Columnas de Opinión: La niña y el toro
Columnas de Opinión: La niña y el toro La dramaturgia iquiqueña ha sido en las últimas décadas una de las pocas actividades culturales que ha permanecido constante tanto en cantidad de obras como en calidad. Cabe destacar que no se trata de la presentación de obras traídas desde Santiago u otros lugares, sino de una producción iquiqueña. He asistido a la presentación de "La niña y el toro" de Guillermo Ward, una obra que tiene muchos elementos maravillosamente bien desarrollados. Un trabajo donde se destaca la mirada del autor y el dominio del arte escénico.
Se trata de una historia aparentemente simple, pero que en el fondo trata varios de los temas que calan profundo en el alma iquiqueña, como la pobreza que vivimos (soy testigo) después de la crisis del salitre, y que la industria pesquera no pudo superar totalmente. Ese puerto de cincuenta o sesenta mil habitantes poco tiene que ver con el actual que supera los doscientos mil y sigue creciendo.
Tampoco este Iquique construido desde los años 1990's en clave de Miami, poco se parece al puerto de madera y casas de un piso, con sus conventillos, como aquel llamado "Las camaradas", donde vivió Ana, la protagonista de esta obra. En ese Iquique no era extraño encontrarse a la vuelta de la esquina con una procesión de la virgen del Carmen o con una manada de toros corriendo despavoridos. Una vez la pequeña Ana se encontró con uno de ellos de frente, su impresión nunca la dejó olvidar a ese toro que, quizás, tenía tanto miedo como ella. Siendo una joven con ideas de cambio social vio a otro toro llamado Pisagua, donde fue acogida y protegida por otras mujeres que compartieron sus miedos. Su mente asoció ese tiempo a la imagen del toro, que no era otra cosa que la arbitrariedad del poder.
Esa violencia simbólica que le intimidó por cincuenta años, le impedía dormir con las luces encendidas, entrar en un ascensor o subir en un avión, hasta que ese amor que siempre habita en las profundidades del alma le hizo superar y superarse, dejar el susto y el rencor.
Las etapas de su vida se expresan en la escena con los colores de los vestuarios, en ese lenguaje tan expresivo de los movimientos acompasados de los cuerpos de las actrices, y en ese corazón prendido siempre en cada prenda. El amor y el miedo son retratados en esos movimientos plásticos de las protagonistas, que llegan a fundirse en un abrazo que deja sin aliento.
Hasta que surgen de Ana esas alas de libertad, cuando pudo mirar a los ojos del toro que habitaba en su mente y comprender que el animal estaba construido por sus propios temores, entonces pudo recuperar su capacidad de amar al hombre de su vida, a sus hijas, y a su propia vida. El reloj comenzó a caminar nuevamente a su favor. Pudo subir a un ascensor, volar hacia otros continentes y disfrutar de una noche en completa oscuridad. Se trata de una historia aparentemente simple, pero que en el fondo trata varios de los temas que calan profundo en el alma iquiqueña". Sergio González Miranda, Premio Nacional de Historia 2014. COMENTARIOS Se trata de una historia aparentemente simple, pero que en el fondo trata varios de los temas que calan profundo en el alma iquiqueña". Sergio González Miranda, Premio Nacional de Historia 2014