Autor: POR Matías Rivas Aylwin.
EL CAMINO MÁS LARGO DE MENDOZA
EL CAMINO MÁS LARGO DE MENDOZA Día 1: Calor De pie, en una ruidosa y oscura esquina de la comuna de Ñuñoa, la atleta chilena de 34 años Carla Fuenzalida espera que su reloj marque las dos de la mañana. Aunque es tarde, se ve descansada.
“Dormí una siesta de tres horas”, dice, pero aclara que se despertó a las seis porque y lo expresa con una mezcla de seriedad y lástima no se puede dar el lujo de no trabajar los domingos. Al otro lado de la calle, dos camarógrafos de Earth Rise Productions revisan en sus celulares la ruta.
No está sola: además del equipo audiovisual, dos corredores profesionales la acompañarán en el primer tramo de su carrera, junto a un equipo médico y logístico que la seguirá en auto hacia Argentina; si todo sale bien, será la primera persona en correr en cinco días de Santiago a Mendoza. Arranca.
Paso firme de 10 kilómetros por hora. ¿Qué pensarían los otros corredores nocturnos que la ven cruzando las esquinas de Pedro de Valdivia hacia el sur si supieran que aún le quedan unos 400 kilómetros? La premisa es casi absurda: correr desde la puerta de su casa hasta la de sus padres, que también fue su casa de niña, porque Carla tiene doble nacionalidad y eso la convierte en una mujer transandina, palabra que guarda un peso espiritual para ella.
En cuarenta minutos llega a Andrés Bello, enfila hacia el oriente, revisa su reloj, cruza los pasos peatonales con luz roja, vuelve a ver su reloj, mantiene un ritmo constante que tal vez cualquier persona con relativamente buen estado físico podría seguir un rato, y lo hace así, con mesura y método, porque sabe que hoy correrá más de cien kilómetros bajo el sol. Lleva lentes transparentes, una mochila de hidratación con dos botellas de agua, shorts negros y polera rosada que de seguro eligió porque simboliza algo. Su figura grácil avanza sin esfuerzo, cruza el Parque Bicentenario y llega a los pies del cerro Carbón, donde un grupo de adolescentes trasnochados espera el amanecer.
Por un momento se detiene, se despide emocionada de una de las corredoras que la acompaña y empieza a subir por las laderas oscuras y vacías que la elevan sobre la ciudad; más arriba, la luz de su linterna frontal tintinea y se esfuma solo para reaparecer más arriba, ya cerca de la cumbre del Manquehue, la cual bordea por su cara oeste, por las cuevas grafiteadas, en dirección a Colina. Aquí, en la montaña, es donde Carla quiere estar cuando corre. Pero corre, según el director del equipo audiovisual que la persigue, el cineasta inglés Matt Maynard, más rápido de lo que debería. A él le preocupa que al apretar muy fuerte el acelerador queme más combustible del necesario. Ya son casi las tres de la tarde. Carla ha corrido el equivalente a dos maratones. Cruza las paredes de Chacabuco, donde prácticamente nadie escala en verano porque la roca arde al igual que el asfalto. Su mirada busca alivio en el paisaje de pasto seco y árboles que no dan sombra. Mira hacia abajo, trata de esconderse del sol tórrido mientras sus brazos cuelgan de su cuerpo y se balancean en armonía. Cada día, Carla elegirá una palabra que resuma su jornada. La de hoy es “calor”. Día 2: Puna Por el camino internacional, en los caracoles, a 2.500 metros de altura, su equipo le ofrece que hable con sus padres, pero ella no quiere.
Aunque acordaron que no usaría su teléfono, creen que es un momento delicado, tal vez crítico, porque ella, cada vez que toma el bus hacia Mendoza, recuerda lo que dejó atrás y llora como llora ahora mientras empuja el paso por las curvas empinadas y para de vez en cuando a cubrir sus piernas con una toalla mojada. ¿Por qué hace esto? Ella dice que es para unir sus dos países y dar amor a sus padres.
Pero ¿ qué padres querrían que su hija sometiera su cuerpo a semejante rigor y castigo? Los camiones avanzan exigidos y apenas caben en la pista, lo que obliga a Carla a echarse a un lado y resignarse a su furia.
Cada curva tiene elementos que observar: gruesos muros de piedra que protegen de los derrumbes, lejanas montañas de roca, paredes, manchas de nieve, precipicios... Carla, sin embargo, se fija en las flores, las busca entre la tierra y el asfalto para romper la monotonía que ha construido en su cabeza y callar la voz que le suplica parar.
S N O I T C U D O R P E S I R H T R A E / O I S S O C D I V A D Y D R A N Y A M T T A M : S O T O F Correr distancias extremas es destruir el cuerpo, llegar al marasmo y alcanzar lo profundo.
