Autor: RELATO Y FOTOS: Alejandro Avaría Z., DESDE INDIA. EDICIÓN: Sebastián Montalva W.
La otra ciudad sagrada del HINDUISMO
La otra ciudad sagrada del HINDUISMO Viajar por India es una experiencia sensorial y visual. Más que un recorrido geográfico, cada tramo del camino revela nuevas texturas, historias y luces, y nos recuerda que en este país muchas veces lo más extraordinario ocurre entre un destino y el siguiente.
En esta oportunidad, nuestro objetivo era hacer un viaje por distintos lugares del país, pero con una búsqueda en particular: queríamos encontrar rincones no muy vistos ni muy fotografiados, pero que tuviesen varios símbolos atractivos desde la mirada occidental. Y así, junto a un grupo de viajeros y fotógrafos chilenos, fue como llegamos a Púskhar, en el estado de Rajastán, en el noroeste del país.
Situada en el borde del desierto de Thar, a unos 460 kilómetros o siete horas por tierra desde Delhi, esta es una de las ciudades más antiguas de India y también un lugar sagrado para el hinduismo. Aquí se encuentra el lago Púshkar Sarovar, que está rodeado de 52 ghats o escalinatas ceremoniales que los peregrinos usan para bañarse en sus aguas.
Según la tradición hinduista, este lago nació cuando el dios Brahma dejó caer una flor de loto sobre la tierra y, desde entonces, miles de fieles viajan hasta aquí para realizar abluciones rituales, ofrecer flores, encender lámparas y caminar en silencio alrededor del lago. A pocos pasos se levanta además una de las edificaciones religiosas más singulares de toda India: el templo de Brahma, el más importante dedicado al dios creador dentro del hinduismo. Por esta razón Púshkar ha sido durante siglos un lugar de peregrinaje espiritual. Para muchos creyentes, llegar hasta aquí y realizar el ritual en el lago representa un acto de purificación y renovación. Nuestro viaje en sí comenzó en Delhi, una ciudad donde el tiempo parece convivir en capas. Es el punto de inicio de una PÚSHKAR: travesía que lentamente se adentra en el norte de India, recorriendo ciudades históricas, templos, mercados y paisajes que siempre parecen estar a la espera de una fotografía. Desde la capital, el camino conduce hacia Jaipur, la llamada Ciudad Rosa. El trayecto permite comenzar a entender el pulso del país: carreteras donde conviven camiones pintados, motocicletas, camellos y bicicletas, mientras el paisaje cambia lentamente entre pueblos, campos y pequeños templos al borde del camino. En Jaipur aparecen los primeros grandes escenarios: palacios, observatorios astronómicos y fachadas monumentales que al atardecer se tiñen de tonos cálidos. Desde allí la ruta continúa hacia Púshkar, atravesando el corazón del Rajastán. El viaje se vuelve más polvoriento y rural, acercándose poco a poco al desierto.
Púshkar, que de alguna forma recuerda al pueblo de La Tirana, en el desierto de Tarapacá, recibe con una atmósfera completamente distinta: un lugar que durante los días que estuvimos en noviembre se transforma completamente por uno de los eventos culturales más singulares de India: la feria de camellos. Durante cinco días, en las cercanías del desierto de Thar, se levanta un paisaje casi irreal: miles de camellos llegan junto a sus cuidadores desde distintos rincones del Rajastán. Comerciantes, pastores nómadas, músicos y peregrinos comparten un mismo territorio temporal hecho de polvo, colores y movimiento, formando una especie de campamento gitano en medio de la arena. Las siluetas de los animales recortadas contra el cielo del atardecer, las caravanas avanzando lentamente y los mercados improvisados, convierten a este lugar en un escenario humano extraordinario para la fotografía. A diferencia de otros destinos más reconocidos y populares, como Jaipur o la también ciudad sagrada de Varanasi, en Púshkar nos sucedió algo muy particular: prácticamente no vimos a otros fotógrafos occidentales.
