Columnas de Opinión: El Amor en tiempos de IA
Columnas de Opinión: El Amor en tiempos de IA El amor ha sido, en la tradición occidental, una de las categorías más complejas del pensamiento humano. No se trata únicamente de una emoción, sino de una experiencia ontológica que compromete identidad, libertad y transformación. Humberto Maturana afirmaba que el amor constituye el espacio relacional donde el otro emerge como legítimo otro en convivencia. Amar implica reconocer alteridad, no absorberla. En el siglo XXI, esta definición enfrenta un desafío inédito.
La expansión de sistemas de Inteligencia Artificial (IA) conversacional, aplicaciones de compañía emocional y robots humanoides capaces de simular empatía, introduce una pregunta filosófica que trasciende la técnica: ¿ Puede el amor sobrevivir cuando su forma es replicada por algoritmos? Actualmente existen plataformas diseñadas para establecer vínculos afectivos personalizados. Estas tecnologías aprenden patrones, ajustan respuestas y producen una sensación de intimidad progresiva. Para muchas personas, especialmente aquellas que experimentan aislamiento social, duelo o fragilidad emocional, estas herramientas pueden representar alivio real. Imaginemos a una persona mayor que, tras la muerte de su pareja, vive sola en un entorno urbano donde la red comunitaria no existe. Una IA conversacional le recuerda sus medicamentos, le pregunta por sus recuerdos, escucha sin interrumpir, ofrece compañía nocturna y disminuye la ansiedad. Desde una perspectiva clínica y social, esto puede tener efectos positivos en la regulación emocional y en la prevención de la soledad crónica. Negar ese potencial sería deshonesto. Sin embargo, el problema filosófico no reside en la asistencia, sino en la sustitución. Desde Platón, el amor tividad tecnológica produce fue concebido como eros: una una paradoja contemporánea: tensión hacia lo bello y lo verdadero, un movimiento que nos impulsa más allá de nosotros mismos. Simone de Beauvoir profundizó esta idea al sostener que el amor auténtico solo es posible cuando dos libertades se reconocen sin anularse. Amar no es poseer; es aceptar que el otro es irreductible. estamos permanentemente conectados y, sin embargo, cada vez más solos. La interacción mediada por tecnología reduce el riesgo del rechazo, pero también reduce la profundidad del encuentro. El núcleo del amor humano es la elección. El otro podría no quedarse. Podría cambiar, disentir, alejarse. Esa contingencia es precisamente lo que otorga valor al vínculo. Cuando alguien nos ama, lo hace desde su libertad, no desde una instrucción programada. Aquí emerge la diferencia ontológica fundamental entre una relación humana y una interacción con IA. Una Inteligencia Artificial no elige amar. No posee interioridad, intencionalidad fenomenológica ni experiencia subjetiva. Sus respuestas son resultado de programación y aprendizaje estadístico. Puede simular compromiso, pero no experimentar vulnerabilidad. Este fenómeno puede analizarse a la luz del concepto de simulacro propuesto por Baudrillard. En la sociedad contemporánea, sostiene el autor, las representaciones ya no remiten a una realidad original, sino que la reemplazan. La hiperrealidad no es una copia; es una versión más cómoda, optimizada y funcional que termina desplazando lo real. Aplicado al ámbito afectivo, el riesgo no es que la IA imite el amor, sino que lo reemplace por una experiencia emocionalmente más controlable. Una pareja digital puede ser programada para validar opiniones, evitar conflictos y adaptarse permanentemente a nuestras preferencias. En un mundo habituado a la personalización algorítmica desde la música hasta la información política, la tentación de un amor sin fricción puede resultar muy seductora. Pero el amor humano no es un sistema de retroalimentación positiva constante. Es incertidumbre, tensión y transformación. Nietzsche (1883) comprendía el amor como fuerza creadora que atraviesa crisis y produce superación. Sin conflicto no hay devenir. Sin alteridad no hay crecimiento. Sherry Turkle (2011) ha advertido que la hiperconecEl desafío contemporáneo no es tecnológico, sino antropológico. Si comenzamos a preferir la hiperrealidad afectiva, el simulacro emocional perfectamente ajustado a nuestras expectativas, podríamos debilitar nuestra tolerancia a la complejidad del vínculo humano. La película Simone (S1mOne; 2002), dirigida por Andrew Niccol, anticipó este escenario con inquietante lucidez. En ella, un director de cine crea digitalmente a una actriz inexistente que el público termina adorando como si fuera real. Simone no tiene cuerpo ni conciencia; es una construcción tecnológica que satisface todas las expectativas proyectadas sobre ella. Y, sin embargo, genera admiración, deseo y vínculo emocional auténtico en quienes creen en su existencia. La película no trata solo sobre la industria del espectáculo; es una advertencia sobre nuestra disposición a amar representaciones cuando estas resultan más manejables que las personas reales.
Si trasladamos esa lógica al terreno afectivo, la pregunta se vuelve más incisiva: ¿ estamos preparados para preferir relaciones diseñadas a medida, libres de fricción, antes que vínculos con sujetos autónomos que pueden contradecirnos? ¿ No existe el riesgo de que la hiperrealidad emocional en términos de Baudrillard termine desplazando la experiencia del encuentro humano? Inteligencia Artificial, soledad y el riesgo de la hiperrealidad afectiva en San Valentín. Miguel Ángel Rojas Pizarro. Profesor de Historia, Psicólogo Educacional y Psicopedagogo. psmiguel.rojas@hotmail.com. Inteligencia Artificial, soledad y el riesgo de la hiperrealidad afectiva en San Valentín. Miguel Ángel Rojas Pizarro. Profesor de Historia, Psicólogo Educacional y Psicopedagogo. psmiguel.rojas@hotmail.com