En un descanso, Carla dice que ha pasado mucho tiempo con su cuerpo y que aún falta mucho para llegar a donde quiere (y no se refiere a Mendoza). Hoy lleva más de 60 kilómetros y por primera vez le pide a su equipo que no se adelanten, que los necesita con ella porque se siente mareada y frágil. Su apoyo médico lo forman Magdalena Torres y Carlos Oyanedel, doctora y enfermero, respectivamente.
En un comienzo, cuando Carla esperaba recaudar tres millones de pesos vía crowfunding (porque tenía solo el apoyo de Decathlon Chile) para financiar su proyecto, cada persona de su equipo iba a recibir un pago en honor al tiempo y los recursos invertidos en la carrera. Nada de eso ocurrió.
Recaudó solo 500 mil pesos y sin embargo, Magdalena y Carlos, también corredores, decidieron sumarse sin recibir un peso, y además con el compromiso de asumir sus propios gastos. ¿Qué ganan a cambio? ¿ Por qué dejan sus vidas para apoyar el sueño de otra corredora? La respuesta del equipo es escueta. “Porque nos gusta”. Día 3: Camiones Despierta de madrugada en el refugio de alta montaña del Ejército de Chile, unos kilómetros más abajo del paso fronterizo. Afuera ruge viento en contra y hace frío. Los soldados duermen, la carretera luce vacía y diminuta a los pies del cerro Alto de la Posada, con sus imponentes muros de roca.
Ayer le faltaron diez kilómetros para cumplir su meta diaria y ella recalca, con un gesto de preocupación, lo obvio: que no desaparecen, sino que se mueven para el día siguiente. ¿Cuánto margen de error tiene para cumplir su proyecto en cinco días? No es algo que le gusta discutir y su equipo tiene prohibido decirle cuántos kilómetros le faltan. De mentalidad cuadrada y obsesiva, ella da por hecho que lo va a lograr y en el plazo autoimpuesto. De lo contrario, para ella, sería un fracaso. Ahora, en su tercer día, el principal desafío, explica Magdalena, es luchar contra la fatiga acumulada, la altura y la falta de azúcar, para lo cual Carla come 65 gramos de carbohidrato por hora. No hay orden rígido: su antojo va desde pan con aceituna hasta pepinillos, compotas, geles deportivos y guayabas. Y para hidratarse, toma agua, bebidas energéticas y café. No siempre es fácil darle en el gusto.
Se sienta en una silla de playa, moja sus piernas con la toalla, recibe masajes en sus pies y se esfuerza por traducir El camino más largo a MENDOZA La atleta chilena Carla Fuenzalida se propuso correr desde la puerta de su casa en Santiago hasta la de sus padres en Mendoza, en una inédita carrera de 392 kilómetros por la cordillera de los Andes. ¿Qué la llevó a querer unir estas dos ciudades en cinco días? lo que su cuerpo le pide, teniendo presente que si algo le cae mal, puede perjudicar el proyecto. Aún es de noche. Carla alterna trote suave y caminata hasta llegar al fin de los caracoles. Más adelante, llega a un largo túnel que conduce al otro lado de las montañas, a Argentina, pero por seguridad, ella no puede correr por ahí.
Su equipo revisa el GPS y busca el camino de ripio que serpentea por las montañas hasta llegar al Cristo Redentor, en las altas cumbres, a través de una subida empinada de 600 metros de desnivel, incomparable en términos de dificultades al cruce por el túnel; pero al menos, podrá descansar de los camiones (los que según ella, ve cada vez que cierra sus ojos). Su ritmo baja al punto más lento de toda su travesía. Se ve frágil, más introspectiva, callada. Cuando alcanza el paso del Cristo, el sol está sobre ella. No hay turistas y las tiendas de artesanías están cerradas. Carla se arrodilla a los pies de la bandera argentina, levanta la cabeza, se acomoda el pelo hacia atrás y llora, y luego hace lo mismo con la bandera chilena. Nadie duda de que seguirá adelante. Día 4: Flow Amanece nublado, es decir, tiene suerte. El río Mendoza, achocolatado y turbio como el Mapocho, se abre paso por el valle y corre entre medio de paredes alpinas y cumbres atrapadas por otras que se interponen en su camino. El paisaje es menos intervenido que los valles cordilleranos chilenos, aunque el costado de la carretera está lleno de botellas con orina, papel confort, neumáticos rotos y envoltorios.
A cada tanto, las vías del antiguo ferrocarril transandino que operó entre 1887 y 1984 se cruzan con la carretera; su recorrido se tuerce violentamente, atraviesa acantilados, bordea el río y a veces corre libre valle abajo, donde se topa con muros derribados y cristales quebrados de construcciones que comparten el destino del abandono. Así es la Ruta 7, la que Carla sigue para llegar a Uspallata y luego a Potrerillos, su meta de hoy.
