia, pero todo parecía normal. Los estudiantes hacían fila para recibir sus vasos de crema agria que bebían acompañada de té claro y pan oscuro. En el aire flotaban conversaciones en media docena de idiomas. Me senté con los latinoamericanos y, sin preámbulos, les conté lo que había escuchando en el baño. Nadie sabía nada. Unos se encogieron de hombros; otros negaron con la cabeza, como si eso bastara para descartar la posibilidad. No había mención alguna en la radio, mucho menos en los periódicos. Aquí nunca pasa nada dijo uno más viejo, con una media sonrisa no del todo irónica. Todo es orden y paz. No hacía falta explicar demasiado. En la Unión Soviética, las catástrofes no eran noticia: simplemente no existían. Circulaban en rumores, en historias contadas de oídas junto a alguna botella. En las mesas vecinas, los estudiantes soviéticos desayunaban con la calma de siempre. Por un momento hasta dudé de lo que había oído, pero algo en las miradas huidizas y los pasos apurados no terminaba de encajar. En la tarde, busqué a Eddy, mi compañero de habitación. Eddy era un venezolano que miraba todo con calma, llenaba cuadernos con dibujos y se reía de todo. Le conté lo que había escuchado y alzó una ceja. Se levantó, y del cajón de su velador sacó una radio portátil. Vamos a escuchar dijo. Eddy apoyó la radio sobre el escritorio y comenzó a girar el dial. El aparato lanzó una serie de ruidos crepitantes: estática, silbidos, fragmentos de música y voces que atravesaban capas de interferencia. Después de varios intentos, una voz en inglés logró sostenerse unos segundos. Luego otra. En un punto, comenzamos a escuchar nombres de ciudades, cifras, palabras que iban ordenando un relato muy distinto al silencio que nos rodeaba. Chernóbil. Reactor. Radiación. La fuga de material radiactivo había sido detectada por los suecos la mañana del mismo lunes, mientras las autoridades soviéticas intentaban ocultar el que sería el mayor desastre nuclear de la historia.
Se confirmaban los rumores oídos en el baño: un accidente nuclear grave estaba ocurriendo cerca de nosotros desde hacía ya dos días, ¡y nadie sabía nada! No se había emitido ninguna advertencia, ninguna medida de prevención “para no causar pánico entre la población”. Algo me impulsaba a compartir con mis cercanos lo que averiguaba, pero no teníamos idea de qué hacer ni de cómo protegernos. El ritual nocturno de escuchar las señales de onda corta se volvió nuestro cordón umbilical.
Cuando los estudiantes soviéticos estaban en la habitación, utilizaban audífonos para escuchar los informativos de la BBC, la Deutsche Welle, la Voice of America, la Radio Free Europe o cualquier señal que lograra atravesar la estática. Yo tomaba nota de lo más destacado y lo compartía con los demás latinoamericanos. Pasaban los días, y en los pasillos se multiplicaban los rumores con testimonios de quienes tenían familiares en la zona. En las estaciones de trenes era notorio el aumento de gente intentando viajar. Los estudiantes europeos regresaban a sus países sin finalizar sus exámenes. La palabra radiación comenzó a instalarse; lo invisible se volvía concreto y cundía la inquietud. Una noche en la que Eddy se entretenía dibujando, le pasé algunas ideas escritas en un papel. Así empezó el boletín. Yo escribía los textos a partir de lo que informaba la radio; y los “monos” de Eddy hacían visible lo que se nos ocultaba: el reactor, la nube, la gente huyendo. Las copias llegaban a estudiantes que no conocíamos. Mientras nuestro boletín circulaba de mano en mano, Kiev mantenía una normalidad parecida a la negación. Llegó el primero de mayo y, como cada año, la ciudad se volcó a la calle con banderas y pancartas. Nada parecía alterar la celebración del Día del Trabajo: había música y niños sobre los hombros de sus padres que paseaban inocentes bajo una fina y persistente llovizna. Para los que ya sabíamos lo que ocurría, la escena era de consternación. Para entonces, la palabra radiación ya no era abstracta. Y, sin embargo, ahí estaba la ciudad expuesta a una lluvia que nadie medía, pero que ya no parecía inocente.
