Autor: RETEPZNIHANEMIX
XIMENA HINZPETER: “Doy gracias de haber perdonado a mi padre”
XIMENA HINZPETER: “Doy gracias de haber perdonado a mi padre” “Siempre se quiso ir. Irse del lado de mi madre, irse del lado de los hijos, irse de la casa, irse del país, irse de la mesa del comedor, irse de su pieza, irse de su cama, irse.
La vida no estaba ahí, la vida estaba en otra parte, lejos de nosotros y del techo que compartíamos”. Así comienza Asesinato por piedad, la novela de Ximena Hinzpeter publicada hace unos meses donde la ficción recrea parte de la realidad que vivió como hija es la menor de tres hermanos y única mujer junto a su padre, Carlos Hinzpeter, médico pediatra y uno de los fundadores de la Clínica Las Condes, quien dejó a la familia cuando ella tenía 18 años.
Aunque escribir del padre era un tema recurrente en los talleres literarios en los que había participado a lo largo de los años, fue durante la pandemia, mientras su padre con alzhéimer estaba encerrado en un quinto piso de un asilo el piso de los pacientes postrados y ella sin poder visitarlo a causa de las medidas sanitarias, que el texto comenzó a tomar forma. ¿Qué la impulsó a escribir sobre el padre? Él era el hombre de mi vida. Yo doy gracias de haberlo perdonado porque fue muy doloroso su abandono. Antes de los 18 no me miró. A los 18 se fue con otra familia. Y, bueno, hay una parte triste que cuento en el libro. Una vez, estando yo separada y sola con mis dos hijos chicos, uno de ellos enfermo, lo llamé porque él era pediatra para que pudiera venir a verlo.
Y su respuesta fue: “Hace mucho tiempo que dejé de hacer visitas a domicilio”. Bien dura la respuesta que le dio. ¡El papá del año! Yo en ese momento no tenía marido, vivía en la punta del cerro y tenía dos niños chicos. Ese era mi papá. Pero yo lo admiraba. Él era un hombre alto, de ojos azules, tan buen profesional, tan inteligente () Mi casa sin mi papá era como haber perdido el diamante del anillo. Para mí era lo mejor que teníamos. ¿Fue cercana a él en su infancia? No. Él era machista y prefería a mis hermanos. Y creo que a mí me asociaba mucho a mi mamá, me veía como un clon chico de ella. No fuimos cercanos. Él me dejaba con mi mamá y salía con mis hermanos. Pero yo como buena niñita ordenada, estaba enamorada de él. Él además hacía fotos, yo creo que de ahí me viene el gusto por la fotografía. En el libro la narradora también ha sufrido el abandono del padre. ¿Cuánto la marcó esa experiencia de que su padre se fuera de la casa? Él un día se mandó a cambiar. Así, tal cual. Nunca nos llevó a su casa. No conocí su casa en décadas. Mi mamá lloraba. Por mucho tiempo la critiqué y dije cómo no se preocupó de nosotros que éramos niños abandonados. Hoy entiendo que no podía. Ella estaba hecha para ser dueña de casa y esposa. Entonces, ¿qué era esto que se le iba el marido, qué iba a hacer? ¿ Pero su papá siguió apoyándolos económicamente? Sí. Pero cambió la situación totalmente. En mi casa cortaban la luz por no pago. Ahí yo me casé rápidamente y no dejé que me pagara mi universidad de pura picada que estaba con él. Mi marido la pagaba, él podía. Fue bien orgullosa. ¿Le guardaba rencor? Yo fui la que más se peleó con él. Lejos. Le hice unos POR CAROLA SOLARI FOTOGRAFÍA CRISTIAN CARVALLO escándalos. Lo mandé a la mierda. Le dije que era un idiota, que nos estaba abandonando, que no se abandona a los hijos (... ). Quizás es porque tengo un temperamento no flemático, más sensible. Y también porque era incómoda. Creo que en mi familia yo fui una verdad incómoda que ahora se materializa en este libro. Hay una escena de la vida real que está recreada en el libro. Una noche del 2017, cerca de las doce, Ximena Hinzpeter recibió un llamado de su padre. Nosotros no hablábamos nunca, por eso me extrañó. “Xime, no sé dónde estoy”, me dijo. Estaba desorientado. Perdido. Ella consiguió que le diera las coordenadas de dónde se encontraba para poder ir a buscarlo. Muy pronto se daría cuenta de que no se trataba de un simple despiste.
Su padre sufría alzhéimer, enfermedad que avanzaría rápido y que llevó a que con sus hermanos tomaran la decisión de sacarlo de la casa que compartía con su segunda señora y llevarlo a un asilo de ancianos.
Pero al tiempo, su padre comenzó a necesitar asistencia las 24 horas al día “podía peinarse con el tenedor, echarle mantequilla al pan con una lima” y fue Ximena quien buscó otra residencia, donde ingresó al piso de los postrados; de ahí ya no volvería a salir. Paradojalmente, fue cuando su padre se volvía más frágil que ella pudo estar más cerca de él. La demencia le fue borrando los recuerdos y facultades. ¿Él la reconocía? ¿ Sabía que esa persona que sostenía su mano era su hija Ximena? No sé.
