La política exterior de Estados Unidos
La política exterior de Estados Unidos erminada la Segunda T Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como potencia dominante en el mundo, no sólo por haber sido el único participante en ese conflicto que no sufrió los estragos de este en su territorio continental, sino por ser el poseedor exclusivo de la bomba atómica. Esa calidad le dio a Washington la posibilidad de desarrollar una política exterior hecha a su gusto. Los primeros años posteriores a 1945 el ocupante de la Casa Blanca usó esa condición con cierta prudencia, intentando dar forma a una realidad internacional de su conveniencia.
Pero esta exclusividad se acabó desde el momento en que la Unión Soviética demostró poseer un artefacto nuclear similar a los lanzados en Hiroshima y Nagasaki, agregándose a lo anterior la conformación desde Moscú de una cortina de hierro, como la denominó Churchill, al someter a los países de Europa Oriental. Stalin, de esa manera, dio forma una verdadera barrera que le garantizara en el futuro que nunca más habría una invasión a su territorio como la realizada por Hitler. De esa forma se dio comienzoa una rivalidad internacional única en la historia de las grandes potencias, donde tradicionalmente se intentaba un balance del poder entre ellas, para dar paso a un balance del terror. Lo anterior en atención a que en la práctica la respuesta del atacado podía acarrearle al atacante consecuencias negativas mayores a las producidas por su iniciativa. Lo anterior no fue obstáculo para que ambas superpotencias participaran activamente y por varios medios en conflictos locales que acaecieron en el mundo durante los últimos decenios. Estados Unidos fue actor, entre otras, en la guerra de Vietnam y en las intervenciones armadas en Irak, Afganistán y Panamá. Por su parte, la URSS fue actora en conflictos como el de Afganistán o en la invasión armada a Checoslovaquia. Dicho sea de paso, esta última fue y es justificada en forma exclusiva por el partido comunista chileno. Esa estabilidad histórica basada en una especie de "inestabilidad permanente" fue rota hace un poco más de un año. Se sabía, por sus declaraciones anteriores a su elección, que el electo presidente Donald Trump llegaría a la Oficina Oval con una serie de iniciativas que "moverían el piso" dentro de Estados Unidos.
En cuanto a lo externo, se especulaba que, habiendo tenido una experiencia anterior en el cargo, habría ciertas medidas que producirían mutaciones en el quehacer de Estados Unidos, pero que tendría cuidado en respetar los vínculos amistosos tradicionales con diversas áreas del mundo, los que en los hechos han sido la base del quehacer exterior del país del norte. Pero en la realidad su quehacer ha sido absolutamente el opuesto. A las pocas horas de haber juramentado el cargo se presentó ante el mundo con un cartel similar al que encontramos en los supermercados donde nos indican las ofertas del día.
Pero en este caso no contenía el precio de mercaderías, sino que la nómina de casi todos los Estados que a su personal parecer se "merecían" un alza en los derechos de importación de sus productos a Estados Unidos, creando una incertidumbre universal en el comercio del orbe. Esa fue su carta de presentación. Su actitud fue similar a la de un profesor de los iniciales cursos de primaria que amenaza a sus alumnos con castigos si realizan ciertas conductas. Chile no fue la excepción, claro que hay que reconocer que fuimos uno de los "alumnos" menos sancionados por "el profesor". Pero la idea del nuevo jefe de Estado americano iba muchísimo más allá. Declaró su pretensión que Canadá, un Estado de prestigio y poder que tiene su propia personalidad, pasara a formar parte de la Unión, agregando así la estrella número 51 a la bandera de Estados Unidos. Es decir, abolía su soberanía.
Más allá de ser una falta de respeto a un Estado que ha tenido siempre una conducta muy cercana a Washington y que ha perdido vidas de sus ciudadanos en eventos como la Segunda Guerra Mundial y la de Corea, la pretensión de Trump era un llamado al mundo en orden a que estaba dispuesto, si fuera necesario, a pasar por sobre la soberanía de los Estados. Adicionalmente, declarósu intención de adquirir el territorio de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca, dando origen a un rompimiento práctico con la OTAN, institución que ha significado la garantía máxima de seguridad del mundo libre.
Pero como buenos ejemplos de hasta donde llegan sus pretensiones de ser un verdadero emperador moderno, se puede indicar su decisión de cambiar el nombre del tradicional edificio que existe a orillas del río Potomac en Washington D. C, de Kennedy Center a Kennedy-Trump Center, o la inconcebible presión que ejerció para que se le concediera el Premio Nobel de la Paz. Por otra parte, su acción en Venezuela para poner término a la dictadura de Maduro dio cuenta de hasta dónde pretende utilizar los medios con que cuenta. Puso frente a las costas de ese país a uno de los portaviones más poderosos del mundo, acompañado de submarinos nucleares y de modernas fragatas, además de contar con un contingente de 10.000 hombres. Durante semanas no realizó nada efectivo, sólo destruir lanchas rápidas que transportaban drogas a Estados Unidos. Pero llegado el momento, en una operación tácticamente impecable, sacó a Maduro del poder y se lo llevó preso a Estados Unidos. Hoy día Trump es el presidente de hecho de Venezuela, teniendo como pantalla para ejercer el poder a la señora Delcy Rodríguez. Por todo lo indicado, pareciera que en los hechos estamos en presencia de un nuevo Julio César o, quizás mejor, de un moderno Calígula. Esta es la realidad con que deberá iniciar su gestión el nuevo ministro de Relaciones Exteriores del Presidente electo José Antonio Kast. Se trata de un hombre de gran prestigio en el sector privado, donde ha sido la cabeza ejecutiva exitosa del andar de uno de los más importantes conglomerados económicos del país. O sea, su capacidad de ejecución está ultraprobada. Ahora deberá agregar una capacidad de "cintura" para negociar con Estados.
Frente a Washington tendrá, en primer lugar, que curar los rasguños dejados por las varias patadas en las canillas proporcionadas por el Presidente Boric a su colega Trump y luego reafirmar ante Estados Unidos -más allá de la Casa Blanca y del Congresoque Chile es un país serio y confiable en lo estratégico, en lo político y en lo económico. Gran tarea para el nuevo canciller. 03. POR DEMETRIO INFANTE FIGUEROA, ABOGADO Y EXDIPLOMÁTICO EFE