No recuerdo haber visto miedo, solo fe ciega en las consignas que coronaban los edificios: “El Partido y el Pueblo son Uno”. La confirmación oficial llegó 14 de mayo, cuando el secretario general del Partido, Mikhail Gorbachov, leyó un comunicado por la televisión reconociendo el desastre. Dieciocho días habían pasado, en los que se había liberado a la atmósfera más material radiactivo que en Hiroshima y Nagasaki juntas. Lo que habíamos armado con retazos y a escondidas, ahora era una certeza. Después del anuncio, evacuaron de la ciudad a los niños, los buses amarillos del transporte público se los llevaban a las colonias de vacaciones, lejos de la ciudad. Por las noches, aparecían los camiones aljibe que avanzaban en grupos de tres, ocupando todo el ancho de la calzada, rociando agua de lado a lado para eliminar el polvo radiactivo. Pasaban lentamente, arrastrando esa ilusión de limpieza por las calles vacías. En la televisión informaban del esfuerzo heroico de cientos de voluntarios que llegaban a combatir el desastre con riesgo de sus vidas. En junio comenzaron las vacaciones y viajé a Suiza. Las comunicaciones no eran precisamente expeditas entre la Unión Soviética y el Chile de dictadura. Por fin pude llamar a mi casa y hablar con mi familia. Cuando contestó, la voz de mi madre se quebró. Te imaginaba muerto. Enterrado lejos, convertido en cenizas Pero estoy vivo, mamá. ¡Vivo y sano! Me hicieron exámenes y no tengo radiación. Intentaba tranquilizarla con datos que ni yo mismo creía.
Le hablé de las precauciones que nos hacían tomar, como lavarnos el pelo al regresar de la calle, o ingerir diariamente una gota de yodo en un algodón, pequeñas rutinas que nos daban una ilusión de control. Antes de salir del país me hicieron una revisión que consistió en ponerme un contador Geiger (instrumento que mide la radiación ionizada) sobre el cuello. Como no sonó, pude viajar. Nunca supe si el aparato estaba realmente encendido. Cuando volví a Kiev a cerrar el ciclo académico, mi expectativa era ser destinado a la Universidad de Leningrado, y estudiar en su prestigiosa escuela de periodismo internacional. Nada más llegar, me llamaron de la oficina de la decana de estudiantes extranjeros por “trámites pendientes”. Cuando entré, la decana no estaba sola. Ahí me di cuenta de que no era un trámite más. Ella hizo una presentación breve, casi administrativa. Le presento a los compañeros Andrei y Sergei, del Ministerio de Educación, que quieren hablar con usted dijo. Y salió. Sobre sus torsos bien musculosos, los “compañeros” vestían camisa y corbata. No mostraron credenciales; no hacía falta. Me hicieron sentarme, pero ellos permanecieron de pie. Primero habló Andrei. Su tono era cordial. Queremos hacerte unas preguntas. Nada complicado dijo. ¿Has participado en la elaboración de material de propaganda antisoviética? La pregunta me tomó por sorpresa. Di un respingo y negué haber hecho algo así. Hubo un silencio. Sergei, más rígido, se inclinó hacia adelante. Andrei abrió una carpeta y puso unas hojas sobre el escritorio. ¿Tampoco reconoces esto? preguntó Sergei. En su voz no había ironía, solo certeza. Eran nuestros boletines. Los originales, con mis textos manuscritos y los dibujos de Eddy. Al lado, traducciones al ruso, línea por línea. Un escalofrío me recorrió y miré las hojas sin tocarlas. Todo lo que había sido para nosotros una forma de entender la realidad estaba ahí, etiquetado como delito. Andrei intervino con un tono suave. Entendemos que eres extranjero dijo. Quizás no dimensionaste las implicancias. Pero esto es propaganda. Y es ilegal. La palabra quedó suspendida en el aire. Propaganda. Hasta ese momento era un concepto abstracto, no unas hojas hechas en una habitación entre interferencias. Traté de ordenar una respuesta, les dije que no eran mentiras, que la información ya circulaba de manera oficial. Pero mis palabras no cambiaban nada. Ese no es el problema dijo Sergei finalmente. El problema es quién decide cuándo y cómo se informa. La frase cayó con un peso distinto. Sergei habló de nuevo. El pueblo soviético dijo ha sido solidario contigo. Te ha dado educación, alojamiento, oportunidades. Y tú respondes con esto. Eso tiene un nombre: Ingratitud. La palabra quedó flotando más tiempo que “propaganda”. Luego vino lo demás, dicho con la misma calma: la posibilidad de abrir un proceso, la calificación formal del delito, la deportación inmediata. Chile apareció en mi cabeza no como un lugar, sino como una amenaza concreta. Otros que habían regresado habían sufrido secuestro y tortura. O peor. Andrei volvió a intervenir, retomando el tono inicial. Pero no es necesario llegar a eso. Podemos resolverlo de otra manera dijo. Abrió un espacio en el escritorio, apartando los papeles. Escribes una declaración. De tu puño y letra. Reconoces tu error, expresas tu arrepentimiento y te comprometes a no repetir esto. Y el asunto termina aquí. Nadie habló. Sobre el escritorio, los boletines seguían ahí, convertidos en evidencia. Escribí lo que me dictaron y firmé. Volví a la residencia con una sensación difícil de nombrar. Por un lado, alivio: no habría proceso, ni deportación. Por otro, una incomodidad física, como si hubiera pisado algo que no lograba quitarme del zapato. No era miedo, era la certeza de haber descubierto mi tamaño real frente a ese mecanismo. No hacía falta que te encerraran o te tocaran. Bastaba con que te recordaran que todo podía ser retirado: el lugar, las oportunidades, el futuro. Que había una línea invisible, pero nítida que no se cruzaba sin consecuencias. Hasta esa reunión, mi expectativa era ser destinado a la prestigiosa escuela de periodismo internacional de la Universidad de Leningrado. Cuando me entregaron mi destino, tenía sabor a castigo: Universidad Estatal de Rostov. No era mala, pero era del montón. Llegué a Rostov en verano. En la residencia universitaria, una estudiante chilena de periodismo me ayudó a instalarme. Entre latinoamericanos compartíamos lo poco que teníamos. El período entre 1986 y 1989 marcó la agonía del modelo soviético y su irreversible descomposición política. Con Chernóbil, el pueblo había visto cómo actuaba realmente el partido, convertido en una élite que anteponía sus propios intereses a los de quienes declaraban proteger.