Porque a veces me sonreía cuando llegaba y me decía: “¿ Dónde has estado que nos venido?”. En ese piso de los postrados yo me acosté con él en una cama de una plaza y lo abracé mientras dormía, para que no se asustara. Ese tiempo, esos ocho meses, fueron lo que en judaísmo se dice una mitzvá: un regalo, una bendición. Porque me vi obligada a enfrentarme a él. Yo podría no haber ido. Todos pagábamos (la residencia), pero no era obligación ir. Y yo tomé la decisión de hacerlo. Pero yo creo que buscaba lo que me resultó. Necesitaba perdonarlo. Porque no puedo explicar la diferencia del peso que uno carga sobre los hombros con eso. Yo siento que a mí perdonar a mi papá me liberó energía para hacer estos libros, por ejemplo. El año pasado, además de su novela, Ximena publicó La aldea sí es global, su segundo libro con retratos callejeros de personas fotografiadas en escenarios muy diferentes. Carlos Hinzpeter falleció en mayo de 2020 de coronavirus, a los 81 años. Ximena cuenta que un cuidador lo contagió y fue el primer paciente del asilo en morir por el virus. Me daba una pena terrible, gritaba que me lo quería traer a la casa. No quería que se muriera en un lugar extraño con gente extraña. Y solo. Pero me entregué a que en realidad no se dio cuenta de mucho. Lo enterraron en un ataúd hermético. Nosotros los judíos en Israel nos enterramos con una sábana porque hay que volver a la tierra. Yo no soy religiosa, nada, no creo en Dios. Pero sí pertenezco a un pueblo que tiene sus costumbres y algunas me gustan, como esa. Y me da mucha pena que él esté ahí. Además de escribir de su papá, hizo un registro de él mientras lo visitaba. Él estaba en ese piso quinto donde los viejos tienen cara de “no puedo más”. Les están poniendo suero para que no se deshidraten. Bueno, yo tengo fotos. En realidad, Asesinato por piedad tiene un álbum de fotos que quizás algún día se publique. Que son imágenes de muchos de los internos y de mi papá. Él y sus compañeros de piso que ya no deben existir. ¿Por qué quiso fotografiarlo en esa situación tan vulnerable? A mí la fotografía me sirve como escudo protector. Era tan duro ir, yo me obligaba a hacerlo y partía con la cámara. A mí la cámara me ayuda mucho a distanciarme. Y con la cámara entro como en un trance y la realidad pierde importancia. Por eso la llevaba. Pero no es por valentía, al revés. ¿Sus hermanos leyeron el libro? Es una buena pregunta. Rodrigo fue el primero que lo compró en Buscalibre. En una noche se lo zampó, lloró, me felicitó, me dijo que le parecía precioso, que le daba pena, pero le pareció que quedó bien escrito. Y mi otro hermano, silencio. Sé que no le gusta que yo lo haya escrito y también sé que no lo ha leído. Los libros de fotos sí: me ha dicho “qué lindo, quiero comprarlos, me interesa”. Y mi mamá no sabe. Mi mamá es mi proyecto actual de fotografía. Tiene 85 años. Vive en un departamento en Providencia donde no entra un rayo de sol porque es un departamento oscuro. Vive con su pareja que tiene 90. ¿Ella está lúcida? Totalmente. Pero como está lúcida el perdón no se me hacía fácil. Nos poníamos a discutir.
Hasta que de repente agarré la cámara, la llevé a su casa y empecé a sacarles fotos a sus papelitos, a sus cosas, al cajón del velador, a ella comiendo con él, a ella cocinando, a su pastel de papas. Escenas de la vida cotidiana. Con lo que yo quisiera quedarme cuando ella no esté. Y eso fue maravilloso para el perdón. Porque después de tomar fotos, reviso, edito, escojo. Entonces veo a un ser humano vulnerable con el que no tengo por dónde estar enojada. Porque tiene encima la vida, los fracasos, las tristezas, las penas. Están ahí. Y entonces lo veo: hizo lo que pudo. “Yo fui la que más se peleó con él. Lejos. Le hice unos escándalos. Lo mandé a la mierda. Le dije que era un idiota, que nos estaba abandonando, que no se abandona a los hijos”. Autor: RETEPZNIHANEMIX.
La periodista y fotógrafa, hermana del exministro Rodrigo Hinzpeter, debuta en la novela con Asesinato por piedad, libro que se inspira en la historia con su propio padre, quien abandonó a la familia cuando ella tenía 18 años, y con el que se reencontró cuando él estaba en el último tramo de su vida y sufría de alzhéimer. “Yo fui la que más se peleó con él. Lejos. Le hice unos escándalos. Lo mandé a la mierda.
Le dije que era un idiota, que nos estaba abandonando, que no se abandona a los hijos”. Sobre las reacciones que el libro provocó en sus hermanos, dice: “Rodrigo fue el primero que lo compró en Buscalibre. En una noche se lo zampó, lloró, me felicitó. Y mi otro hermano, silencio. Sé que no le gusta que yo lo haya escrito y también sé que no lo ha leído”. “A mí la fotografía me sirve como escudo protector. Era tan duro, yo me obligaba a ir y partía con la cámara. A mí la cámara me ayuda mucho a distanciarme”, dice Ximena, quien retrató a su padre en su etapa más frágil.