Autor: JUAN RODRÍGUEZ MEDINA
LA VEJEZ: pesadumbre? ¿plenitud o ¿júbilo o carga?,
LA VEJEZ: pesadumbre? ¿ plenitud o ¿ júbilo o carga?, SOCIEDAD Una mirada filosófica y práctica AELOREIVAJOCSICNARF La república ha caído; es el año 45 a. C. y Julio César venció a Pompeyo.
A juicio de Cicerón, ahora Roma está en manos de un tirano, y él, reconocido político, orador y filósofo, se ve forzado a retirarse de la vida pública, o a reemplazar la palabra hablada por la escrita. Redacta tres obras ese año, y al siguiente, una cuarta, dedicada a la vejez. Su hija ha muerto hace poco y a él le queda apenas un año de vida; por supuesto que esto último no lo sabe, pero sí que es viejo, nació el año 106 a.
C., y que, como dice en una carta, “la vejez me está volviendo amargado, todo me irrita”. “En estos momentos aciagos Cicerón se vuelca al consuelo de la amistad con Ático, a quien dedica tres obras sobre tres asuntos de gran importancia, máxime en esta etapa avanzada de su vida: la gloria, la vejez y la amistad”, señala el filósofo Patricio Domínguez (1984), profesor de la Universidad de los Andes y responsable de una nueva traducción de “Sobre la vejez” (Universitaria), una obra que, contra esa amargura e irritación, reivindica la posibilidad de una vejez feliz, o al menos serena, compatible con los placeres y fructífera para la persona y la sociedad (ver recuadro). “Es un libro para viejos y jóvenes”, dice Domínguez. “Cicerón piensa que su libro sirve para ahuyentar dos pasiones: la tristeza y el temor. La primera tiene que ver con la experimentación de las privaciones de la vejez, que es lo que hacen los que ya son viejos.
La segunda nos compete a todos los que no somos viejos, pero que tememos llegar a viejos con achaques, sin capacidad de gozar, sin energía, sin que nadie se interese por nuestra experiencia”. “Es un libro para jóvenes en dos sentidos: por un lado, porque todo joven va a envejecer, y por otro, porque es interesante para un joven saber cómo se siente un viejo que tiene mucha sabiduría y experiencia acumuladas, pero que no siempre recibe la atención de parte de las generaciones que lo siguen”. A Simone de Beauvoir, la filósofa francesa, la vejez la golpeó en el cuerpo de Jean Paul Sartre, su amigo de intelecto y alma: en 1970, de regreso en París tras un viaje a Roma, y luego de una noche de vodka, el filósofo despertó y no podía controlar su cuerpo, tropezaba con las sillas y las mesas. Ella tenía 62 años; él, 65. Fue un aviso de que el tiempo pasa y el cuerpo resiente la vida que ha llevado.
Justo en ese momento Beauvoir estaba esperando la publicación de su nuevo libro, “La vejez”, en el que le da palabra a ese momento que, dice, la sociedad moderna niega o evita, que nombra con eufemismos (las personas, por ejemplo, no mueren, se van). “Cuando al final de La fuerza de las cosas (la tercera parte de sus memorias) infringí ese tabú, ¡qué indignación provoqué! Admitir que yo estaba en el umbral de la vejez era decir que la vejez acechaba a todas las mujeres, que ya se había apoderado de muchas”, escribe Beauvoir. “¡Con amabilidad o con cólera mucha gente, sobre todo gente de edad, me repitió abundantemente que la vejez no existe! Hay gente menos joven que otra, eso es todo.
Para la sociedad, la vejez parece una especie de secreto vergonzoso”. “El libro de Simone de Beauvoir sobre la vejez es la mejor denuncia sobre la desventura social de la vejez de todos los tiempos”, dice el sociólogo Eduardo Valenzuela (1955), profesor de la Universidad Católica, quien, al preguntarle cuánto hay de Agustín Squella. plenitud y júbilo y cuánto de carga y pesadumbre en la vejez, reivindica la actualidad del elogio que le dedica Cicerón.
