Autor: Lucero de Vivanco Doctora en Literatura; profesora titular de la Facultad de Filosofía y Hunanidades de la Universidad Alberto Hurtado
Alfredo Bryce Echeñique el narrador de la fragilidad
Alfredo Bryce Echeñique el narrador de la fragilidad ALFREDO BRYCE ECHENIquE: el narrador de la fragilidad El galardonado escritor peruano nos deja, tras su fallecimiento fallecimiento a los 86 años de edad, una obra monumental que transformó la nostalgia, el exilio y el humor en una manera de comprender la fragilidad humana. El humor tiene en sus novelas una dimensión social. A pesar de su origen privilegiado, o precisamente por ello, Bryce fue uno de los escritores que mejor representó representó la decadencia de la aristocracia peruana durante el siglo xx.
Lucero de Vivanco Doctora en Literatura; profesora titular de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado LA MUERTE DE ALFREDO BRYCE ECHENIUE MARCA algo más que la desaparición de un gran narrador latinoamericano: latinoamericano: señala el término de una forma de habitar el mundo como escritor, que hacía del destierro y la no pertenencia el punto de partida para la imaginación creativa.
Su vida y obra no puede entenderse si no la pensamos sobre un mapa en movimiento: desde su Perú natal hasta las calles de París, Berlín, Barcelona, Madrid, ciudades en las que estudió, existió y escribió.
En cada lugar, su escritura se alimentó de ajenidad, de encuentros, de deseos y de nostalgia por su país natal, que hicieron de su literatura lo que es, y dieron profundidad afectiva y comicidad crítica a sus páginas.
Su producción literaria no se limitó a la narrativa de ficciónmás de una veintena de novelas y colecciones de cuentos; nos ha dejado también múltiples ensayos, crónicas, memorias, testimonios y reflexiones íntimas sobre su propia vida y obra.
No en vano fue ganador de distintos premios internacionales que reconocieron su calidad técnica y su sensibilidad humana, tanto a textos específicos como a su trayectoria como escritor: Premio Casa de las Américas (Cuba, 1968), Premio al Mejor Libro Extranjero (Francia, 1986), Premio Nacional de Narrativa de España (1998), Premio Planeta (España, 2002), Premio Grinzane Cavour (Italia, 2002)0 el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (México, 2012). La figura pública de Bryce también estuvo marcada por la controversia cuando, a fines de la década de 2000, se comprobó que varios de sus artículos periodísticos reproducían textos de otros autores sin atribución, hecho que motivó sanciones administrativas y abrió un debate sobre su práctica ensayística. La muerte de Bryce rubrica también el cierre de una voz literaria que convirtió la fragilidad humana en forma narrativa. El autor escribía como quien conversa largamente en una sobremesa: recordando, exagerando, riéndose, desviándose del tema y volviendo siempre sobre sobre la dimensión emocional. Esa oralidad torrencial y vulnerable fue mucho más que un estilo. Fue su manera de asentarse en una época en la que los grandes relatos de pertenencia se resquebrajaban y dejaban de entregar certezas.
Entre recuerdos, pérdidas y nostalgias En su obra, el mundo ya aparece desprovisto de aquellas estructuras religiosas, políticas y sociales que durante siglos ofrecieron una ilusión de estabilidady confianza, y que fueron los pilares de la modernidad.
En lugar de esos sistemas protectores, que dieron origen a novelas totalizantes, totalizantes, Bryce sitúa en el centro al individuo desorientado, al sujeto particular que intenta reconocerse entre los fragmentos fragmentos de su experiencia, en sus intersticios. Sus personajes pueblan la dimensión subjetiva con furia, en un paisaje de recuerdos, pérdidas y nostalgias donde la identidad debe. Alfredo Bryce Echeñique el narrador de la fragilidad reconstruirse constantemente.
Su literatura «deja de ser una literatura de grandes certidumbres para entrar en el territorio de los sentimientos y de las grandes dudas)), dijo el propio autor (La historia personal de mis libros, 34). Esta condición está presente en la que tal vez es su novela más célebre, Un mundo para julius, donde la infancia privilegiada de un niño de la aristocracia limeña revela, desde la inocencia, la profunda fractura social del Perú. La mirada infantil descubre lo que la tradición oligárquica prefería ocultar: un orden construido sobre jerarquías rígidas, racismo impune y una nostalgia perpetua por un pasado romantizado, repleto de violencias. Julius vive rodeado de afecto doméstico, pero su mundo está atravesado por una grieta moral que anticipa o revela la desintegración de ese universo social. Bryce parecía ser, ante todo, un narrador oral que escribía novelas.
