Ultradistancia en la Patagonia: el desafío de autosuficiencia total entre Puerto Montt y Ushuaia
Ultradistancia en la Patagonia: el desafío de autosuficiencia total entre Puerto Montt y Ushuaia Hay territorios que no se recorren: se enfrentan. En el extremo sur, cada kilómetro impone condiciones propias y obliga a elegir. En ese escenario, propio del deporte outdoor, Fari Farías y Nicolás Hernández sostuvieron un mismo desafío arriba de sus bicicletas. La Final Frontier Patagonia reunió a cerca de 100 ciclistas de 24 países en un formato que rompe con la lógica tradicional de competencia. Sin asistencia externa ni apoyo técnico, cada participante debe gestionar su avance, descanso y alimentación en un trayecto de casi 2.900 kilómetros entre Puerto Montt y Ushuaia. La ruta cruza parques nacionales, combina ripio y pavimento, suma viento constante y largos tramos sin señal ni servicios. El plazo máximo es de 24 días. No gana necesariamente el más rápido. Llega quien logra sostenerse. Ellos lo hicieron. Alcanzaron la meta con días de margen y, después, permanecieron en el sur. En Punta Arenas, antes de volver a sus rutinas, ordenan bicicletas y cuerpo. “Han sido días para recuperarnos antes de volver a la vida laboral”, dice Nicolás. La decisión de estar ahí no partió desde la certeza, sino desde una inquietud. Fari vio por primera vez la carrera en imágenes que le parecieron irreales. Después entendió que ese recorrido existía, así como la opción de tomarlo. “Quería estar ahí, aunque no entendiera del todo la distancia”, dice. Nicolás llegó después. Venía de distancias menores, había hecho hasta 600 kilómetros y esto era otra escala. Aun así, no dudó. “Fari tenía un brillo en los ojos que era una locura”, recuerda. La preparación no fue idéntica. Fari se mueve desde la experiencia en ultradistancia y desde una relación cotidiana con el pedaleo. La bicicleta no es solo entrenamiento: es su transporte y rutina. Trabaja como tecnóloga médica en urgencias en el Hospital de Puerto Montt y sostuvo ese ritmo hasta el día previo al viaje. Para poder competir, reorganizó turnos, acumuló horas y se coordinó con su equipo. En este tipo de desafíos, la exigencia no parte en la ruta, sino mucho antes. Llegar a la largada implica sostener trabajo, entrenamiento y vida cotidiana en paralelo. En su caso, no hay separación entre ambos mundos. Nicolás, en cambio, estructura, ordena cargas y tiempos. En ese cruce se encuentran. Él reconoce en ella una referencia en lo logístico y ella en él, una lectura técnica clave en la ruta. Durante la travesía no responden a un mismo tiempo. Cada uno gestiona su propia carrera, pero se observan y ajustan en función del otro. A diferencia de muchos ciclistas, no llevan música. Cantan, desde rock clásico hasta reguetón, como una forma de sostener el ritmo incluso cuando no comparten el mismo tramo. En ese avance, el paisaje no es un telón de fondo: es parte activa de la experiencia. Bosques húmedos, caminos de ripio, estepa abierta y tramos donde el horizonte parece no terminar nunca marcan el ritmo del recorrido. El deporte outdoor los obliga a convivir con ese entorno. La naturaleza define las condiciones, impone pausas, acelera decisiones y recuerda, en cada tramo, que no se trata solo de avanzar, sino de saber cómo hacerlo en un territorio que no se adapta. La Patagonia no da tregua. El viento lateral desarma el avance, el ripio exige técnica, el aislamiento obliga a decidir sin margen. Cerca de Río Grande, Fari enfrenta uno de esos puntos. Un absceso le impide sentarse en la bicicleta. El dolor es constante. Avanza de pie, baja el ritmo, ajusta lo que logra. “No podía pedalear sentada”, dice. No hay asistencia ni relevo. Hay una decisión que se sostiene hasta el final. En mayo de 2024, un auto la atropelló mientras volvía del hospital en bicicleta. Pasó cerca de tres meses sin poder pedalear. El regreso fue progresivo. La carrera es también una forma de volver. Nicolás la observa desde cerca. “Nada la inmuta”, dice. Recuerda momentos complejos, en los que esperó verla afectada, pero no. La ve relajada, sacando fotos. “Es una dura”, afirma. Ella habla de admiración desde lo cotidiano: jornadas largas y una disposición que se mantiene. Nacieron el mismo día y, luego de una vida de coincidencias, se conocieron a través de la bicicleta. Llevan cerca de medio año juntos y la relación se prueba en decisiones pequeñas. El vínculo no interfiere, pero acompaña. “Hacer la ruta en la Patagonia es entregarse a algo salvaje, pero desde un lugar muy humano”, dice Fari. En la ruta, el compañerismo también aparece entre desconocidos. Ciclistas de distintas partes del mundo se reconocen en el esfuerzo y se empujan a seguir. Un gesto basta para sostener el ánimo. No hay equipos formales, pero sí una lógica compartida. La travesía termina en Ushuaia, pero no se cierra ahí. Permanece en la forma en que ambos la cuentan. No hay una única manera de cruzar la Patagonia. Ellos lo hicieron desde dos recorridos propios y un punto en común. En ese equilibrio, se construye una historia que no depende del resultado, sino de cómo se decide avanzar cuando el entorno se impone.
Ahí es donde realmente se define el viaje.. En la primera edición de la Final Frontier, una pareja de ciclistas chilenos enfrentó un recorrido de casi 2.900 kilómetros donde el aislamiento y la incertidumbre obligan a tomar decisiones a cada momento, en un desafío que va mucho más allá de lo físico.