Columnas de Opinión: La violencia insiste y no estamos logrando escuchar
Columnas de Opinión: La violencia insiste y no estamos logrando escuchar En las últimas semanas los episodios de violencia y amenazas en los colegios han ocupado diversos los titulares. Biobío no ha sido la excepción, de acuerdo con la SEREMI de Seguridad registra 258 denuncias por amenazas, rayados y otros hechos de violencia escolar desde el 1 de marzo hasta la fecha.
La pregunta incómoda que necesitamos hacernos es: ¿ por qué las respuestas institucionales no están logrando contener esta escalada? Un primer elemento, es que seguimos leyendo la violencia como casos aislados: un estudiante difícil, una familia ausente, un docente ineficiente. Pero cuando los episodios se repiten en distintos contextos, estamos frente a síntomas de un sistema. Desde esta perspectiva, es urgente mirar la violencia como una expresión, desorganizada y dañina de algo que no está funcionando.
Un segundo elemento es que hoy, muchos establecimientos educativos operan bajo una lógica de urgencia, donde gran parte de la energía se destina a responder a episodios de incivilidad o violencia y, luego, a contener sus efectos: quejas, denuncias, presión externa. Este modo de funcionamiento instala un circuito difícil de romper: se actúa caso a caso, se contiene la crisis, pero no se modifican las condiciones que la generaron. Así, el esfuerzo de los equipos se consume en la reacción, sin tiempo ni espacio para abordar el problema de fondo. Junto con lo anterior, es posible identificar algunas paradojas.
Por una parte, el entorno comunicacional y de redes sociales, que podría contribuir a que las comunidades educativas estén mejor informadas y puedan hacer su parte en la prevención y el cuidado; también amplifican cada episodio y exponen a los establecimientos educativos a un escrutinio constante, condicionando decisiones que priorizan la contención inmediata por sobre procesos formativos de más largo plazo. Por otra parte, la incorporación de equipos especializados -psicopedagogas, psicólogas, fonoaudiólogas, entre otras profesionalespodrían constituir un apoyo valioso poder ayudar a aprender a diversidad de estudiantes y así mejorar el clima de aula.
Sin embargo, en muchos casos también ha difuminado los límites de roles y responsabilidades, debilitando la claridad sobre quién conduce qué procesos y, en ocasiones, erosionando la autoridad pedagógica de los docentes en el aula. ¿Qué hacer entonces? La evidencia acumulada muestra que no basta con intervenir en algunos estudiantes o casos particulares o cuando la crisis ya estalló. Los enfoques más efectivos avanzan en otra dirección, en una mirada de escuela total, capaz de fortalecer las condiciones cotidianas que se adelantan a la violencia. Esto implica más trabajo en promoción: vínculos de confianza, normas claras y compartidas, desarrollo socioemocional, participación, coordinación entre adultos y sentido de pertenencia. Sin embargo, aquí aparece la principal dificultad.
Aunque transversalmente se reconoce la urgencia de promover la salud mental, la pertenencia y el cuidado de las comunidades, el propio sistema no prioriza lo indispensable: tiempo y espacios para fortalecer los vínculos y resguardar aquello que una comunidad comparte. Difícilmente cambiaremos esta realidad si no nos detenemos a pensar juntos, acordar transformaciones concretas y sostenerlas en el tiempo.. DRA. VIVIANA HOJMAN A. Coordinadora territorial de CELITED UC