Autor: COLUMNA DE GAbRIEL ZEGERS MüLLER, DIRECTOR DE INDAP MAGALLANES
Columnas de Opinión: Ciencia e Innovación Campesina
Columnas de Opinión: Ciencia e Innovación Campesina ¿ Cuántos no se imaginan un laboratorio de ambiente controlado y repleto de artefactos de medición, receptáculos de vidrio de distintas formas y dimensiones, mecheros y computadores cuando escuchamos la palabra “ciencia”? Del latín scientia que significa conocimiento, derivado de scire (saber o conocer) y cuya raíz indoeuropea skei-, está relacionada con la idea de cortar, rajar o separar las partes. ¿Cuántos no se imaginan la imagen de un sofisticado hub de mesones amplios para el co-work, tapizado de frases y testimonios de auto-superación cuando escuchamos la palabra “innovación” (del lat.
Inque significa “hacia dentro” o “en” y novare que viene de novus que significa nuevo)? Si bien no se suele situar muy cerca de aquellas imágenes a quienes cultivan la tierra, el agua, los bosques y animales, ubicados por el común de la urbanidad más cerca quizá (y en el mejor de los casos) de la praxis como acción reflexiva o unión de teoría y práctica, o del mismísimo ñeque, esa fuente inagotable de inteligencia y fuerza que parece más cósmica que terrenal, y que permite resolver agudos problemas sin demasiados recursos.
Lo cierto es que muchas agricultoras, tan solo un paso afuera de lo que Thomas Kuhn define como la “ciencia normal” en su libro La estructura de las revoluciones científicas biblia de excelencia para todo aspirante a científico moderno, y haciendo uso del conocimiento tradicional, de la memoria, de la necesidad que agudiza el ingenio y de un empirismo radical que oscila cada temporada entre la observación y la experimentación, han sido capaces de sortear con éxito las condiciones ambientales naturales de la Patagonia, el cambio climático, los vaivenes de la economía global y el, a veces, difícil acceso a insumos e infraestructura habilitante para la producción. Durante enero y febrero hemos tenido la dicha de salir al campo a conocer algunos de los proyectos que ha cofinanciado el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP) esta temporada agrícola 2024-2025.
Sin hacer distinciones: jóvenes-jóvenes, viejos-jóvenes y adultas mayores de jovialidad inagotable (practicantes reales de las llamadas ERNC). Con su ciencia, sabiduría y memoria, con sus preguntas y problemas bien identificados, con la tierra y con el agua, con el subsidio, los créditos y la asesoría técnica, con ahorros propios y, sobre todo, con el compromiso más humano de producir alimentos con la naturaleza y no en su contra, pudieron construir y realizar las piezas y partes necesarias para montar sus propios “laboratorios”, donde ya están dando respuestas a algunas de las enormes preguntas que supone hacer la agricultura y ganadería más austral del planeta.
Sin entrar en detalles (daremos una cuenta pública el 26 de marzo), quisiera en esta columna expresar el sentir propio, y seguramente también el de muchos de mis colegas en INDAP y en otras instituciones colaboradoras, de cuán importante es para nosotros poder contemplar el desarrollo en lo más principal y esencial de la vida.
Si a lo largo de los últimos 10.000 años en que se estima que ha habido agricultura, el maíz, gracias a miles de años de ciencia e innovación campesina, tal como otros granos, pasó de ser una espiga inapetecible al gran choclo que produce doña Estrella Pérez y don Francisco Cárcamo hoy en Punta Arenas; si la carne, la grasa y los huevos de las especies de animales que comemos son herencia de miles de años de El cultivo de los gestos entre plantas, animales y humanos, no podemos sino admirar y agradecer ojalá tres veces al día a quienes se amanecen, sin laboratorios ni hubs de por medio, por llevar la salud a nuestras mesas..