Autor: Loris De Nardi Académico Investigador de la Facultad de Derecho Universidad de Las Américas
Columnas de Opinión: Incendios, riesgo y proceso histórico
Columnas de Opinión: Incendios, riesgo y proceso histórico Los incendios ocurridos en el Gran Concepción dejaron un balance contundente: cientos de viviendas destruidas, decenas de miles de personas afectadas, víctimas fatales y daños severos en infraestructura urbana y territorial.
La magnitud de las pérdidas, así como la rapidez con que el fuego se propagó, muestran que no se trató de incendios ordinarios, sino de un episodio en el que la amenaza superó ampliamente las capacidades habituales de contención. Sin embargo, leer estos incendios únicamente como un evento extremo conduce a una comprensión incompleta. El fuego, como fenómeno físico, es una amenaza conocida y recurrente. No es nuevo, ni excepcional en sí mismo.
Lo que cambia -y lo que explica la gravedad del dañoes la forma en que esa amenaza se encuentra con territorios, poblaciones y prácticas que han ido acumulando exposición y vulnerabilidad a lo largo del tiempo. Desde esta perspectiva, el desastre no comienza con la ignición. Comienza mucho antes, pues se trata de un proceso histórico de construcción del riesgo.
La expansión de áreas habitadas hacia zonas de interfaz urbano-forestal, la acumulación sostenida de material combustible, las formas de uso del suelo y las pautas de ocupación territorial configuran, lentamente, un escenario en el que el fuego deja de ser una amenaza potencialmente manejable y se transforma en un riesgo de alta intensidad. Este proceso no es repentino ni accidental. Se desarrolla en capas sucesivas, muchas veces imperceptibles en el corto plazo. Durante largos períodos, el riesgo permanece latente, inscrito en el territorio y en las prácticas cotidianas, mientras el fuego sigue siendo percibido como una posibilidad lejana. La percepción del riesgo, en estos contextos, tiende a rezagarse respecto de su construcción efectiva, lo que contribuye a naturalizar condiciones que, con el tiempo, amplifican los efectos del evento. Cuando finalmente ocurre el incendio, lo que se manifiesta no es solo la fuerza del fenómeno físico, sino la densidad histórica del riesgo acumulado.
La rapidez de propagación, la dificultad de control y la magnitud del daño, no pueden explicarse únicamente por variables climáticas o por la intensidad del fuego, sino por la manera en que la amenaza interactúa con vulnerabilidades previamente instaladas. Autor: Loris De Nardi Académico Investigador de la Facultad de Derecho Universidad de Las Américas. OPINIÓN