Autor: Rafael Gumucio
Columnas de Opinión: Otra vez lo mismo
Columnas de Opinión: Otra vez lo mismo M i corazón está en Lirquén. Está en Punta Parra, donde vi algunos de los mejores atardeceres de mi vida, en esa costa que hoy está rodeada por un cinturón de fuego. No es difícil mirar esas imágenes y sentir una poco novedosa mezcla de tristeza, rabia y cansancio. El cansancio de saber que esto no es nuevo. Hace años que se advertía que esta zona estaba entre las más expuestas a un gran incendio forestal. No como una intuición poética ni como un presentimiento apocalíptico, sino como un dato. Se dijo. Se escribió. Se publicó. Y sin embargo, cuando el fuego llega, actuamos como si fuera una sorpresa desagradable, como si la tragedia hubiera caído del cielo y no brotado, una vez más, desde el suelo seco y abandonado. Siempre decimos lo mismo: fue inevitable. Como si inevitable fuera sinónimo de natural, de fatal, de ajeno. El fuego puede ser inevitable; la devastación no siempre lo es. Pensar en eso duele, porque abre una puerta incómoda: la de lo que no hicimos. Tal vez no se habría evitado el incendio. Pero tal vez se habría evitado algo. Una casa, un cerro menos negro, una vida. Nunca lo sabremos. Y esa ignorancia también quema. Hay lugares que no son solo lugares. Son recuerdos, veranos, conversaciones, silencios, una manera de estar en el mundo. Verlos arder no es sólo una noticia, es una forma de duelo. Seguimos actuando como si el país fuera una sucesión de emergencias imprevisibles, no una historia que se repite con una precisión casi obscena. Eso es lo verdaderamente insoportable: más allá del fuego, nuestra asombrosa capacidad para acostumbrarnos a él. Seguimos actuando como si el país fuera una sucesión de emergencias imprevisibles, no una historia que se repite con una precisión casi obscena. Autor: Rafael Gumucio. Seguimos actuando como si el país fuera una sucesión de emergencias imprevisibles, no una historia que se repite con una precisión casi obscena.