El cine del barrio
El cine del barrio D os acontecimientos me hacen vibrar estos días, trayendo al presente la historia del cine, tanto como transformación cultural como fenómeno urbano durante más de un siglo. El primero es la exposición "Cine en Chile: Historia(s) en movimiento", en el Centro Cultural La Moneda y curada por la antropóloga María Paz Peirano y Marcelo Morales, director de la Cineteca Nacional de Chile.
Sostenida por una profusión de artefactos, documentos y proyecciones, la exposición sitúa al visitante en una línea de tiempo, desde los orígenes del cine a fines del siglo XIX hasta sus momentos de máxima influencia cultural internacional, a partir de los años 20 del siglo pasado, y de expansión tecnológica a partir de los 40, incluido el entusiasta involucramiento estatal, empresarial y académico en Chile, con la creación del complejo cinematográfico ChileFilms en 1942, la fundación de institutos universitarios de cine y una prolífica producción nacional hasta la dictadura. Recomiendo la visita encarecidamente. El dominio cultural de este fenómeno desbordaba la pantalla propiamente tal, alcanzando al mundo periodístico, gráfico y editorial, pues para varias generaciones el cine fue una experiencia cotidiana, imbricada con la vida social.
Al mismo tiempo, su influjo tuvo una derivada urbanística fundamental al producir una nueva tipología de edificio: palacios inmensos, radiantes, fantásticos, hechos para asombrar y soñar; de un tamaño multitudinario solo posible gracias a la proyección de imágenes gigantescas y sonido amplificado.
El paisaje de centros urbanos y de cientos de barrios residenciales quedó transformado por la aparición de estos monumentos con letreros de neón, marquesinas brillantes, vitrinas que lucían fotografías y afiches y enormes lienzos pintados que con frecuencia cubrían sus fachadas con los rostros de las estrellas y escenas del éxito de turno.
El segundo acontecimiento se vincula con este último relato: asistí al lanzamiento del libro Voces para un Teatro Vivo, en defensa del Teatro Libertad (1951), una joya moderna en la avenida Vivaceta, en ruinas, pero en pie; pieza fundamental de Población Vivaceta Norte y Sur, en Independencia, ejemplo de vivienda pública y diseño urbano de calidad.
El libro está editado por una organización formal de vecinos que lleva un tiempo luchando por la declaratoria de Zona Típica para proteger su buen barrio, cine incluido, de la destrucción insensata y el abuso inmobiliario evidente en torres de tamaño aberrante que asedia sin tregua por los cuatro flancos. El viejo cine perdura en la memoria como punto de encuentro de un mundo cuyo espíritu sobrevive.
Con los años, el edificio se convirtió, como tantos otros, en un lugar de culto religioso, y hoy languidece como una simple bodega, mientras que el vecindario, nuevos habitantes incluidos, anhela devolverle su razón de ser, que es fortalecer la identidad, el orgullo y la cohesión social. Tres sueños colectivos, tres catarsis consecutivas, y en el plazo de tres generaciones. El cine del barrio FRANCISCO JAVIER OLEA El influjo del cine tuvo una derivada urbanística fundamental al producir una nueva tipología de edificio: palacios inmensos, radiantes, fantásticos, hechos para asombrar y soñar. TIERRA DE NADIE Sebastián Gray Arquitecto.