Columnas de Opinión: El conocimiento inútil
Columnas de Opinión: El conocimiento inútil CARLOS PEÑA La civilización gira alrededor del conocimiento. Esa es una verdad incuestionable. Y también lo es que el conocimiento es falible de manera tal que nunca sabemos qué parte de él servirá y cuál, en cambio, será desechable o resultará haber sido un esfuerzo inútil. Pensar este problema viene a cuento una vez que el Presidente Kast insinuó que quizá gastar en libros (que nadie leía, dijo) era un despilfarro. Y es que hay libros que no se sabe muy bien para qué sirven, qué utilidad prestan o cuántos empleos crean. Como ello no suele ocurrir con los libros de tecnología, o medicina o matemáticas, es probable que el Presidente haya estado pensando en las humanidades. ¿Tiene razón el Presidente? Veamos. Un buen ejemplo es “Ser y tiempo”, de Heidegger.
Allí describe nuestra existencia como envuelta en convenciones anónimas a las que llama “el Uno” (uno trabaja, uno opina). De pronto, explica, caemos en la cuenta de que la existencia consiste en elegirse de cara a la muerte y sobreviene la angustia. ¿Cuántos empleos crea ese libro que Heidegger escribió mientras estaba sentado en la universidad? Desde luego, ninguno; pero la comprensión que tenemos de nosotros mismos y de la condición humana es muy distinta después de ese libro que el profesor Heidegger guardaba en un cajón de su escritorio (por supuesto, lo escribió gracias a fondos públicos). Veamos otros ejemplos. Melville escribió “Bartleby, el escribiente” (quien cuando se le encargaba algo decía: “preferiría no hacerlo”), y gracias a él hoy comprendemos el nihilismo y el desánimo. Kant escribió la “Crítica de la razón práctica”. No creó puesto de trabajo alguno; pero gracias a él ensanchamos nuestra conciencia moral.
Y para no ir más lejos, el gran filósofo chileno Roberto Torretti contó que mientras escribía su “Kant” (un texto citado en todos los estudios sobre el filósofo), una secretaria reclamó porque el profesor ocupaba fondos públicos escribiendo libros (como se ve, ella era una proto republicana). Y podríamos seguir. Por supuesto hay también otros libros (es probable que la mayoría) que son basura; pero en general, eso no se sabe luego de mucho tiempo. Inicialmente no fueron tomados en cuenta y más tarde fueron imprescindibles.
Un buen caso es el “Gran Gatsby”, de Fitzgerald (“y eso somos: barcos contra la corriente navegando sin cesar hacia el pasado”. Esa frase puesta al final vale el libro completo). Sin embargo, fue un fracaso. No agotó la primera edición. O “Frankenstein”, de M. Shelley, que se consideró inicialmente una tontería amoral. Pero se dirá esos ejemplos son cumbres luminosas rodeadas de lodo. Y es verdad. El problema es que no lo podemos saber ex ante. Los lectores discriminan luego de leer y la influencia cultural es lenta y morosa.
Por eso el Presidente puede tener razón en algunos casos (que desgraciadamente no identifica, libros que, sin duda, debió haber leído y evaluado antes de decir que son inútiles), pero como lo dijo en un sentido general, no cabe sino subrayar que está en medio de un error.
Y un error peligroso para cientos, sino miles, de profesores que hacen investigación o escriben ensayos y postulan a subsidios con la ilusión de publicar; pero que luego de oír al Presidente se acaban de enterar que su esfuerzo no vale la pena, porque no crean empleo.
Es verdad que esos cientos y a veces miles de profesores a veces escriben tonteras incomprensibles o simplemente al compás de lo que se juzga políticamente correcto (una lectora daba estupendos ejemplos en una Carta al director), al igual que hacen otros que escriben novelitas o folletines al compás de lo que juzgan gustaría a las masas. Es cierto.
Pero esos casos no deben conducir a sostener, o insinuar, que un libro para valer la pena debe crear empleo; salvo, claro está, que en estos tiempos de emergencia el simplismo del empleo se erija de pronto en el criterio supremo para juzgar el valor de las cosas y decidir invertir o gastar en ellas.
Y si, en consonancia con lo anterior, se descarta que el tema del empleo sea el criterio final, la pregunta que cabe entonces formular es cuál sería la medida del valor de los textos que, aplicada ex ante, permitiría decidir si financiarlos o no. ¿Cuál sería la medida y quién la aplicaría?, ¿la medida serían los objetivos del desarrollo? (en el gobierno anterior se proponía que el financiamiento a las universidades debía estar en consonancia con los objetivos nacionales) ¿ Y cuál la autoridad que lo aplicaría? ¿ El Ministerio de Educación quizá? Es incuestionable que la civilización gira alrededor del conocimiento y que este es falible. Y que entre miles y millones de páginas hay solo algunas pocas que modificarán nuestra condición. Las demás parecerán tontas e inútiles. Pero antes de leerlas no podemos saber cuáles. n Es verdad lo que observó el Presidente. Hay libros que no vale la pena financiar; aunque desgraciadamente no dijo cuáles eran los que, luego de leerlos, le merecieron ese juicio.. Es verdad lo que observó el Presidente. Hay libros que no vale la pena financiar; aunque desgraciadamente no dijo cuáles eran los que, luego de leerlos, le merecieron ese juicio.