La migración, un desafío para repensar quiénes somos
La migración, un desafío para repensar quiénes somos A lo largo de las últimas dos décadas, Chile ha experimentado un cambio significativo en su perfil migratorio. En 2002 el país albergaba a 184 mil migrantes, que representaban apenas el 1,27% de su población total.
Como contrapartida, de acuerdo con el Primer Registro de Chilenos en el Exterior realizado entre 2003 y 2004, eran 857 mil las personas de origen chileno -sumando a las nacidas en Chile y sus hijosque se encontraban viviendo fuera del país, mayoritariamente en Argentina. Es decir que, a comienzos del siglo XXI, por cada extranjero que habitaba en Chile había aproximadamente 5 chilenos o hijos de chilenos radicados en el exterior. Actualmente, Chile alberga aproximadamente a 2 millones de migrantes, el 10% de su población total. Por su parte, la población de origen chileno residente en el extranjero supera el millón de personas, de las cuales cerca de la mitad están radicadas en Argentina.
Como se puede ver, a lo largo de las últimas dos décadas la cantidad de personas de origen chileno que habitan fuera del país se ha mantenido relativamente estable, al tiempo que la inmigración se ha disparado.
Esto podría ser motivo de orgullo para Chile, que ha pasado de ser un país de emigrantes a atraer a personas que por distintas razones lo eligen para instalarse, trabajar, criar a sus hijos y llevar a cabo sus proyectos de vida. Sin embargo, la lectura predominante en el discurso de los medios y la política es menos optimista.
Las noticias y los contenidos alarmantes, estigmatizantes y simplificadores en torno a la reciente expansión de la inmigración en Chile se multiplican, generando en amplios sectores de la población la impresión de que el país se encuentra asediado y amenazado.
El predominio de este tipo de lecturas no es casual, ya que el fenómeno migratorio no es solo un movimiento de personas, sino también un desafío a la forma en que nos vemos a nosotros mismos.
A través del proyecto Fondecyt de Iniciación 11230990, que llevamos adelante financiados por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo y patrocinados por el Instituto de Estudios Culturales y Territoriales de la Universidad Arturo Prat Sede Victoria, hemos analizado cómo el discurso de los medios de comunicación y sus públicos construyen la figura del inmigrante utilizando una suerte de anteojos invisibles que en la teoría social se denominan imaginarios sociales. Los imaginarios no son ficciones o mentiras, sino matrices que nos permiten darle sentido a la realidad.
Funcionan como un código compartido que nos dice qué es lo aceptable y que es lo prohibido, distinguiendo lo propio y lo ajeno y trazando una frontera simbólica entre un "nosotros" nacional y un "ellos" extranjero. Sin embargo, esta distinción no es igual para todos, sino que depende de cómo clasificamos los cuerpos a través de filtros como la raza y el género. Nuestros hallazgos revelan una gran asimetría en el modo en que la prensa chilena y los comentarios de sus lectores se refieren a unos y otros migrantes.
Así, mientras el migrante venezolano aparece frecuentemente en estos discursos, generalmente asociado a imaginarios negativos -delincuencia, invasión, suciedad-, el migrante argentino rara vez aparece en las noticias, una suerte de invisibilidad privilegiada que denota que no se lo percibe socialmente como un "otro" problemático, sino como un par cercano e incluso en ocasiones deseable, debido a que su imagen está asociada al ideal de blanquitud y europeidad que Chile reclama para su propia identidad. Esta dinámica de exclusión no es nueva ni exclusiva de la inmigración reciente. En La Araucanía, estos procesos de construcción discursiva del "otro" tienen como centro a los indígenas.
Históricamente, el Estado chileno construyó su identidad negando o subyugando lo que consideraba el "otro interno", el "indio". La misma lógica colonial que hoy etiqueta al migrante caribeño como horroroso e indeseable es la que ha operado por siglos sobre el pueblo Mapuche, intentando diluir su memoria y su identidad en el mito de una nación homogénea y blanca.
El historiador Benedict Anderson, uno de los más renombrados teóricos del nacionalismo, definió a la nación como una "comunidad imaginada", porque sus miembros se imaginan a sí mismos como parte de un mismo colectivo aunque nunca vayan a conocer personalmente a la mayoría de quienes lo integran. Según Anderson, lo que permite esta imaginación compartida es la circulación de lenguas, símbolos y relatos -especialmente a través de medios como la prensaque generan la sensación de simultaneidad y pertenencia. Así, la nación no es un hecho objetivo o natural, sino una construcción social. Lo que llamamos "ser chileno" es, en realidad, la simplificación de un entramado de historias y formas de ser diversas y en muchos casos contradictorias que coexisten en un mismo territorio. Es nuestra tarea, como ciudadanos, trascender la simplificación y salir al encuentro de la complejidad. Jose Navarro-Conticello Dr. en Ciencias Humanas Académico del Instituto de Estudios Culturales y Territoriales de la Universidad Arturo Prat, Sede Victoria.
El presente artículo forma parte de las actividades de difusión del Proyecto ANID Fondecyt de Iniciación en Investigación Nº 11230990 "Medios de comunicación, framing y construcción de alteridad en el Chile de la inmigración masiva: imaginarios sociales sobre el/la inmigrante en los discursos de la prensa online y sus audiencias". Jose Navarro-Conticello Dr. en Ciencias Humanas Académico del Instituto de Estudios Culturales y Territoriales de la Universidad Arturo Prat, Sede Victoria