Anoche se levantó angustiada por los kilómetros que le faltaron y tuvo que hablar telemáticamente con su psicólogo; según su equipo, ahora se encuentra mejor y busca acercarse lo más posible a su casa antes del último día. En un descanso, Carla dice que pensaba que iba a disfrutar más esta parte del paisaje, cuya belleza es incuestionable. Pero ella solo ve la línea recta que tiene al frente, que sigue y sigue hacia el horizonte sin terminar, sin darle margen de juego, sin sorpreSÍMBOLO. Las vías del tren corren en paralelo a la carretera durante casi toda la travesía. sas, sola, como recalca ella, sola batallando contra el paisaje. Ya es de noche. Lleva 300 kilómetros en sus músculos. Apenas podría ver el asfalto si no fuera por los autos y su linterna frontal. Su equipo la sigue a baja velocidad y con luces intermitentes, maniobra peligrosa pues los autos circulan a cien kilómetros por hora. Cuando llega el momento de cruzar los túneles, la maniobra se vuelve aún más crítica. Carla va adelante, los autos la escoltan atrás y el equipo cruza los dedos para que los autos que vienen en camino se percaten a tiempo del taco y no choquen por alcance. La alternativa sería bajar hacia el río y luego volver a subir por un terreno pedregoso y accidentado, y repetirlo cada vez que toque un túnel. La idea nunca se plantea. Carla, sin miedo, avanza decidida. “Quiero sentirlo todo, sin distracciones”, dice ella mientras continúa recortando kilómetros en la oscuridad. Día 5: Sueño En el barrio de Maipú, en Mendoza, el padre de Carla cuelga las banderas de Argentina y Chile en la entrada de su casa. Se toma su tiempo, las cambia de lugar y mira de reojo por la carretera en busca de su hija. La casa de los Fuenzalida se ubica frente a la autopista y tiene vista a las montañas. Es una cuadra ruidosa, con pocas palmeras y un hoyo profundo entre la calle y la vereda por donde corre un canal. Los vidrios están enrejados y las fachadas se ven cuidadas, con la pintura impecable. Los vecinos se conocen y salen a conversar a la calle y le prestan sillas a los Fuenzalida para que reciban a sus invitados para celebrar a Carla. La puerta a la que llegará ella está abierta, se ve un partido de fútbol y decenas de empanadas crudas sobre la mesa. En las paredes, cuelgan sus medallas deportivas. Su padre, un hombre de edad que se viste como corredor para empatizar con el oficio de su hija, se ve agitado como un embalse al borde del colapso.
En el momento que dice el nombre de Carla se quiebra y llora, y aunque lo intenta, apenas puede hablar cuando explica que lleva despierto desde las cinco de la mañana y que aún le falta coordinar con el departamento de tránsito para que escolten a su hija durante los últimos metros. Carla, mientras tanto, corre liviana, con elegancia, como si estuviera ejecutando una coreografía. Su último obstáculo es el sueño que la persigue desde que despertó. Toma café, energéticas, lo que sea para seguir despierta. Su entrada a Mendoza coincide con la aparición de nubes densas y oscuras, luego truenos y chubascos; cruza puentes, esquiva el tráfico y provoca tráfico. “Infelices”, le grita molesto un repartidor afectado por el taco que provocan los autos de su equipo, que van en fila india a diez kilómetros por hora en la hora peak. Son casi las diez de la noche. Es viernes. La bohemia sale a las calles. Su padre se acerca a la carretera y mira contrariado hacia los bocinazos que anuncian su llegada. Vecinos y familiares se apresuran a saludarla, pero él permanece al frente de su casa porque sabe que ahí es donde su hija espera encontrarlo. Ella no lo ve. Su mirada apunta al suelo. Está en trance. Un momento antes de topar con el cuerpo de su padre, ella se detiene de golpe, como si hubiese chocado con una pared. Antes de caer rendida, los brazos de él la sostienen y ella se aferra a esos brazos como un náufrago a un trozo de madera en el mar.
D Autor: POR Matías Rivas Aylwin.. La atleta chilena Carla Fuenzalida se propuso correr desde la puerta de su casa en Santiago hasta la de sus padres en Mendoza, en una inédita carrera de 392 kilómetros por la cordillera de los Andes. ¿Qué la llevó a querer unir estas dos ciudades en cinco días? SOLEDAD. Aunque acompañada por un equipo, Carla vivió la experiencia inmersa en sus pensamientos. OBSTÁCULO. Los caracoles fueron uno de los puntos críticos de la travesía, debido a la altura y el desnivel. ENTRENAMIENTO. Para prepararse, Carla corrió 700 kilómetros en calle en enero.