Autor: ALONSO MIRANDA VÁSQUEZ, PROFESOR DE HISTORIA
Columnas de Opinión: Cuando el fin del mundo se vuelve destino de lujo
Columnas de Opinión: Cuando el fin del mundo se vuelve destino de lujo La llegada de turistas a la Antártica ha vuelto a instalarse en el debate público durante los últimos días, no por un hito científico ni por un acuerdo ambiental, sino por la presencia de celebridades y millonarios que han convertido al continente blanco en el nuevo trofeo del turismo extremo. La reciente visita de Nicole Kidmacaptada en el aeropuerto de Punta Arenas, volvió a poner el foco sobre una tendencia que crece silenciosamente y que plantea preguntas incómodas. No es un fenómeno aislado. En la misma temporada han trascendido viajes de Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones, así como visitas anteriores de figuras como Will Smith.
Todos ellos forman parte de una élite global que puede pagar entre 10 y más de 26 millones de pesos por una experiencia que promete exclusividad, paisajes intactos y la sensación de haber llegado donde pocos lo hacen. El problema es que ese "pocos" ya no lo es tanto. Con cerca de 125 mil visitantes por temporada -más del doble que hace apenas cinco años-, la Antártica dejó de ser un territorio remoto para convertirse en un destino aspiracional. Vuelos de dos horas desde Sudamérica, cruceros de lujo, caminatas sobre el hielo y observación de fauna conforman un catálogo que se vende como aventura responsable, pero que avanza en un terreno peligrosamente frágil. La contradicción es evidente.
Mientras la comunidad científica alerta sobre el retroceso de los hielos, la pérdida de biodiversidad y el rol clave del continente blanco en la regulación climática del planeta, el turismo sigue creciendo sin una regulación internacional vinculante. Hoy, gran parte de la actividad depende de códigos voluntarios y de la supuesta "conciencia ambiental" de los operadores. Una apuesta débil para un ecosistema que no admite errores. Chile, como uno de los principales puntos de acceso a la Antártica, no puede mirar este fenómeno solo como una oportunidad económica o una vitrina internacional. Punta Arenas se ha consolidado como puerta de entrada al continente blanco, pero también como testigo directo de una presión creciente sobre un territorio que pertenece, en rigor, a toda la humanidad. La pregunta es si estamos dispuestos a asumir un rol más activo en la defensa de ese patrimonio común. El turismo antártico no es, en sí mismo, el enemigo. Bien regulado, puede contribuir a la educación ambiental y al financiamiento de la ciencia.
Pero cuando se transforma en un símbolo de estatus, impulsado por celebridades y fortunas globales, corre el riesgo de banalizar uno de los últimos espacios verdaderamente prístinos del planeta La Antártica no necesita más flashes ni selfies de lujo. Necesita reglas claras, límites estrictos y una convicción política global que entienda que hay lugares que no pueden ser tratados como destinos de moda. Porque cuando el fin del mundo se convierte en un producto exclusivo, el costo no lo pagan quienes pueden viajar, sino el planeta entero. Autor: ALONSO MIRANDA VÁSQUEZ, PROFESOR DE HISTORIA. La columna de. ..