Sus relatos simulan responder a recuerdos recuerdos más que a proyectos narrativos. «Dios sabe hasta qué punto, cuando escribo una novela o un cuento, incluso un artículo o alguna conferencia, el plan inmediatamente se me congela, congela el libro y, lo que es peor, me congela a mí)), comenta en Permiso para vivir (14). Esta ilusión de espontaneidad la logra con maestría: las historias avanzan avanzan como si hubieran sido conocidas desde siempre y el narrador simplemente se hubiera limitado a evocarlas con humor y melancolía.
La voz que enuncia de esa manera manera se convirtió en uno de los centros de su narrativa, especialmente en novelas como La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, donde el protagonista cuenta su vida desde el exilio europeo con una mezcla de ironía, nostalgia y autoindulgencia. En estos textos, su narración no busca poner el foco en la reconstrucción de hechos históricos o sociales colectivos, sino en rescatar la experiencia afectiva que los acompaña. Bryce parece sugerir que la memoria no es un archivo social articulado, sino un territorio personal 4 1 Alfredo Bryce Echeocqoe. Alfredo Bryce Echeñique el narrador de la fragilidad lleno de repeticiones, digresiones y amplificaciones.
La identidad se construye precisamente en ese desorden: hablar es una de las maneras que tienen sus personajes de mantenerse a flote en un mundo que emerge caótico e incompleto. «Yo quise dar una imagen del Perú, del peruano con minúscula, del peruano que sufría, que lloraba, que reía, que contaba historias; del peruano para el cual su cine, su música, las películas, los ídolos de sujuventud, sujuventud, los ídolos de la vida cotidiana, eran personajes que tenían el mismo valor que los héroes con H mayúscula» (La historia personal de mis libros, 34). Cómo no recordar, por ejemplo, la «hondonada» en el lecho de Martín Romaña: esa depresión en la parte central de su colchón gastado, que favorecía el encuentro de los cuerpos amorosos de Martín e Inés, que rodaban involuntariamente hacia ese centro y alargaban con ello la relación. De esta mirada surge una de las intuiciones más profundas de su poética: si la realidad se constituye de manera fragmentada, la escritura puede actuar como una costura. Narrar equivale a vincular los recortes dispersos de la experiencia los dolorosos, los irreversiblesy a dotarlos de una continuidad o una racionalidad que la vida misma no posee. La novela se convierte, así, en un espacio donde las fracturas pueden ser momentáneamente contenidas. En este sentido, el propio acto de narrar se ritualiza y el lugar de enunciación se construye como un lugar sacralizado para resignificar el mundo desde allí.
Su sillón Voltaire es, en La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, su lugar simbólico donde la enunciación se celebra, y estas dos novelas dan lugar al díptico llamado precisamente Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire. Esta resignificación de la escritura aparece en varios varios de sus libros, como Permiso para vivir, en el que Bryce borra deliberadamente la frontera entre autobiografía y ficción. El narrador recuerda episodios personales, encuentros literarios, lecturas, amores, viajes y derrotas con una libertad que transforma la memoria en materia narrativa, en «antimemorias» del azar.
Su vida se vuelve historia cuando su protagonista la cuenta, y ese acto de contar es una forma nueva de vivir, que abraza sus contradicciones contradicciones más recónditas: «Aparte de ser un pesimista que desea que todo salga bien, soy, como mil veces lo he dicho y repetido, una persona que apuesta siempre por los afectos privados y que privilegia todo lo que se refiere a su vida íntima» (A trancas y barrancas, 383). El humor frente a las derrotas La literatura de Bryce no se limita a la nostalgia. El humor, una de las marcas más reconocibles de su obra, cumple una función más profunda que la simple comicidad. Se trata de un humor que nace del escepticismo y de la conciencia de la derrota. Sus personajes suelen ser perdedores lúcidos, individuos que reconocen la fragilidad de sus proyectos pero que continúan viviendo y narrando sus vidas con una mezcla de ironía y sarcasmo. En novelas como Muerte de Sevilla en Madrid o Tantas veces Pedro, la risa aparece como una forma de resistencia. Los protagonistas fracasan material o sentimentalmente, viven de adicciones o fantasías, se extravían en ciudades extranjeras o dentro de sus propios cuerpos, idealizan recuerdos que no pueden recuperarse o proyectos de vida imposibles de realizar. Pero la narración convierte esas derrotas en episodios casi carnavalescos, donde la exageracióny la parodia permiten soportar el peso de la desilusión. EnLa historia personal de mis libros, reflexiona: «Creo que cada uno de mis libros [... ] recurrió al humor para poner en sus páginas todo el sentido de lo contrario.