De hecho, en la feria de camellos, que tiene como objetivo la compra y venta de estos animales, y todo lo relacionado con sus herramientas y utensilios, éramos nosotros lo que de pronto comenzamos a llamar a la atención. La gente tenía una confianza extrema con nosotros y realmente disfrutaban que los fuéramos a visitar, y que alguien de occidente estuviera presente en un evento tan tradicional para ellos. Así que tuvimos el privilegio de compartir y ser parte de sus invitados de una forma espontánea. Recuerdo especialmente a una señora mayor que se nos acercó y nos invitó a tomar un té chai hecho con leche de cabra al interior de su carpa. Allí nos presentó a su familia, también a las siete cabras que tenía adentro de su tienda, mientras sus parientes tocaban música tradicional para nosotros. Estas son ceremonias que tú tienes que aceptar de una forma abierta, porque así logras que te integren y seas parte de ellos, aunque sea por unos momentos. Eso era justamente lo que buscábamos. Como fotógrafo, creo que un viaje a la India se construye a partir de la visualización, de definir primero qué quieres ver y retratar. Entonces, la imagen pasa a ser el tema más relevante y todo lo que está detrás, el aura del lugar, queda como complemento. En mi caso yo me había puesto un pie forzado, que era llevar solo un lente de 50 milímetros. Eso significaba que tenía que tener un acercamiento, construir una relación con las personas que iba a fotografiar, pero sin ser invasivo, para generar la imagen que esperaba. Durante la feria se realizan carreras de camellos y exposiciones muy llamativas OVARBOLBAPNAUJ Autor: RELATO Y FOTOS: Alejandro Avaría Z., DESDE INDIA. EDICIÓN: Sebastián Montalva W.. En el corazón del Rajastán, Púshkar es uno de los sitios de peregrinación más importantes del hinduismo.
Menos común entre los grandes circuitos turísticos de India, aquí se encuentra uno de los únicos templos donde se venera al dios creador Brahma y, además, se realiza uno de los eventos culturales más particulares del país: una feria de camellos en medio del desierto. RITOS. Durante la feria, las familias se instalan en carpas y comparten sus tradiciones con el resto de los visitantes. CREENCIA. La fe y la espiritualidad son parte fundamental de la vida en Púshkar. Son las razones que mueven a sus habitantes. EVENTO. La feria de camellos se celebra anualmente en noviembre y reúne pastores y peregrinos. COMERCIO. La feria de camellos es una especie de compraventa de todo lo relacionado con estos animales y su domesticación. SÍMBOLO. Existen muy pocos templos huinduistas dedicados a Brahma. El de Púshkar es el principal: su origen tiene que ver con una leyenda relacionada con una traición de este dios creador hacia su esposa. VESTIMENTA. Las mujeres usan saris de distintas tonalidades en torno al rojo. HERENCIA. El color de los turbantes representa la identidad de las personas. RITOS. Durante la feria, las familias se instalan en carpas y comparten sus tradiciones con el resto de los visitantes. ARTE. La música tradicional se escucha en distintos lugares de Púshkar. Son parte esencial de las ceremonias y una forma de rendirle culto a las divinidades. Instrumentos de cuerda como la chautara tandura o la rawanhathha son típicos de esta región. ARTE. La música tradicional se escucha en distintos lugares de Púshkar. Son parte esencial de las ceremonias y una forma de rendirle culto a las divinidades. Instrumentos de cuerda como la chautara tandura o la rawanhathha son típicos de esta región. FE. Una escena común en Púshkar: rituales de meditación y purificación. OCASIÓN. Considerada una de las ferias de ganado más grandes del mundo, este evento coincide con el festival hindú en el lago Púshkar, donde se le rinde culto al dios Brahma. HISTORIA. El año de fundación de Púshkar es incierto. Según la mitología hindú, fue creada por Brahma. ARTE. La música tradicional se escucha en distintos lugares de Púshkar. Son parte esencial de las ceremonias y una forma de rendirle culto a las divinidades. Instrumentos de cuerda como la chautara tandura o la rawanhathha son típicos de esta región.
