Justo debajo del sol 8 horas con Niépce
Justo debajo del sol 8 horas con Niépce El El pasado 06 de abril del 2026 llegaron las esperadas fotografías fotografías de la luna desde la nave Orión, tomadas por los astronautas de la misión Artemis II. El detalle de las dos caras del satélite es apabullante. Gracias a la luz proveniente del sol, vemos lo que hasta ahora no se podía ver. Se pueden identificar identificar cráteres que ya habían sido descubiertos, y nombrados, como uno llamado “Niépce”, situado exactamente a una latitud de 72,5 grados, con una longitud de 113,5 y un diámetro de 44 kilómetros. Y detrás de la luna, a aproximadamente 384.400 kilómetros de distancia, se puede ver una diminuta sonrisa vertical. Es el Planeta Tierra. En el globo terráqueo, como si hiciéramos un zoom planetario, enfocamos hacia un pequeño pueblo de Francia, Saint-Loup-deVaren Saint-Loup-deVaren nes, en la Borgoña. Visitamos el cementerio, y admiramos una tumba, humilde, en la que se lee el epitafio: “Aquí reposa el Sr.
Joseph Nicéphore Niépce, modelo de todas las virtudes, el padre de los pobres, el hombre de genio profundo a quien las ciencias le deben bellos e importantes descubrimientos”. Niépce había muerto de una apoplejía, en su despacho en una casa de campo familiar conocida como Le Gras, el 04 de julio de 1833, a los 68 años, sumido en la pobreza y el anonimato. Movamos la lente unos metros, a esa mansión cercana al cementerio. Entremos. Subamos las escaleras a la segunda planta, a ese despacho donde murió ese señor en 1833, y situémonos frente a una ventana, a la derecha de una chimenea. Miremos. Miremos. Bien. Lo que tienen frente a sí es la vista desde la ventana en Le Gras, donde se tomó la primera fotografía de la Historia, en 1826.
Un momento. ¡Nada encaja! No vemos lo que aparece en esa instantánea: ni tejados, ni las paredes de dos edificios aledaños. ¡Esto es una estafa! La estafa de la primera fotografía de la Historia Nada menos que 200 años antes de que la tripulación de la NASA viera desde la nave espacial el cráter “Niépce”, el dueño de ese apellido este estaba vivo y coleando, trabajando en su despacho en la mansión de Saint-Loup-de-Varennes, obsesionado con inventar una técnica que le permitiera obtener la copia permanente de una imagen real. ¿Por qué? Seamos honestos. A Niépce le gustaban las imágenes realistas, pero no era muy buen dibujante, y la tarea litográfica le daba mucha pereza. Quería que una máquina hiciera, con el menor esfuerzo posiZOOM posiZOOM PLANETARIO_ ji.. Justo debajo del sol 8 horas con Niépce Por_ Juan José Santos M. “Du Capricorne ou du Cancer Depuis jai oublié lequel Sous le soleil exactement” «Sous le soleil exactement» (Justo debajo del sol, 1967) Serge Gainsbourg 36_ La Iaiiera i8i_ mayo 2026. Justo debajo del sol 8 horas con Niépce ble, ese trabajo por él. Tras varios años probando, experimentando y jugando, dio con una solución interesante. Coloca una cámara oscura en su despacho del segundo piso, frente a la ventana que da a unas precarias casas de barro y teja. Niépce se sienta en una silla al lado de ese gran y anticuado aparato. Y espera. Concretamente, 8 horas y 10 minutos. Tras ese tiempo, la imagen que gracias a los rayos solares refleja la cámara oscura, se fija en una placa de peltre, una aleación de estaño, cobre, antimonio y plomo. Sobre esa placa, de 20 x 25 cm, disuelta en betún de judea, obtiene la réplica exacta de la vista desde la ventana tras esa exposición que duró toda la jornada diurna. Unos meses más tarde Niépce conoce a Louis Daguerre, quien estaba interesado en lograr algo parecido, y por motivos similares: estaba cansado de pintar grandes paneles para satisfacer su afición por los dioramas. Daguerre firmó un acuerdo con Niépce para que este le revelara su invención, y aplicó mejoras sustanciales. En 1839, hizo públicos sus descubrimientos, con apoyo del Estado francés y gran despliegue mediático.
