Columnas de Opinión: La seguridad también se construye con luz
Columnas de Opinión: La seguridad también se construye con luz Hay una idea que se repite cada vez que la inseguridad se instala en la conversación pública: "faltan más policías". Y aunque la presencia policial es necesaria, hay una dimensión igual de decisiva que suele quedar relegada por lo cotidiana que parece: la prevención situacional, esa forma concreta de hacer seguridad mejorando los entornos donde vivimos. Hablemos sin tecnicismos. Una luminaria que funciona y alumbra de verdad no es solo "ornamento urbano"; es una barrera contra la oscuridad que facilita el delito. Una vereda amplia, sin escombros, sin autos mal estacionados, permite que una persona camine con visibilidad, con escape, con dignidad. Un espacio público limpio, sin microbasurales ni rincones abandonados, comunica algo esencial: aquí hay control social, aquí alguien mira, aquí hay comunidad. Y una plaza con juegos infantiles bien mantenidos no es un lujo: es una señal de vida cotidiana, de familias ocupando el lugar, de niños que juegan, de adultos que conversan, de ojos presentes. Cuando el espacio se deteriora, la ciudad se vuelve frágil. No porque la suciedad "genere" delito automáticamente, sino porque el abandono abre oportunidades y reduce la percepción de riesgo para quien quiere hacer daño. El entorno manda mensajes.
Si la calle está oscura, si la acera es angosta y obliga a caminar pegado a muros, si el sitio eriazo se convierte en basural o baño público, el mensaje es claro: "aquí nadie se hace cargo". Y donde nadie se hace cargo, la delincuencia encuentra aire. Este tipo de prevención no reemplaza a la policía: la potencia. De hecho, las policías también tienen un rol clave en la prevención de entornos, pero muchas veces ese rol se ve solo en operativos, cuando ya hay un problema instalado. La función más inteligente -y menos visiblees otra: observar, reportar, informar y alertar a quienes tienen la capacidad de intervenir antes de que el conflicto escale. Ese "rol de informar" es fundamental: detectar puntos ciegos, zonas sin luz, pasajes estrechos, áreas con incivilidades permanentes, lugares donde se repite el consumo de alcohol o la presencia de grupos intimidantes. No para "militarizar" la ciudad, sino para anticiparse.
Aquí entra el municipio y su encargado de seguridad pública, que no debiera ser solo una figura de coordinación para reuniones y comunicados, sino una bisagra operativa entre lo que ocurre en la calle y lo que se puede corregir en la gestión urbana.
La seguridad municipal no se mide solo por cuántos patrullajes se hacen, sino por la capacidad de transformar información en acciones: reponer luminarias, podar árboles que bloquean la luz, despejar puntos de acopio ilegal, señalizar cruces peligrosos, mejorar accesos, abrir la visibilidad en esquinas ciegas, recuperar plazas. Lo paradójico es que, cuando esa cadena de información y acción falla, la ciudad termina llegando tarde. Y cuando se llega tarde, aparece el último recurso: el uso de la fuerza pública. Operativos grandes, controles masivos, enfrentamientos, imágenes de choque, tensión en redes sociales y una sensación de "mano dura" que a veces dura lo mismo que una jornada mediática. El problema es que el conflicto pudo haberse contenido antes con medidas simples, persistentes y menos costosas en convivencia. La prevención situacional requiere constancia. No es una campaña de verano. Es un trabajo permanente y disciplinado, donde cada reporte de patrullaje, cada llamado vecinal, cada fiscalización y cada empadronamiento se transforman en una base de datos útil para decidir. Los empadronamientos y registros no son burocracia: son mapa. Permiten comprender residencias, patrones, horarios, reincidencias, movilidad. Ayudan a distinguir al vecino del oportunista, al comercio formal de la bodega clandestina, a identificar quién vive dónde y qué ocurre en cada tramo. Con datos, la ciudad deja de reaccionar y empieza a planificar. Porque, al final, la seguridad no es solo detener: es evitar. Y evitar también es iluminar, limpiar, ordenar, cuidar. Es hacer que el espacio público vuelva a ser de la gente. Es lograr que una madre sienta que puede cruzar la plaza con su hijo sin apretar el paso. Es que un adulto mayor camine por una acera pareja sin miedo a caerse o ser asaltado en una sombra. Es que el comercio vuelva a cerrar sin la angustia de la noche. Es, en términos simples, recuperar la normalidad. La ciudad es de todos y se nota cuando la cuidamos. Y si queremos una seguridad sostenible, menos tensa y más humana, debemos dejar de mirar las luminarias, las veredas y la limpieza como detalles. Son, en realidad, la primera línea. La más silenciosa. Y muchas veces, la más efectiva.. Patricio Meza García