La influencia occidental crecía y en las discotecas se bailaba interminablemente “Life is Life”. Mientras el poder central se desmoronaba, la Glasnost permitía un acercamiento histórico entre Estados Unidos y Europa Occidental, materializado en las cumbres entre Gorbachov y Reagan que parecían dejar atrás la Guerra Fría. Soporté en Rostov hasta agosto de 1989. La vida se había vuelto una secuencia de batallas cotidianas. La economía hacía agua por todos lados. Los soviéticos resistían como podían las carencias, volvieron los cupones de racionamiento para conseguir azúcar o mantequilla. En los supermercados solo había sal y vinagre. Pero cuando desaparecieron los cigarrillos algo se quebró. Y por primera vez, la resignación no alcanzaba y en algunos lugares hubo protestas espontáneas. En agosto, me fui a Moscú decidido a dejar atrás la colapsada Unión Soviética. Con el pasaporte a punto de vencer, llegué en busca de un boleto de tren para llegar a Hamburgo.
Los amigos que me acogieron en la capital habían conseguido pases para un megaconcierto que reflejaba el espíritu de los tiempos: el Moscow Music Peace Festival en el Estadio Lenin (hoy Luzhniki) tuvo en el escenario a leyendas del rock como Scorpions, Ozzy Osbourne y Bon Jovi. Música que por años había estado prohibida llenaba de jóvenes soviéticos este estadio con capacidad para 75 mil espectadores. Esta fue mi gran final en la Unión Soviética, un acto simbólico de un cambio de época. Antes de una semana ya estaba en Hamburgo, donde en octubre me alcanzó la noticia de la caída del Muro de Berlín. Pero esa es otra historia. ZEUQRÓBNNAHOJAZELITNEG ZEUQRÓBNNAHOJAZELITNEG “Intentaba tranquilizar a mi madre con datos que ni yo mismo terminaba de creer. Le hablé de las precauciones que nos hacían tomar, como lavarnos el pelo al regresar de la calle o ingerir diariamente una gota de yodo en un algodón”. Autor: llamada. POR JOHANN BÓRQUEZ BOHN. El periodista y escritor chileno Johann Bórquez tenía 19 años y estaba estudiando en la Unión Soviética cuando explotó el reactor nuclear de Chernóbil, el 26 de abril de 1986. Aquí recuerda el silencio oficial de los primeros días, los rumores, la incertidumbre y cómo lograr sintonizar radios extranjeras le permitió con sus amigos constatar que había ocurrido un desastre. También habla de la angustia que vivió su familia en Chile, con quien pudo comunicarse un mes después. “Te creía muerto”, le dijo su madre cuando contestó esa “Intentaba tranquilizar a mi madre con datos que ni yo mismo terminaba de creer.
Le hablé de las precauciones que nos hacían tomar, como lavarnos el pelo al regresar de la calle o ingerir diariamente una gota de yodo en un algodón”. “Con Chernóbil, el pueblo había visto cómo actuaba realmente el partido, convertido en una élite que anteponía sus propios intereses a los de quienes declaraban proteger”, afirma. En la foto, Johann en Kiev. Johann y sus amigos sintonizaban señales de onda corta para escuchar los informativos de la BBC o la Deutsche Welle. Él tomaba notas de las noticias sobre el desastre nuclear, con las que armó un boletín que circulaba entre los estudiantes. En la foto, a la izquierda Johann, y la derecha, Eddy, quien ilustraba el boletín. Actualmente, Johann vive en Concepción y se dedica a la gestión cultural y de programas sociales.