Autor: Patricio Meza García.
Columnas de Opinión: La basura no se tira sola: la ciudad que criticamos también la construimos nosotros
Columnas de Opinión: La basura no se tira sola: la ciudad que criticamos también la construimos nosotros Hay temas que se vuelven conversación obligada en las ciudades porque nos afectan a todos, todos los días, sin excepción. La basura es uno de ellos. Basta recorrer algunas calles, mirar esquinas convertidas en microbasurales o revisar redes sociales para comprobarlo: abundan las denuncias, las fotografías, los reclamos y, por supuesto, las críticas hacia los estamentos responsables. Y aunque muchas de esas críticas son legítimas, hay una pregunta que incomoda y que pocas veces queremos responder con honestidad: ¿ qué estoy haciendo yo con mi basura? Es más fácil señalar que asumir. Es más cómodo exigir limpieza que revisar nuestras propias prácticas. Sin embargo, si realmente queremos una ciudad más limpia, ordenada y digna, la conversación no puede quedarse solo en la responsabilidad de las autoridades, los municipios o las empresas encargadas del retiro de residuos. La discusión debe incluirnos a nosotros, los ciudadanos, porque el problema comienza -y también puede comenzar a resolverseen nuestros hogares, en nuestros hábitos y en nuestra conducta cotidiana.
Hay una costumbre instalada que se repite con frecuencia: culpamos a "los de arriba" por el estado del entorno, pero olvidamos que muchas veces ese entorno se deteriora por decisiones pequeñas y aparentemente "sin importancia' que tomamos nosotros mismos.
La bolsa que se deja fuera de horario, el escombro que se abandona en un sitio eriazo, la botella que se arroja desde el auto, el papel que se suelta en la calle "porque total alguien lo recoge", la basura que se deja después de una reunión familiar en una playa o plaza. Son actos individuales que, sumados, generan un problema colectivo. La basura, en ese sentido, no es solo un asunto de aseo urbano. Es un reflejo cultural. Habla de cómo convivimos, de cuánto respetamos el espacio compartido y de qué tan conscientes somos de que la ciudad no termina en la puerta de nuestra casa. Muchas personas mantienen impecable su interior, pero naturalizan ensuciar el exterior. Esa contradicción dice mucho de la forma en que entendemos lo público: como algo ajeno, cuando en realidad es de todos. Por eso, crear conciencia no puede ser una frase repetida únicamente en campañas. Debe convertirse en una práctica real. Y esa conciencia comienza con una idea simple, pero poderosa: mi basura es mi responsabilidad.
No basta con "no botar basura"; también implica separar residuos cuando sea posible, respetar horarios de recolección, evitar formar focos de suciedad, enseñar a niños y jóvenes a cuidar su barrio, y corregir -con respetoconductas que dañan el entorno. La limpieza de una ciudad no depende exclusivamente del camión recolector; depende del comportamiento de quienes la habitan. Esto no significa eximir de responsabilidad a los estamentos competentes. Sería injusto. Las instituciones tienen deberes claros: educar, fiscalizar, planificar, mejorar la gestión de residuos, ampliar puntos limpios, fortalecer programas de reciclaje y responder con rapidez en sectores críticos. También deben invertir en infraestructura, campañas permanentes y políticas que no sean solo reactivas, sino preventivas. Pero una ciudad limpia no se logra solo con presupuesto ni con operativos. Sin compromiso ciudadano, cualquier esfuerzo institucional termina siendo insuficiente. Y aquí hay un punto que merece atención: muchas veces si existen programas, iniciativas y acciones orientadas al reciclaje y al mejoramiento del entorno, pero su impacto se debilita cuando no hay participación real. Se anuncian campañas, se instalan contenedores, se promueven jornadas de limpieza, pero si la comunidad no se involucra, el resultado dura poco. La transformación del espacio público requiere continuidad, y esa continuidad se sostiene con educación y ejemplo. En ese sentido, el rol de la familia, la escuela y el barrio es fundamental. La conciencia ambiental y comunitaria no se impone por decreto; se enseña. Se aprende cuando un niño ve a sus padres guardar un papel hasta encontrar un basurero. Se fortalece cuando en una escuela se explica que el reciclaje no es una moda, sino una necesidad. Se consolida cuando un vecino entiende que limpiar Opinión su frontis también mejora la calidad de vida del pasaje completo. La cultura del cuidado nace en lo cotidiano, no en el discurso. También es importante cambiar la lógica de la queja vacía. Reclamar en redes sociales puede visibilizar problemas, y eso es útil. Pero si la denuncia no va acompañada de reflexión y acción, se convierte en una rutina estéril. No se trata de dejar de exigir a las autoridades; se trata de exigir con coherencia. Si pedimos una ciudad limpia, debemos actuar como ciudadanos limpios. Si pedimos respeto por el entorno, debemos ser los primeros en practicarlo. La responsabilidad compartida no resta fuerza al reclamo: le da legitimidad. Además, cuidar el entorno no es un tema menor ni superficial. Tiene efectos directos en la salud pública, en la seguridad, en la convivencia y en la imagen de la ciudad. Los espacios sucios generan sensación de abandono, atraen plagas, deterioran barrios y afectan incluso la percepción de seguridad. Por el contrario, un entorno limpio y cuidado favorece el uso de plazas, fortalece la vida comunitaria y mejora la relación de las personas con su ciudad. No es solo estética; es calidad de vida. Tal vez ha llegado el momento de dejar de mirar la basura únicamente como "un problema de otros" y empezar a verla como una responsabilidad compartida. Porque sí, los estamentos deben cumplir su función. Sí, se requiere gestión, fiscalización y políticas públicas. Pero no todo recae en ellos. Una parte decisiva está en nuestras manos, en nuestros hábitos y en la enseñanza que transmitimos en casa y en el barrio. La pregunta, entonces, no debiera ser solo por qué la ciudad está sucia, sino que estoy haciendo yo para que esté más limpia. Esa pregunta incomoda, pero también transforma. Y si logramos instalarla con honestidad, quizás empecemos a construir una conciencia real, una de esas que no se queda en el discurso, sino que se nota en la calle. Porque al final, la ciudad que queremos no se consigue solo exigiendo. También se construye con responsabilidad, ejemplo y respeto por el entorno que compartimos. La basura da mucho de qué hablar, sí. Pero más importante que hablar de ella, es aprender a hacernos cargo. Autor: Patricio Meza García..