Autor: JACQUELINE DUSSAILLANT CHRISTIE Investigadora Faro UDD
Columnas de Opinión: Rebeldes ¿sin causa?
Columnas de Opinión: Rebeldes ¿ sin causa? JACQUELINE DUSSAILLANT CHRISTIE Investigadora Faro UDD Si bien la violencia no es en absoluto monopolio juvenil, últimamente han llamado poderosamente la atención los crecientes episodios observados en establecimientos escolares y universitarios.
Violencia física con resultado fatal en una escuela en el norte del país, overoles blancos y bombas molotov en liceos emblemáticos, y recientemente, algo más que violencia verbal contra una ministra en una universidad del sur. ¿Se trata de un problema de nuestra educación o de nuestra juventud? En verdad el tema no es nada nuevo.
De hecho, desde comienzos del siglo XX se ha dado un interesante debate acerca de las particularidades de la etapa juvenil y, en dicho marco, de si su relación con la rebeldía y la violencia se debe a cuestiones biológicas o culturales. En 1904, el psicólogo estadounidense G.
Stanley Hall publicó “Adolescence”, libro en el que describe esta etapa de la vida como una transición entre el “salvajismo” y la “civilización”, marcada por tensiones y contradicciones que se expresan tanto en la hiperactividad como en la inercia, en la sensibilidad social como en el egocentrismo. A partir de los años 40 y 50, el debate tomó mayor fuerza, tanto de la mano de especialistas como de la cultura de masas.
En Estados Unidos, el libro “On the Road”, de Jack Kerouac, la película “Rebelde sin causa”, protagonizada por James Dean, y los frenéticos bailes de Elvis Presley capturaron y difundieron una imagen del joven rebelde e inconforme en busca de sentido.
Se perfilaban entonces dos grandes corrientes en relación con la violencia juvenil (Levi & Schmitt). Por un lado, estaba la mirada de quienes atribuían el fenómeno a la permisividad educativa, la crisis de los valores tradicionales y la desintegración familiar. Por otro, se proponía comprender el fenómeno desde sus causas sociales, con miras a prevenirlo y a institucionalizar su tratamiento. Los primeros advertían sobre una supuesta “tiranía juvenil” y una correlativa abdicación de los adultos. Se sostenía que la delincuencia juvenil, inicialmente asociada a sectores populares, comenzaba a permear también entre los jóvenes de clase media.
Preocupaba, además, la emergencia de una cultura juvenil autónoma, con códigos, lenguaje y valores propios, donde la apariencia y la popularidad alimentadas por una creciente cultura de consumo adquirían centralidad, mientras que el estudio y la obediencia se veían relegados o incluso ocultados para evitar la exclusión del grupo. Lo anterior sugiere que el debate actual sobre la violencia juvenil en Chile no es del todo novedoso, pues cumple más de un siglo en el país del Norte. En efecto, las preguntas de fondo sobre el rol de la familia, la escuela, el Estado y la cultura son de vieja data. Sin embargo, el contexto ha cambiado de manera significativa desde entonces, en especial en las últimas décadas.
Hoy, la experiencia juvenil también se desenvuelve en un entorno marcado por la fragmentación social y la polarización política, pero sobre todo, por la aceleración del mundo digital, la infantilización adulta, la degradación de la idea misma de autoridad, la exposición constante a una violencia virtual y real, y la inédita posibilidad de construir la propia identidad mediante un aparato tecnológico que se ha convertido casi en extensión del cuerpo. En ciertos sectores, la delincuencia y la expansión del narcotráfico no solo ofrece alternativas económicas, sino también pertenencia, estatus y reconocimiento. Y el hiperconsumo se ha transformado en respuesta a muchas carencias. Reducir el fenómeno de la violencia juvenil a una crisis de valores o, en el extremo opuesto, explicarlo únicamente por factores estructurales, implica repetir un dilema que se arrastra por décadas. La historia sugiere que ambas dimensiones, la cultural y la socioeconómica, son inseparables. Si algo nos enseña este breve recorrido es que la juventud violenta es más que un problema en sí mismo, es también un espejo de las tensiones de cada época. En este sentido, más que preguntarnos qué ocurre con los jóvenes, quizá la pregunta más incómoda, pero necesaria, sea qué dice su violencia sobre la sociedad que hemos construido.
Sobre la autoridad que no hemos sido capaces de ejercer, sobre los costos que no hemos estado dispuestos a pagar, sobre los límites que no supimos trazar, sobre la adultez y el sentido de respons a b i l i d a d n o a s u m i d o s, s o b r e l a incapacidad de ver más allá de lo inmediato, sobre la fragilidad de nuestras convicciones, sobre nuestra facilidad para otorgar derechos e incapacidad para exigir deberes. Autor: JACQUELINE DUSSAILLANT CHRISTIE Investigadora Faro UDD. “... Más que preguntarnos qué ocurre con los jóvenes, quizá la pregunta más incómoda, pero necesaria, sea qué dice su violencia sobre la sociedad que hemos construido. Sobre la autoridad que no hemos sido capaces de ejercer, sobre los costos que no hemos estado dispuestos a pagar... ”.