La otra ciudad sagrada del HINDUISMO como el Sand Art Festival, una muestra de enormes e intrincadas esculturas de arena que elaboran artistas locales y que representan distintos elementos de su cultura, ya sea de un dios, o de los mismos camellos. Alguna de ellas pueden medir más de 5 metros de altura: es una escala impresionante. Las levantan junto a la feria y quedan ahí por un tiempo, hasta que se deshacen con el viento. Construida a orillas del lago del mismo nombre, Púshkar es una ciudad bañada, fundada y orientada por el tema espiritual. Lo más importante es el tránsito de veneración y conexión con lo sagrado. Eso se nota, por ejemplo, en el uso del sari por parte de las mujeres: la profundidad de los colores que utilizan, como el roCULTURA. El desierto de Thar es es el escenario natural de la feria de camellos, que también incluye carreras, concursos de danza y un festival de esculturas de arena, entre otras actividades. Al lado, uno de los medios de transporte más prácticos en Púshkar. jo, tienen que ver con un acercamiento hacia este lado más espiritual. Al ser una ciudad sagrada existen ciertas restricciones, como que está prohibido el consumo de alcohol. Además, Púshkar no tiene la urbanización clásica, sobre todo desde un punto de vista más occidental o español. Es otra lógica, una especie de caos ordenado. Las calles no son rectangulares, sino más bien curvas, con adoquines, y los ejes tienen que ver con los templos y con lo que significa la cultura de la oración. El casco central de Púshkar es transitable solamente en bicicleta, a pie o en tuktuks. Es muy raro ver otro tipo de vehículo, porque además perderían el tiempo: hay tanta gente dando vuelta que resultaría casi imposible avanzar. Como sea, por más que a veces uno tenga que enfrentarse a miles y miles de personas que caminan hacia ti, sobre todo durante las peregrinaciones, es un lugar donde uno se siente seguro. Alguien podría pensar que moverse por cuenta propia en estos sitios es peligroso, como que en cualquier momento podrían asaltarte o robarte el equipo fotográfico, pero eso no sucede. La percepción de seguridad es exquisita, y muy distinta a la que uno comúnmente tiene en occidente. En Púshkar, tal como sucede en otros lugares de India, es la espiritualidad lo que manda. Es parte de su vida. Eso uno lo puede ver en los puntos de colores verdes, rojos, amarillos que las personas llevan en su frente. Esos puntos marcan las etapas de su camino espiritual: los que entraron en el período de oración tiene un color, las mujeres tienen un punto rojo cuando están casadas. Esa es la lógica que poco a poco comenzamos a entender mientras recorríamos sus calles.
El templo de Brahma, por cierto, también mostraba el carácter sagrado de Púshkar, y la espiritualidad de los miles de peregrinos que llegan hasta aquí para venerarlo durante el llamado Kartik Purnima, el festival hindú que se celebra durante la luna llena del mes de Kartik (aproximadamente, noviembre) y que marca la culminación de ese ciclo sagrado. No existe otro lugar como este en India que esté dedicado al dios creador.
Y esto se explica por una leyenda del hinduísmo que dice que Brahma, quien debía realizar un sacrificio a orillas del lago junto a su esposa Savitri, perdió la paciencia porque ella se había retrasado en llegar, entonces decidió casarse con una joven local, Gayatri. Cuando Savritri se enteró de la traición, enfurecida maldijo a Brahma, decretando que solo sería adorado en Púshkar y no en otros lugares del mundo. La devoción de los fieles que se ve y siente en este lugar es impactante. Llegan miles de personas, familias completas que esperan horas su turno para subir por las escaleras del templo y rendirle culto a Brahma. Es una visita rápida, pero muy intensa y potente, de peregrinos que a veces recorren dos mil kilómetros solo para verlo, aunque sea por un par de segundos.
Así, entre la espiritualidad del lago y el bullicio de la feria de los camellos, Púshkar de pronto se convertía en un escenario único, donde lo sagrado y lo cotidiano convivían en el mismo espacio: peregrinos rezando al amanecer, comerciantes negociando en el desierto y camellos que seguían atravesando lentamente la luz dorada del Rajastán. D Autor: RELATO Y FOTOS: Alejandro Avaría Z., DESDE INDIA. EDICIÓN: Sebastián Montalva W..