La fama de su iniciativa, que llamó “daguerrotipo”, revolucionó el mundo, que quedó fascinado por ese invento, que cambiaría para siempre el devenir del Arte, de nuestra percepción ante los eventos históricos, de los cánones de belleza, o de nuestra memoria y que, ante el desconcierto general, algunos consideraban que no era obra de la Ciencia, sino de la intervención divina. Un milagro La eternidad capturada por medio de la luz.
La palabra fotografía se puede traducir como “escribir con la luz”, puesto que proviene del griego “phos” (luz) y “grafis” (escritura). Para muchos creyentes en Cristo e incrédulos de la Ciencia la primera fotografía fue una selfie de su líder. La Sábana Santa de Turín. Pero los verdaderos antecedentes de la foto los tenemos en Aristóteles, obsesionado como estaba por observar eclipses solares a través de una primitiva cámara oscura. En el siglo XI, Ibn Al-Haytham experimentó con la cámara estenopeica, una sofisticación de la oscura. Varios otros E o investigadores continuaron realizando mejoras y ajustes a la cámara oscura, como Roger Bacon, Cesare Cesarino, Giovanni Battista della Porta o Gerolamo Cardano.
Los científicos no caían en que era la luz solar la clave del asunto, hasta que en el siglo XVIII, Carl Scheele y Jean Senebier revelaron que las sales de plata reaccionaban reaccionaban a la acción de la luz. Las cosas se aceleran a principios del siglo XIX, ante la demanda creciente y exigente de retratos por parte de la burguesía. En esas estaba Joseph Nicéphore Niépce, utilizando gomas resinosas resinosas expuestas directamente a la luz del sol. Consiguió las primeras imágenes negativas en 1816, sobre papel con cloruro de plata, usando usando como modelo, entre otras imágenes, dibujos hechos en piedra litográfica por su hijo.
En 1822 según lo afirma Roland Barthes en «La cámara lúcida» (1989) logró el procedimiento opuesto: el positivo, es decir, fijar una imagen sobre una superficie que fuera fiel con cómo la luz actuaba sobre la materia. Tomó una fotografía de una mesa con objetos sobre ella. Para Barthes, esa es realmente la primera fotografía de la Historia.
En 1825, Niépce hizo fotografías fotografías de grabados, como uno flamenco del siglo XVII, en el que aparece un hombre tirando de un caballo; de un retrato del Papa Pío VII, o de un paisaje de Claudio de Lorena.
Hasta que en 1826 consigue esa toma de la vista desde la ventana de su despacho, que, por mucho que luego la ensombreciera con su ego Daguerre, será considerada, hasta hoy, como la primera fotografía de la Historia. Todas ellas eran heliografías, es decir, imágenes obtenidas gracias a la acción de los rayos del sol.
Justo debajo del sol (70 centímetros a la derecha) Por qué Daguerre se llevó la gloria en su momento, fue por culpa de la mala gestión de la “Vista desde la ventana en Le Gras” por parte del propio Niépce, quien obsequió esa pequeña placa con una imagen borrosa y banal de una vista de unos techos y unas paredes al botánico Franz Bauer. Y Bauer la expuso en algunas ocasiones, hasta que se cansó por la indiferencia suscitada por aquella trivial visión. La última vez que la mostró fue en 1898. En 1937, los coleccionistas coleccionistas Helmut y Alison Gernsheim la redescubren y exhiben como uno más de los trabajos de los pioneros de la Fotografía. En 1963, la Universidad de Texas la compra e investiga, certificándola certificándola como la primera fotografía de la Historia. Hay quienes la cuestionan, como los turistas que se agolpan frente a la ventana del despacho desde la que Niépce tomó la instantánea.
Las edificaciones que aparecen en la foto no están en la actualidad simplemente porque se derrumbaron. ¿Y por qué el encuadre no encaja? Porque la ventana original fue tapiada, sobre ella se construyó construyó una chimenea, y a su lado, se horadó una ventana nueva. La ventana original estaba exactamente a 70 centímetros a la derecha de la nueva ventana. Todo ha cambiado.
Lo que sí permanece, 200 años después, es la fotografía de lo que Niépce vio durante esas 8 horas de 1826, en las que la luz, justo encima de esa ventana, dejó una huella imborrable. i Vista desde la ventana de Le Gras, en Saint-Loup-de-Varennes. Heliografía sobre placa de peltre, captada en algún momento de 1826, por Niépce..