Editorial: La “agenda oculta”
Editorial: La “agenda oculta” Uno de los tópicos recurrentes del discurso opositor ha sido el de la “agenda oculta” que supuestamente estaría impulsando el Gobierno. Desde el proyecto de reconstrucción hasta los recortes presupuestarios, e incluso los dictámenes de la Dirección del Trabajo, obedecerían todos a un mismo inconfesado plan. Este buscaría la “refundación” del país por la vía de reducir el Estado a su mínima expresión, en nombre de una ideología “neoliberal” a ultranza.
Dirigentes políticos, organizaciones sindicales y columnistas afines lo repiten (“agenda oculta”, “reforma encubierta”, “objetivo no declarado”) y parecen hallar en cada nuevo anuncio una confirmación, para terminar concluyendo: “nos engañaron”. La fórmula ha de satisfacer el apetito de algunos por las teorías conspirativas, pero no contribuye a un debate público honesto.
Y es que ¿ puede hablarse de agendas ocultas cuando un gobierno está haciendo aquello a lo que se comprometió en su programa? ¿ Alguien podría declararse sorprendido de que se proponga al Congreso la rebaja del impuesto corporativo, en circunstancias que el tema fue ampliamente debatido durante toda la campaña presidencial? Aun así, se ha llegado al absurdo de denunciar una “reforma tributaria encubierta”, como si alguien hubiera pretendido ocultarla.
Lo mismo cabe respecto de los recortes presupuestarios, de nuevo, una materia reiterada una y otra vez en los debates de campaña, cuando precisamente se cuestionaba al candidato Kast por la drasticidad del ajuste que pretendía hacer. La ciudadanía, sin embargo, le dio su apoyo y hoy, como Presidente, lo está implementando. Nada de ello, sin embargo, obsta al afán denunciatorio. Y la CUT igualmente se suma, a propósito de dictámenes de la Dirección del Trabajo (DT): ellos también serían parte de la “agenda oculta”, porque modifican criterios sin pasar por el Congreso.
La repentina preocupación por el ejercicio de las facultades interpretativas de la DT no deja de sorprender, si se piensa que durante el gobierno anterior ese organismo, por la misma vía administrativa, alteró la jurisprudencia de una década en materia de “servicios mínimos”, forzando el texto expreso de la ley e instalando una incerteza jurídica que a la CUT poco le importó.
Irónico resulta, a su vez, el que todo cambio que intente la administración Kast sea motejado de “refundacional”. Hace menos de cinco años, la izquierda aplaudía eufórica a Elisa Loncon, presidenta de la Convención Constitucional, cuando ella anunciaba su propósito de “refundar” Chile; hoy, la misma izquierda usa el término como anatema.
Como sea, parece un sinsentido hablar de refundación cuando el Gobierno busca rebajar el impuesto corporativo a un nivel que seguiría siendo superior al que ese tributo tenía antes de la reforma de Michelle Bachelet de 2014. ¿De verdad eso es refundar? Y, en la misma línea, ¿es sostenible afirmar que los ajustes presupuestarios que impulsa el ministro Quiroz son el instrumento para llegar al “Estado mínimo”? Una mirada a las cifras fiscales del primer trimestre, resumen de la herencia que recibió este gobierno, revela que ese ajuste es simplemente una necesidad si se quiere recuperar la credibilidad del país en estas materias y poner alguna contención al crecimiento de la deuda. Pero aunque los discursos sobre la “agenda oculta” tengan escaso sustento, sí dan cuenta de las debilidades en la gestión político-comunicacional oficialista.
Frente a una oposición que apela al maniqueísmo más burdo, el Gobierno no logra dejarle claro a la ciudadanía que su plan económico dista de ser un “lujo” ideológico y que, por el contrario, se trata de un esfuerzo serio por crear condiciones que incentiven la inversión y eleven nuestro crecimiento, único camino efectivo para generar más oportunidades y mejorar sostenidamente la vida de las personas. Sin un relato que explique el sentido de lo que está haciendo esta administración, otros se encargarán de llenar ese vacío con sus propias y conspiratorias versiones.
El discurso opositor apela al gusto de algunos por las teorías conspirativas, pero no contribuye a un debate honesto.. El discurso opositor apela al gusto de algunos por las teorías conspirativas, pero no contribuye a un debate honesto.