“¿Que se pierden la fuerza y el vigor? Pero las mejores cosas se hacen con el consejo, el prestigio y el juicio. ¿Que se debilitan las fuerzas? Cicerón temía perder la fuerza de la voz que lo hizo un gran orador en un mundo donde no había micrófonos. Pero cada edad tiene lo suyo, la fragilidad en la niñez, la arrogancia y la fuerza en la juventud, la seriedad en la adultez y la madurez en la vejez”, dice Valenzuela.
“¿Que se pierde la capacidad de disfrutar de las cosas? Pero mucho mejor, porque en la vejez se vive bien anhelando poco y disfrutando de las cosas sencillas. ¿Y qué hay de la proximidad de la muerte? Pero nadie es tan tonto para creer que no puede morir mañana mismo”. “Cicerón conocía los defectos de la vejez, sobre todo la avaricia, la pesadumbre o el temperamento difícil e iracundo. Pero recomienda envejecer serenamente.
Por lo demás, todo el mundo envejece como ha vivido, de manera que la vejez no hace a una persona tan distinta de lo que siempre ha sido”. Además de las obras de Cicerón y Beauvoir, Valenzuela recomienda el ensayo de Séneca sobre el arte de morir, también cree que “la literatura cristiana sobre el sentido del sufrimiento y del dolor es indispensable” y juzga como “un libro precioso” el que publicó hace poco Agustín Squella sobre la vejez. Eterna juventud Y ASNISOJEDREVASILE Y LLEKANSA Y SOBRE LA VEJEZ Cicerón Traducción de Patricio Domínguez Universitaria, 2024,97 páginas, $10.000. FILOSOFÍA “tercera edad” (o a veces “cuarta”). “De manera que no podría establecer una ponderación universal acerca de cuánta plenitud y cuánta pesadumbre”, agrega Squella. “Pero hay algo que es parejo: malas condiciones materiales de existencia cargan la balanza del lado de la pesadumbre. Schopenhauer dijo: La pobreza en la vejez es una desgracia”. Qué le hace la vejez al carácter, al menos para su caso, Squella reconoce que lo ha confirmado. Y también le ha hecho saber “que, por lo general, no trae sabiduría, salvo que esta última se confunda con la paciencia o la resignación.
O con la sedación”. “Supuesto que la sabiduría sea un estado o forma de conocimiento posible de alcanzar en algún momento de la vida, es claro que a ella no se llega como resultado del proceso de envejecimiento. Lo que trae la vejez es silencio, y a veces todo lo contrario, o sea, una imparable locuacidad”, dice Squella.
Valenzuela, desde otra perspectiva, también duda del lazo entre senectud y sabiduría: “Los filósofos como Séneca y Cicerón consideraban que el principal recurso para rehabilitar la vejez (que siempre ha sido un estado socialmente despreciado) eran la sabiduría y la virtud. En alguna época se pensó que la longevidad era el resultado de haber vivido con sabiduría, y por lo tanto, la ancianidad era portadora de un saber valioso, que inspiraba respeto y asombro”, apunta.
“Pero entre nosotros apenas subsiste una cierta admiración por la vida longeva cuando se trata de un nonagenario, por ejemplo, sobre todo cuando la persona permanece activa y sana, pero atribuimos esto a una causa natural más que virtuosa.
A veces se dice que la posición del anciano se aseguraba en la memoria, pero la capacidad de retener el pasado a través de medios escritos y audiovisuales volvió crecientemente inútil la memoria oral. ¿Cómo se reivindica socialmente la vejez hoy? Hasta ahora la respuesta ha sido fatal: ojalá que sigan siendo jóvenes, sanos y activos, hasta el final”. La historiadora Ana María Stuven (1951), académica de la UDP y la UC, lo pone en estas palabras: “No se cuándo llegó, si llegó, la vejez. Es cierto que acumulo años, si eso es vejez. Creo que uno puede tener muchas juventudes y vejeces a lo largo de su historia; momentos de crecimiento y decadencia”. “Por mi oficio como historiadora, el tiempo está siempre presente”, agrega. “Las nociones de pasado, presente y futuro; el concepto de tránsito; la diferencia entre memoria e historia en mi propia vida me constituyen.
