Columnas de Opinión: La violencia se aprende
Columnas de Opinión: La violencia se aprende María Gabriela Huidobro Salazar Doctora en Historia Decana Asociada EHE, Tecnológico de Monterrey Académica de la Universidad Andrés Bello sta semana, otra vez fuimos testigos de la violencia escolar. El caso más notorio ocurrió en Talcahuano, donde numerosos docentes y estudiantes terminaron heridos después de E una riña masiva. El hecho se suma a una lista de episodios lamentables ocurridos en los últimos años y que vivió uno de sus capítulos más tristes con el asesinato de una inspectora en Calama, en marzo pasado. En paralelo, el proyecto Escuelas Protegidas avanza en el Senado.
Esta semana, la Comisión de Educación aprobó por unanimidad la idea de legislar, pasando ahora a la revisión de artículos que se concentran en medidas de seguridad y prevención desde una mirada que, aunque necesaria, a veces parece más policial que educativa. La propuesta plantea advertencias y castigos que regularán las conductas, incluso las formas de vestir, esperando contribuir así a replantear códigos de relacionamiento que, a la larga, favorezcan una convivencia segura. Lamentablemente, los tiempos han hecho que esto parezca necesario, pero no nos ilusionemos: es difícil creer que todo cambiará si, tal vez, estamos abordando el problema con una mirada aún demasiado estrecha. Aunque se manifieste en los colegios, la violencia no es un fenómeno encapsulado en las salas de clases, sino el reflejo de un clima social muchísimo más amplio. Niños y jóvenes no aprenden solo en la escuela: también aprenden observando en cada círculo donde se desenvuelven, incluido el mundo digital. Y lo que ven hoy en el espacio público es inquietante. En pocos días vimos al diputado Javier Olivares ser agredido en Olmué, mientras el diputado Jaime Araya denunciaba amenazas de muerte en medio de tensiones legislativas sobre el proyecto de Reconstrucción Nacional. Está de más decir que nada justifica una agresión o amenaza y que la violencia nunca puede convertirse en un método legítimo de acción política. No obstante, sería superficial quedarnos sólo en la condena inmediata sin observar el ambiente que se ha incubado.
Entre medio de esos hechos aparecen también las provocaciones deliberadas, los gestos destinados a exacerbar antagonismos, las ironías agresivas, los discursos donde el adversario deja de ser un contendiente democrático para transformarse en un enemigo moral. La política chilena parece haber olvidado ese concepto de la auctoritas que debería investirla, cayendo en un pozo de estridencia vacía.
Aunque también padecieron estos problemas, los antiguos romanos reconocían la diferencia entre poder y autoridad, así como el fundamento moral de este última. "La vida del gobernante es una censura permanente; hacia ella nos orientamos, hacia ella nos volvemos, y necesitamos menos de su poder que de su ejemplo", decía Plinio el Joven en su panegírico al emperador Trajano. Séneca, por su parte, enfatizaba en sus consejos estoicos para los gobernantes, que una señal de grandeza era mantenerse imparcial e imperturbable ante toda provocación. No parecen reflexiones lejanas. Hoy la discusión pública se encuentra saturada de descalificaciones, sarcasmos hirientes y bravatas diseñadas para viralizarse antes que para construir.
La violencia física es apenas el último eslabón de una cadena cultural que comienza mucho antes: en el lenguaje, los tonos, la incapacidad de reconocer límites o de respetar al adversario y en la permanente teatralización del conflicto. En el Decálogo del Maestro, Gabriela Mistral nos recordaba la importancia de educar con el ejemplo: "Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en el aula. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra". No es un mensaje exclusivo para los profesores, sino para toda la sociedad y, en especial, para quienes ejercen roles públicos de responsabilidad política. No habrá ley de convivencia escolar suficientemente eficaz si los adultos seguimos normalizando -y a veces azuzandola violencia cotidiana en el debate político, en redes sociales, en los medios y en la vida pública. No podemos exigir contención emocional a las nuevas generaciones mientras sus referentes actúen desde la provocación permanente o desde la lógica del insulto y la amenaza. Las escuelas necesitan protección, pero sobre todo, necesitan ejemplos. Niños y jóvenes no aprenden solo en la escuela. También aprenden observando cada círculo donde se desenvuelven y lo que ven hoy es inquietante".. Niños y jóvenes no aprenden solo en la escuela. También aprenden observando cada círculo donde se desenvuelven y lo que ven hoy es inquietante".