Autor: la columna de María Teresa Cárdenas M.
Columnas de Opinión: Literatura, diplomacia y humanidad
Columnas de Opinión: Literatura, diplomacia y humanidad “Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece.
Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie”, escribió Pablo Neruda en sus memorias (Confieso que he vivido, 1974), refiriéndose a la ampliamente conocida hazaña del “Winnipeg”, el barco en el que más de dos mil refugiados españoles llegaron a Valparaíso en 1939.
Designado cónsul especial para la emigración republicana en Francia, el afamado autor organizó lo que él llamaría su “mejor poema”, rescatando a familias, niños, jóvenes y adultos que permanecían en campos de internación franceses tras el fin de la guerra civil.
Cuesta pensar que alguien se opusiera a esta iniciativa humanitaria, pero lo cierto es que corrió el riesgo de fracasar por presiones de políticos opositores al gobierno de Pedro Aguirre Cerda, provocando incluso la renuncia del canciller Abraham Ortega, que se había comprometido con esta causa.
Junto con una buena cuota de humanidad, el país habría perdido un innegable aporte, en especial en el ámbito de las artes y la cultura (Mauricio Amster, José Balmes, Roser Bru). En la larga y fructífera tradición de escritores diplomáticos que tiene nuestro país, empezando por el “padre” de la novela chilena, Alberto Blest Gana, y en la que figuran los nombres de destacados hombres y mujeres de letras, este es el episodio que mejor encarna el “asilo contra la opresión” que promete nuestro himno nacional. Distinta fue la experiencia del poeta Julio Barrenechea en Colombia, país al que llegó como representante del gobierno de Juan Antonio Ríos, en 1945.
“Julio, Colombia es un país de poetas y yo necesito mandar uno allá de embajador”, le habría dicho el Presidente, según cita Miguel Laborde en su biografía del autor, Contra mi voluntad (Ril, 2002). Otros mandatarios tal vez pensaron lo mismo en años anteriores, ya que desde fines del siglo XIX, también los poetas Juan Antonio Soffia, Diego Dublé Urrutia y Pedro Prado habían ejercido este cargo, mientras que Juan Guzmán Cruchaga fue cónsul general. La de Colombia fue una etapa feliz y productiva para Julio Barrenechea.
Aparte del notable desempeño de su cargo, de las buenas relaciones con artistas, políticos y demás embajadores, incluido el nuncio apostólico Antonio Samoré (el futuro cardenal, de tanta relevancia para Chile), y de las numerosas iniciativas culturales que llevó adelante, también escribió El libro del amor (1946) y Vida del poeta (1949), nacieron sus dos hijos menores de cinco, e hizo muy buenas amistades. Su visión americanista lo unió para siempre a ese país en el que pensó quedarse y donde hasta hoy es recordado y reconocido. Pero el aprecio de los colombianos fue más allá de la poesía.
En 1948, el asesinato del líder popular Jorge Eliecer Gaitán, que se perfilaba como candidato a la Presidencia, desató el caos en Bogotá, mientras se desarrollaba una conferencia panamericana presidida por el general Marshall, de Estados Unidos. Ante los hechos de violencia y los desmanes, todos los delegados firmaron el voto anticomunista que llevaba la delegación chilena.
Poco después, el Presidente Gabriel González Videla promulgó la ley de defensa de la democracia, la llamada “ley maldita”, que declaraba ilegal a ese partido, dejaba a sus militantes fuera de los registros electorales y permitía su persecución y encarcelamiento.
En ese contexto, Julio Barrenechea recibió, a través de su amigo colombiano Arturo Camacho Ramírez, la solicitud de asilo para el farmacéutico de 32 años Saúl Fajardo, dirigente del Partido Liberal que había tomado las armas cuando lo perseguían para matarlo, tal como a su padre y su hermano. Los “garantes de la solicitud”, escribe Miguel Laborde en la biografía, eran tres altas personalidades de ese partido, con quienes Barrenechea mantenía relaciones de respeto y amistad. La vida del exguerrillero Fajardo corría peligro, sin duda. El embajador lo acogió como huésped e informó a su gobierno para gestionar el asilo, pero la negativa de González Videla fue tajante y exigió que el refugiado abandonara la sede diplomática en 24 horas. Barrenechea redactó de inmediato su renuncia y ya sin su cargo le explicó la situación a Fajardo, quien se entregó en la puerta de la embajada, ante un enorme despliegue policial y militar. Fue llevado a una cárcel de Bogotá y luego estuvo en otras de provincia, hasta que se le aplicó la ley de fuga y fue asesinado por la espalda.
El ensayista y diplomático Germán Arciniegas escribió sobre Barrenechea: “Su casa era como la tierra de Chile: abierta a todo el mundo”, y más adelante: “Un perseguido por la dictadura miró en torno su noche de apretadas tinieblas y solo vio luz en una ventana. Como siempre, la casa de Chile era el refugio de los perseguidos, el asilo de la tradición cristiana”. Cinco años después, ya en otro contexto político, Colombia le hizo un gran homenaje a Barrenechea. Se le reconocía la concepción humanista de las relaciones internacionales, un valor que ha caracterizado a la diplomacia chilena y que ha tenido grandes representantes en los escritores. Pero que, lamentablemente, a veces queda muy lejos de los cálculos políticos. “Su casa era como la tierra de Chile: abierta a todo el mundo”, escribió Germán Arciniegas sobre el poeta Julio Barrenechea, embajador en Colombia entre 1945 y 1952. Autor: la columna de María Teresa Cárdenas M.. La concepción humanista de las relaciones internacionales ha caracterizado a la diplomacia chilena y ha tenido grandes representantes en los escritores. “Su casa era como la tierra de Chile: abierta a todo el mundo”, escribió Germán Arciniegas sobre el poeta Julio Barrenechea, embajador en Colombia entre 1945 y 1952.