Si sabiduría es comprender que memoria y olvido se necesitan mutuamente, que el pasado no puede petrificarnos, que el presente no puede prolongarse hacia atrás, y que vivimos con el futuro abierto, entonces, tal vez, la vejez trae sabiduría. Yo vivo el tránsito de mi vida como historiadora, auscultando el tiempo, trabajando la memoria, y disfrutando de los múltiples relatos que podría construir desde mi propia historia. Disfruto imaginándolos”. Censo 2024 Stuven no cree que plenitud y júbilo sean lo opuesto a carga y pesadumbre, pues ambas conviven durante la vida. “¡Cuánta carga de omnipotencia en insensatez llevaba la juventud! ”, exclama. “No creo que en la vejez una reemplace a la otra.
Cambian las sensaciones de plenitud y júbilo a medida que vamos cambiando el foco de los ojos del corazón y la mente para apreciar nuevos goces, más serenos, y aguzar la mirada para seguir en actitud de descubrimiento”. “No me imagino el momento en que nada me sorprenda, incluso lo que he visto muchas veces. Mi pesadumbre es a veces preguntarme cuántas veces más podré seguir mirando con nuevos ojos el mismo lugar que siempre me ha maravillado.
Es cierto que el cuerpo puede ser una carga en ciertos momentos, pero llevarlo con dignidad, descubrirle otras formas de belleza, es también un aprendizaje que disminuye la pesadumbre”. Para leer la vejez, Stuven recomienda “De la brevedad de la vida”, de Séneca. “Me siento muy identificada con su visión de que no recibimos una vida corta, sino que nos la hacemos, y con la invitación a preguntarnos qué hemos hecho con el tiempo”, explica.
“Me interpela cuando sostiene que el mayor obstáculo para vivir es la espera, porque el tiempo está siempre en marcha”. Squella, por su parte, recomienda “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar, y “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway.
“Aquella porque desde la primera página examina literariamente, y con brillo, el cuerpo y la existencia de un hombre mayor; y la segunda por la tenacidad de vivir y el sentido que tiene empecinarse en disfrutar lo que se hace o lo único que se sabe hacer”. Y para ver la vejez, dos películas: “Amor, de Michael Haneke, desgarradora, y Juventud, de Paolo Sorrentino, teñida por la melancolía de lo incompleto, de lo inacabado, de la perentoria conciencia de la finitud. Cuando se ha ido perdiendo casi todo lo que antes atesoramos, solo falta perder la vida, pero asidos con la mayor determinación posible a la caña de pescar del viejo y el mar”, dice Squella.
Otra aproximación posible es el Censo 2024: “El envejecimiento de la población mantiene su tendencia al alza, aumentando el porcentaje de personas de 65 años o más de 6,6% en 1992 a 14% en 2024 y disminuyendo el porcentaje de personas de 14 años o menos de 29,4% a 17,7% en el mismo período”. Ese es uno de los primeros resultados entregados esta semana por el INE. Además, según proyecta el Observatorio del Envejecimiento de la UC, en 2050 tres de cada diez personas tendrán más de 80 años. Y en 2022 el propio INE previó que en 2045 los viejos o mayores de 65 duplicarán a los menores de 15. Chile, entonces, va camino a ser un país de viejos, ¿será también un país para viejos? “La vejez es biográfica, es decir, personal.
De ahí lo de vejeces”, advierte Squella (1944), abogado, ensayista y profesor emérito de las universidades Diego Portales y de Valparaíso, al preguntarle por la plenitud y la carga que trae lo que el decoro tecnocrático llama. La caída de la natalidad y la reforma de pensiones nos recordaron que Chile envejece. Los resultados del Censo 2024 lo ratificaron. A propósito de este hecho social y de la reciente publicación de “Sobre la vejez”, de Cicerón, traducido por el chileno Pat Eduardo Valenzuela. Ana María Stuven.