Quiero decir que cuando uno llora, puede, de pronto, descubrir que en ese llanto hay algo que nos permite mirarnos al espejo y decir también es posible reír, como quien dice también es posible escribir esta frase o esta historia nuevamente) (35-36). Ese humor tiene también una dimensión social. A pesar de su origen privilegiado o precisamente por ello, Bryce fue uno de los escritores que mejor representó la decadencia de la aristocracia peruana durante el siglo xx. En la trilogía Dos señoras conversan, el autor explora con lucidez la nostalgia de una clase que contempla su propia desaparición histórica. Las conversaciones aparentemente triviales entre las dos señoras de una aristocracia rancia revelan la profunda incapacidad para comprender los cambios sociales que han transformado el país. Bryce representa, en esta trilogía apocalíptica, fines de mundo sin sentido y una clase social que se deshace mientras sus habitantes intentan sostener las apariencias.
Como él mismo escribió: «... y como si todo pudiese repetirse y recuperarse, como si jamás nada se hubiese perdido para siempre» (Dos señoras conversan, 267). Esa frase resume la tragedia tribal: la ilusión de una permanencia que la realidad ya ha pulverizado.
El Perú suele aparecer, entonces, tanto en sus textos de ficción como de no ficción, como un escenario sellado por tensiones irresueltas: desigualdades sociales, colectivos colectivos racializados, fracturas culturales, viejas y nuevas (.. Alfredo Bryce Echeñique el narrador de la fragilidad violencias, y una constante dependencia simbólica de Europa primeroyde Estados Unidos después. Frente a ese panorama, muchos personajes de Bryce acompañan los viajes del autor, optando por el exilio, no necesariamente como decisión política sino como condición existencial. París, Londres o Madrid se convierten en escenarios recurrentes recurrentes de su narrativa, espacios donde los protagonistas intentan reconstruir una identidad que en su país de origen parecía imposible. El exilio en Bryce no es heroico ni trágico en el sentido clásico. Es más bien una forma de deriva sentimental. sentimental. Cuando sus personajes se desplazan entre ciudades extranjeras, lo hacen llevando consigo una reminiscencia persistente, una memoria que mezcla el afecto por el pasado con la conciencia de su irrecuperabilidad. En ese sentido, la literatura de Bryce pertenece a una tradición decididamente moderna: la del individuo que solo puede comprenderse a sí mismo tomando algún tipo de distancia.
Incluso en medio de ese desarraigo, sus narraciones narraciones conservan una cualidad afectiva singular. «Cuando abandono la vida de mi casa y me marcho del Perú, lo hago respetando el consejo de Apollinaire: «Hay que viajar muy lejos, pero amando siempre su casa»», comenta en La historia personal de mis libros (23). Porque Bryce fue un escritor profundamente compasivo con sus personajes. No los juzga. Por el contrario, los observa con empatía obstinada, consciente de que sus debilidades son también también las debilidades de cualquier sujeto. Esa compasión explica que incluso las historias más tristes o más duras mantengan siempre un tono cálido. Al final, la obra de Bryce deja una intuición profundamente profundamente humana. Cuando los grandes relatos de la historia pierden su capacidad de otorgar sentido, todavía queda el acto de narrar. Contar historias no redime el pasado ni corrige las injusticias del mundo, pero permite algo más modesto e igualmente necesario: reconocer nuestra fragilidad común. El día a día se vuelve una suma de episodios que la palabra intenta vincular. Vida y literatura pierden, así, sus bordes. Se ha ido este escritor monumental, pero quedan sus libros.
Siempre podremos volver a sus historias grandilocuentes, grandilocuentes, a sus personajes inseguros, a ser testigos del desencantamiento de su mundo, a su sentido del humory a su forma singular de comprometernos afectivamente, como lectores y lectoras, con sus relatos tan singulares. Gracias por siempre, Alfredo Bryce Echenique. M75 Alfredo Bryce Echenique 1 uaaeena de Ifl Roe.A. Permiso para retirarme 1 ti {t ALFBE0O 954YCL CCHENIQLJL Un mundo para Julios u ALFREDO BRECE EC-ENIQUE OBRAS CITADAS: Bryce Echenique, Alfredo. A trancas y barrancas. Lima: PEISA. 1999. Dos señoras conaersan. Barcelona: Plaza & Janés, 1990. La historia personal de mis libros. Lima: Fondo Editorial del congresodel Perú, 2000. Permiso para oivir. Buenos Aires, Planeta, 2004..