Autor: ELENA IRARRÁZABAL S.
Instituto de Chile: los planes de los “inmortales” del saber y la ciencia
Instituto de Chile: los planes de los “inmortales” del saber y la ciencia En una pequeña calle sin salida en el centro de Santiago muy cerca de la iglesia de La Merced y del cerro Santa Lucía se suelen divisar algunas de las más importantes “cabezas” del país. Son científicos, creadores, intelectuales, artistas y académicos que llegan a los dos edificios históricos donde funcionan las academias del Instituto de Chile. Cada una de ellas aborda un área distinta del conocimiento: la historia, la lengua, las artes, las ciencias, la medicina y las ciencias sociales.
En el diseño de los dos inmuebles números 453 y 454, emplazados en la calle Almirante Montt, participaron los arquitectos Eduardo Costabal y Andrés Garafulic, autores de la Basílica de Lourdes y la Clínica Santa María.
En ese hermoso marco sesiona cada academia, integrada por 36 miembros de “número” (cuando uno muere, los demás eligen a un sucesor para ocupar el mismo número). Los escogidos deben ser chilenos, tener al menos 35 años y poseer una trayectoria destacada en su disciplina. Entre los académicos suele haber discusiones fecundas y a veces apasionadas. “Es un diálogo rico y estimulante, pues se reúnen miradas distintas sobre la cultura y sobre el país. En el caso de la Academia de Bellas Artes, allí conviven representantes de la música, las artes visuales, las artes de la representación y audiovisual.
Hay investigadores y creadores de distintas generaciones y experiencias, y lo más valioso es precisamente la diversidad, no hay una sola sensibilidad artística ni una única visión cultural”, relata el artista Enrique Zamudio, quien dirige la Academia de Bellas Artes. Un céntrico patio verde Bibliotecas, salones de actos y hasta un patio verde y sombreado son parte de los espacios donde se realizan las actividades. Entre ellas, sesiones de reflexión y diálogo, conferencias, lanzamientos de libros, debates y actos públicos. “La sede tiene un valor patrimonial, histórico y simbólico muy significativo.
Estar en el centro de Santiago no es un dato menor: nos conecta con la vida republicana, con sus instituciones, con la historia urbana de la ciudad y con una tradición intelectual que ha tenido en el centro un espacio natural de encuentro, deliberación y cultura”, afirma el científico Sergio Lavandero, académico de la U. de Chile, director de la Academia de Ciencias y actual presidente del Instituto de Chile. El también premio nacional de Ciencias Naturales afirma que la sede expresa muy bien lo que el Instituto representa: “Una institución con memoria, presencia pública y vocación de servicio al OIRUCREMLE Estado. Hoy nuestro desafío es cuidar ese patrimonio y, al mismo tiempo, abrirlo más: que sea una sede viva”. Cuenta que la conservación de los edificios no es fácil. “Existen desafíos de mantención, accesibilidad y modernización, por lo que estamos buscando aportes públicos y privados”, comenta el bioquímico. El dedo de Lagos En una ocasión, el expresidente Ricardo Lagos dijo que la labor del Instituto de Chile era algo muy importante para el país, pero que no se conocía bien.
“Tenía toda la razón y es bueno que una personalidad como él lo haya dicho, para que se tome conciencia del potencial que se tiene”, señala Jaime Antúnez, presidente de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, y vicepresidente del Instituto de Chile. Zamudio lo reafirma: “Es una de esas instituciones silenciosas, pero esenciales para un país.
En las academias se reúne una parte importante de la memoria intelectual y cultural de Chile: mujeres y hombres provenientes de las ciencias, las humanidades y las artes, para pensar libremente y servir al país desde el conocimiento y la reflexión.
Quizás nuestra mayor paradoja es ser una institución de enorme relevancia pública y, al mismo tiempo, insuficientemente conocida por la ciudadanía”. París y Santiago Hace casi cuatro siglos, en 1635, el legendario cardenal Richelieu fundó la Academia Francesa, para velar por la preservación del idioma francés. El lema de la Academia “A la inmortalidad” se refería a la lengua “inmortal”, cultivada por Voltaire, Victor Hugo y Alejand r o D u m a s. Con el tiempo, los académicos pasaron a ser conocidos como “los inmortales”. Y después irían naciendo academias dedicadas a otros temas, configurándose el Instituto de Francia. Inspirado en dicho modelo, en 1964, durante el gobierno de Jorge Alessandri, se fundó el Instituto de Chile.
