Autor: Benjamín González Esnaola, emprendedor y consultor socioambiental
Columnas de Opinión: Economía circular, campo y mar
Columnas de Opinión: Economía circular, campo y mar a salmonicultura chilena lleva años construyendo un lenguaje común sobre circularidad, trazabilidad y responsabilidad extendida. Esa conversación ha sido valiosa. Pero exisL te un sector que mueve toneladas de plástico cada temporada y sigue operando, en gran parte, como si la economía circular fuera cosa de otros: la agricultura. Maxi sacos, films de ensilaje, mallas, mangas de riego, envases de agroquímicos.
Sólo los big bags representan miles de toneladas anuales de polipropileno que, al término de cada temporada, enfrentan un destino que en muchos predios sigue siendo el mismo: la quema a cielo abierto o el entierro informal. No porque no existan alternativas, sino porque falta el cambio de mentalidad que lo haga posible. Y aquí está la paradoja: las herramientas ya existen. Hoy hay tecnología y capacidad industrial para procesar y valorizar gran parte de estos residuos. Empresas como Atando Cabos están desarrollando innovaciones de escala industrial que demuestran que el plástico agrícola puede dejar de ser un problema para convertirse en un recurso.
No es ciencia ficción: es una realidad que sólo necesita que el agro le dé cabida. ¿Por qué no ocurre a mayor escala? Por las mismas razones que frenaron el avance en la acuicultura: incentivos de corto plazo, ausencia de métricas de ciclo de vida y una gestión que prioriza el menor costo inmediato por sobre el costo ambiental diferido. Cuando quemar o enterrar no tiene precio visible, esa sigue siendo la opción más "eficiente". Pero es una ilusión contable que externaliza el costo al territorio y al ecosistema. El mundo tiene respuestas concretas. En Europa, los sistemas de recuperación de plásticos agrícolas operan con tasas superiores al 70% en países como Francia y Alemania. En América Latina, experiencias en Brasil y Uruguay demuestran que la organización sectorial puede transformar en pocos años una práctica de quema en circuitos formales de valorización. La escala existe. La tecnología existe. Lo que falta es convicción y coordinación. La acuicultura aprendió que hacerse cargo de los materiales que se ponen en el territorio no es un gasto: es una inversión en legitimidad y resiliencia. El agro puede aprender la misma lección sin partir de cero. Los residuos plásticos agrícolas no son basura: son recursos mal gestionados. Mientras sigamos quemándolos o enterrándolos, estaremos destruyendo valor y perdiendo la oportunidad de construir algo mejor. Elmar ya está aprendiendo a hacerse cargo de sus materiales. Es hora de que el campo haga lo mismo. Autor: Benjamín González Esnaola, emprendedor y consultor socioambiental. C Columna