Y no surgió de la nada, pues ya existía la Academia Chilena de la Lengua, la “hermana mayor del Instituto”. Fue fundada en 1883, contando como primer director a José Victorino Lastarria (aunque ya en 1861 la Real Academia Española había nombrado a Andrés Bello como miembro correspondiente SELAROMOTINEB en Chile). Luego surgiría la Academia de la Historia (1933). En este “pozo de saber y ciencia” han participado, como miembros de número, más de 170 chilenos que han obtenido el Premio Nacional en distintas categorías. Son los “inmortales” chilenos, que hoy están abocados a actualizar el Instituto. “En tiempos de cambios tan acelerados, Chile necesita instituciones que integren saberes. La inteligencia artificial, por ejemplo, no es solo un asunto tecnológico; también es un desafío educativo, jurídico, cultural, filosófico, médico, científico y democrático”, dice Lavandero. Un reto que se ha planteado el Instituto es fortalecer el diálogo interdisciplinario mediante comités interacadémicos, estudios compartidos y foros públicos. “Debemos ser un espacio privilegiado de encuentro y reflexión”, agrega el presidente del I n s t i t u t o d e C h i l e. E n e l marco de esta integración y expansión, también se ha buscado estrechar lazos con academias europeas y americanas.
De la “chispeza” a la IA Guillermo Soto, director de la Academia Chilena de la Lengua, señala que se reúnen cada quince días “para conversar sobre fenómenos idiomáticos: voces nuevas, palabras que deberían ingresar al diccionario, giros que no parecen correctos o expresiones poco conocidas”. Seguro en esas SELAROMOTINEB sesiones se ha hablado sobre términos como “chispeza”, “carrete” y “flaite”, propios de una lengua en permanente renovación.
Esta academia también participa “en la actualización del Diccionario de la Lengua Española, referente clave para el mundo hispanohablante, además de colaborar en otras iniciativas, como una versión electrónica del Diccionario de Uso del Español de Chile”, explica el director de la Academia Chilena de la Lengua, donde han participado figuras como José Toribio Medina, Luis Orrego Luco, Francisco Coloane, Jorge Edwards, Eliodoro Yáñez y Joaquín Edwards Bello. La primera integrante mujer fue la poeta Rosa Cruchaga, en 1984.
El doctor Fernando Cassorla preside la Academia Chilena de Medicina, cuyo propósito fundamental explica es promover “en todos sus aspectos y en un nivel superior el cultivo, el progreso y difusión de la medicina, abordando temas tan diversos como las consecuencias sanitarias del cambio climático, la promoción de la vacunación en la población general o el drama del suicidio”. Comenta que entre los temas que les preocupan y han discutido está “la heterogeneidad en la calidad de la educación médica asociada a la proliferación de Escuelas de Medicina, algunas con dificultades para acceder a campos clínicos. Es muy importante enfatizar el carácter tutorial en la formación de los profesionales de la salud”. También menciona a la IA. Modernizarse sin perder profundidad Ante la pregunta sobre si le han tocado discusiones muy acaloradas, el historiador Joaquín Fermandois, presidente de la Academia de la Historia, responde que “más bien se dan debates intensos.
Desde luego, como toda institución casi centenaria y formada por humanos, la Academia ha vivido situaciones tensas, pero ha sido asistida por la sabiduría de sus presidentes y por una sana convivencia de generaciones”. Él ingresó a la Academia de la Historia hace casi 30 años. “Entonces era el menor y aprendí muchísimo de los historiadores de más edad. Hoy me sitúo claramente en el estamento de los mayores”, dice el profesor emérito de la U. Católica y actual docente de la U. San Sebastián. Avanzar y modernizarse, pero sin perder profundidad, parece ser la consigna del Instituto. “Hoy muchas discusiones públicas son rápidas y fragmentadas. Las academias mantienen una práctica distinta: escuchar, argumentar, contrastar miradas y cuidar la profundidad del conocimiento”, concluye Lavandero, hoy embarcado en que el Instituto de Chile responda a los desafíos del siglo XXI.
RASGO DISTINTIVO El presidente de la Academia de Bellas Artes, Enrique Zamudio, señala que el Instituto de Chile “es una de esas instituciones silenciosas, pero esenciales para un país”. Autor: ELENA IRARRÁZABAL S.. En el corazón de Santiago, sesionan las seis academias que forman parte de la entidad. Más de 170 premios nacionales han pasado por esta institución, que hoy se plantea reforzar su apertura a la ciudadanía y ampliar su incidencia pública.
Surgen nuevas iniciativas desde su histórica sede en la calle Almirante Montt RASGO DISTINTIVO El presidente de la Academia de Bellas Artes, Enrique Zamudio, señala que el Instituto de Chile “es una de esas instituciones silenciosas, pero esenciales para un país”. SEDE. — En la céntrica calle Almirante Montt, en dos históricos inmuebles —números 453 y 454—, funciona el Instituto de Chile. La biblioteca se usa para sesiones importantes o recibir visitas ilustres. Sergio Lavandero, bioquímico y presidente del Instituto de Chile.